Analizar el auge de la ultraderecha: Charla con Beatriz Acha Ugarte

Hoy charlamos con la profesora Beatriz Acha Ugarte, socióloga y doctora en ciencia política para comentar su libro “Analizar el auge de la ultraderecha: surgimiento, ideología y ascenso de los nuevos partidos de ultraderecha (ed. Gedisa, 2021)



En texto se abre indicando las dificultades para estudiar este fenómeno, ¿en qué consisten? ¿Qué lleva a agrupar bajo una misma etiqueta a Putin, Vox o Salvini? ¿Es una ideología o una estética? Es decir, ¿de qué hablamos cuando hablamos de ultraderecha y/o populismo?

Precisamente lo que defiendo es que no hablamos de lo mismo cuando metemos a estos tres –y otros- ejemplos “en el mismo saco”. Los partidos de los que el libro habla han surgido en regímenes democráticos, etiqueta que difícilmente puede aplicarse a la Rusia de Putin. Y sí, comparten una misma ideología, que ha sido tradicionalmente el criterio para identificar las grandes familias de partidos o “familias espirituales”, por utilizar la expresión de Seiler. La comunión con una estética determinada, característica de los movimientos fascistas del período de entreguerras, no juega ya un papel relevante hoy en día, salvo para identificar a los casos de partidos (neo)-nazis muy extremos, marginales y/o directamente ilegales, como es el caso de Amanecer Dorado en Grecia. Para el resto (la amplia mayoría), se trata aquí de su adhesión a una serie de principios doctrinales centrados en torno a cuestiones como el valor central de la comunidad nacional definida en términos de homogeneidad cultural y étnica, y, en consecuencia, la lucha contra la inmigración, la diversidad y el multiculturalismo, además de su apuesta por la seguridad, leyes fuertes y “mano dura” contra la delincuencia, sobre todo la cometida por parte de personas inmigrantes. El escaso apego a valores democráticos de respeto a la diversidad y la pluralidad, así como la fuerte “reacción cultural” a lo que se percibe como un proceso de pérdida de las costumbres y tradiciones propias, bajo ataque constante en las sociedades modernas por el fenómeno migratorio “masivo”, por la progresiva disolución de la identidad nacional que acometen las élites progresistas y/o por los procesos de unificación supranacionales como la Unión Europea, conforman un cuerpo de creencias reconocibles en términos ideológicos. Y que no se alejan mucho de lo planteado en su día por la corriente de la Nueva Derecha o Nouvelle Droite, que dio un vigoroso impulso intelectual a los movimientos extremistas de los años sesenta y setenta, cuyo (casi) único referente había sido durante décadas el neofascismo representado políticamente por el Movimento Sociale Italiano.

El análisis de las ideologías de los partidos no es sencillo ni arroja conclusiones rotundas. En el caso de los partidos de esta familia, además, se ve dificultado porque su bagaje doctrinal no suele ser explícito ni extenso, tanto por razones estratégicas como por la escasez de referentes intelectuales de peso. Pese a ello, hay pocas dudas sobre el hecho de que conforman un nuevo grupo de organizaciones, definible tanto por criterios de cohesión interna (entre ellos existen importantes semejanzas) como por sus singularidades (son distinguibles de otros grupos o familias). En este caso, aunque las diferencias con sus vecinos ideológicamente más cercanos, los partidos conservadores y/o de derechas tradicionales, parecen a veces de matiz (con respecto, por ejemplo, a temas como la defensa de los modelos y valores familiares tradicionales), los segundos se posicionan del lado del respeto a los derechos humanos, las libertades y los valores democráticos (y no sólo de sus procedimientos).

-¿Qué lleva a negar la idea extendida de que los partidos de ultraderecha no son un producto de la crisis del 2008? ¿Qué papel tiene la economía y el factor de clase en todo ello?

Los partidos de ultraderecha no surgieron ni empezaron a tener éxito como consecuencia de la crisis del 2008. Muy al contrario, salvo por unos pocos casos (notablemente, Alemania, España y Portugal), irrumpieron en sus respectivos sistemas de partidos hace ya varias décadas. De los años ochenta son los primeros éxitos del entonces Frente Nacional, pero incluso ya para entonces habían hecho su aparición los Partidos de Progreso en Noruega y Dinamarca, con un discurso marcadamente antieuropeo y, en ese momento, neoliberal. Con el tiempo se convertirían también en partidos anti-inmigrantes.

Se habla a menudo del papel de la economía y de las crisis en el crecimiento de la extrema derecha, pero ésta ha sido históricamente más fuerte en los países más ricos de Europa: ni siquiera la Gran Recesión espoleó el despegue electoral de la ultraderecha en países terriblemente castigados por niveles altísimos de desempleo, como España y Portugal. Más aún, en estudios de ámbito microsociológico no se ha podido demostrar que la situación de desempleo esté asociada consistentemente a una mayor inclinación a votar por este tipo de partidos; al contrario, la pérdida del empleo suele inclinar la balanza del lado de la abstención (sobre todo entre quienes quedan totalmente desamparados y excluidos del sistema del bienestar y/o miembros de la infra-clase); o, alternativamente, se traduce en una mayor propensión a votar por candidaturas tradicionales, probablemente porque los electorados atribuyen la propiedad del tema o la capacidad de gestionar esta problemática (“issue ownership”) a los partidos con mayor experiencia de gobierno, que no suelen serlo de extrema derecha. Quienes sí parecen más propensos a votar a candidaturas de ultraderecha son quienes temen perder su empleo y/o valoran negativamente la situación económica (aunque no estén directamente afectados por ella).

Es innegable que la profunda transformación económica de nuestras sociedades de las últimas décadas (asociada a nuevos modelos productivos propios de una economía globalizada que deslocaliza la producción por el abaratamiento de los costes y avanza los procesos de robotización y de alienación de parte de los trabajadores manuales) guarda cierta relación con el auge de la ultraderecha. De hecho, si bien no es demasiado útil para explicar por qué hay tanta variación en los resultados electorales de los partidos de ultraderecha, si ayuda a entender por qué aumentan el resentimiento y el enfado contra las élites entre amplios sectores de población que se sienten apartados y marginados de los beneficios del sistema del bienestar, además de amenazados por los profundos movimientos migratorios que también caracterizan a las nuevas economías. Es decir, los cambios socioeconómicos y del mercado del trabajo dan cuenta de la existencia de un caldo de cultivo favorable a la expresión de la protesta, la rabia y la indignación contra la política convencional, y del crecimiento del potencial de apoyo hacia mensajes y discursos extremistas y xenófobos. Pero lo hacen más porque contribuyen a crear un agravio de carácter cultural/identitario entre amplios sectores de las clases trabajadoras manuales hacia las personas inmigrantes, que por la importancia del cleavage de clase en el voto.

La economía ocupa un lugar secundario en el conjunto del ideario de estos partidos, como también juega un papel menor entre los factores responsables del apoyo que obtienen en las urnas. En este sentido, se ha señalado que los medios tienden a sobre-enfatizar la importancia de los factores económicos al explicar el auge de la extrema derecha. La razón es que, de esta manera, se estaría ofreciendo una imagen más amable de sus electorados (consumidores de información de esos mismos medios), que, supuestamente, apoyarían a estas fuerzas, no por convencimiento o afinidad ideológica, sino porque, puntualmente quieren manifestar su descontento ante la situación económica. En este sentido, resulta llamativamente actual el análisis de Seymour Martin Lipset en El hombre político. Las bases sociales de la política (1960), al reflexionar sobre el atractivo de los movimientos extremistas entre las clases bajas, que habría supuesto un dilema trágico para los intelectuales de izquierdas, para quienes el proletariado iba a representar una fuerza de libertad, igualdad racial y progreso social.

-La inmigración, en cambio, sí tiene una importancia capital, pero no del modo que quizás imaginaríamos.

La tiene en todos los sentidos: en cuanto que gran “tema” sobre el que pivotan los discursos de estos partidos, sin excepción; en cuanto que factor explicativo más importante del comportamiento electoral de los votantes de extrema derecha; y en cuanto que materia en la que estos partidos son evaluados –por dichos votantes- como los más competentes. La inmigración es a la extrema derecha lo que la igualdad a la socialdemocracia: la línea transversal en sus políticas, el hilo que cose sus propuestas programáticas. Y, sobre todo, es el recurso al que acudir en ausencia de soluciones políticas sencillas para problemas de enorme complejidad. La inmigración se entiende como factor disruptivo, causante de problemas de toda índole, y debe ser limitada severamente, si bien esto no se justifica hoy en día sobre la base de argumentos raciales, sino considerando los beneficios que se derivan para las personas migrantes si permanecen en sus países de origen y, las ventajas para los países de (no)acogida: la multiculturalidad y la diversidad son construcciones artificiales que no han funcionado ni demostrado ser eficaces, defienden estos partidos. Esto explica la paradoja tras la apuesta por los programas de ayuda al desarrollo o de cooperación internacional de varios de ellos.

Con la “crisis” de las personas refugiadas causada por la guerra en Siria la crítica a la Unión Europa y sus instituciones se recrudeció. Si algo bueno puede ofrecer la idea de una “Europa fortaleza” para la extrema derecha es justamente servir de freno para las corrientes migratorias “masivas” que, según ellos, amenazan nuestro modelo de convivencia y niveles de seguridad, tema al que suele ir unido el anterior. Ciertamente, la percepción negativa sobre el fenómeno migratorio ha aumentado en los últimos años en número mayor al que correspondería al electorado de estos partidos, pero éstos han desplegado un discurso durísimo contra los extranjeros (de escasos recursos económicos), a los que han convertido en claros cabezas de turco, y han contribuido así a extender estas opiniones negativas en la sociedad.

La unión de xenofobia y nacionalismo étnico antidemocrático sirve de base al nativismo, rasgo que varios expertos consideran la síntesis ideológica más característica de la ultraderecha hoy, en todas sus (a veces muy diferentes) versiones. Es decir, que valdría para explicar los mensajes excluyentes y de rechazo hacia las personas de origen extranjero en muchos países de Europa occidental; pero también la discriminación hacia etnias minoritarias autóctonas como la romaní en otros países del este de Europa. El discurso de los partidos de extrema derecha utiliza el tema de la inmigración para reforzar sus narrativas en torno a la “otredad”, lo que a su vez proporciona elementos de auto-identificación emocional sólidos y eficaces entre sus votantes.

Parece que una constante de estos partidos es la volatilidad de sus éxitos y fracasos. ¿Qué explica que suban y bajen tanto y tan rápido?

En los actuales escenarios de feroz competición multipartidista todos los partidos se ven obligados a luchar por mantener sus resultados electorales. Pero los del espectro de la ultraderecha lo tienen en este sentido más difícil por su tendencia a fragmentarse internamente, en parte como consecuencia de la ausencia de democracia interna, que genera malestar y oposición en sus cuadros, y en parte por su vulnerabilidad a la infiltración de elementos más extremos entre sus filas, algo observable en varios países y en distintos momentos en el tiempo. En Alemania, por ejemplo, el éxito puntual (en el nivel regional) de determinados partidos de extrema derecha los ha convertido históricamente en polo de atracción para grupos más radicalizados y que hasta ese momento mantenían actividad en los márgenes del sistema político, la mayoría de las veces en ámbitos extraparlamentarios. La infiltración del aparato y de sus bases por parte de arribistas y elementos más marginales suele desatar las pugnas por el control ideológico y organizativo del partido, lo que acaba trasladando al electorado una imagen de división, débil liderazgo y escasa capacidad de constituirse en alternativa. En fuerzas que nacen con clara vocación de alcanzar puestos de responsabilidad ejecutiva esto suele constituir un freno importante a su crecimiento y una tensión que se salda a menudo con la expulsión de algún sector del partido, lo que eventualmente puede desembocar en la creación de nuevas alternativas partidistas. Este escenario debilita al conjunto de fuerzas que compiten en este espacio y lastra las oportunidades de consolidación de todas ellas. Hemos visto ejemplos de estas tensiones en prácticamente todos los países con fuerzas de extrema derecha parlamentarias: desde Noruega, Dinamarca y Finlandia hasta Italia, Francia, Holanda, Alemania y Austria. En otros casos como el de Valonia, en Bélgica, el nuevo competidor puede partir de un registro más moderado, pero igualmente amenaza con socavar el monopolio de la representación de la parte del electorado que se ubica más a la derecha de la derecha tradicional.

Los partidos de ultraderecha han erosionado significativamente las bases de apoyo de los partidos tradicionales. Al hacerlo, han pasado a competir justamente por el apoyo de quienes, por definición, son propensos a cambiar de voto y no se rigen, electoramente hablando, por criterios de lealtad. Y esto les hace susceptibles de verse muy afectados por consideraciones cortoplacistas y eventos de última hora que impactan en la campaña electoral y deciden el voto de muchas personas, a veces en el último momento y por razones que poco tienen que ver con la identificación partidista. Han contribuido a aumentar la volatilidad, normalmente intra-bloque, y hasta que consigan generar fuertes sentimientos de identificación partidista, viven instalados también en ella.   

-Una de las cuestiones más discutidas tiene que ver con los llamados “cordones sanitarios”. ¿Sabemos qué efectos tienen y de qué dependen? Y los medios ¿la evidencia disponible nos indica ya cuál es su papel realmente?

Es muy difícil evaluar, en su conjunto, el impacto de la estrategia de las fuerzas políticas que deciden imponer un cordón sanitario a la extrema derecha. Entre otras cosas, porque los efectos de esta estrategia pueden dejarse sentir en distintos ámbitos, estando todos ellos interrelacionados. Si nos ceñimos al electoral, la aplicación del cordón puede dificultar la trayectoria ascendente de la extrema derecha, sobre todo antes de que ésta consiga acceder al Parlamento nacional, como ocurrió en Alemania. O en Bélgica, donde primero se impuso, y donde se consiguió frenar al Vlaams Blok porque se aplicó por parte de todas las demás fuerzas conjuntamente y durante mucho tiempo (décadas, prácticamente), condenando al partido a la irrelevancia, a pesar de que éste explotara su condición de víctima. Aplicar el cordón parcialmente (sólo por parte de algunas fuerzas, sólo en algunos niveles de gobierno, sólo durante un tiempo, o intermitentemente) puede enviar señales al electorado de que es una herramienta más al servicio de intereses exclusivamente electoralistas/partidistas.

En este sentido, creo que hay que analizar también los efectos de la aplicación del cordón sanitario en la opinión pública: si se utiliza consistentemente puede contribuir a difundir la noción de que determinadas posiciones políticas que atacan al sistema democrático no son aceptables. Cuando ha funcionado así, los partidos interesados han incorporado a esta estrategia a otros actores, como los medios de comunicación y el conjunto de las instituciones. La valoración sobre las consecuencias de la utilización de esta u otra forma de “lucha” contra la extrema derecha debería incluir la reflexión sobre sus posibles consecuencias indeseadas en términos, por ejemplo, de limitación de la libertad de expresión.

-Similarmente, ¿qué decir sobre la idea también extendida de que la inclusión de estos partidos en el sistema político tiende a moderar sus posturas?

Que no está en absoluto claro que funcione en todos los casos. Nadie puede defender que Salvini moderó sus posiciones en materia migratoria durante su paso por el gobierno italiano. Muy al contrario, las exacerbó, amén de utilizar su posición en el ejecutivo para demostrar en qué consistiría, exactamente, la gestión de la inmigración por parte de un partido de estas características. El caso austríaco añade aún más complejidad al análisis: en los años noventa, el paso del FPÖ por el gobierno no sólo moderó algunas de sus proclamas, sino que desencadenó un cisma interno que se saldó con la escisión del partido. Décadas después, sin embargo, la participación del FPÖ en el ejecutivo, más que moderar a su líder Strache, parece haber servido para derechizar al conservador ÖVP. En esto, como en todo, hay que analizar la actuación de todos los partidos, no sólo lo que les ocurre a los extremistas.

-¿Podemos hablar delperfil del votante ultra?

Sí, pero con matices. Es un electorado variable y muy heterogéneo. Con diferencias entre países y, lo que dificulta aún más su categorización, entre elecciones dentro de cada país. El ejemplo más claro de amplios cambios en este sentido sería el del Frente Nacional francés (ahora Rassemblement National): de la diversidad e indefinición inicial (en sus orígenes se categorizó como un movimiento de protesta, sin perfil sociodemográfico determinado) se pasó a una evidente proletarización de su base social, que ahora, con Marine Le Pen a las puertas de alcanzar la presidencia de Francia, se difumina, para arrojar, de nuevo, una mayor pluralidad social entre sus votantes, en paralelo a la ampliación  de su base social. Con los niveles actuales de apoyo de RN, su configuración de clase será cada vez más parecida a la del conjunto del electorado francés. Podría incluso perder peso la que hasta ahora se ha mantenido como la característica que más comúnmente ha identificado a los votantes de estos partidos: el género.

Es más fácil identificar actitudinalmente a los votantes de la extrema derecha que hacerlo sociodemográficamente: las coincidencias en el apoyo (en diferentes países) a determinadas ideas y proclamas de la extrema derecha, rabiosamente nacionalistas y xenófobas, son más y más profundas que las que podemos encontrar entre sus niveles de renta, estudios o edad. 

-Para concluir, y dado que el texto dedica el último capítulo a VOX en particular: ¿qué hemos dicho hasta ahora que deba ser matizado para adaptarse a esta última formación? ¿Qué distingue VOX de otros partidos ultra? ¿Es el eje territorial tan importante en otras latitudes?

Como indico en el libro, Vox ha centrado hasta ahora su apuesta programática más en la “cuestión nacional” que en el tema de la inmigración. Esto se debe, no sólo a la existencia de un conflicto en torno a esta cuestión en España, sino también a que Vox ha necesitado marcar un perfil propio, en sus inicios, con respecto al Partido Popular, de quien sus primeros dirigentes se desgajaron. En la medida en que Vox consolide su andadura y su espacio político propio, y el tema del procés pase a segundo plano, creo que se producirá una mayor alineación con las agendas típicas de otros partidos de extrema derecha en Europa.

Es también peculiar que Vox no ha potenciado una imagen de sí como partido claramente anti-sistema, como sí hicieron otros miembros de esta familia en sus inicios. Sus esfuerzos por presentarse ante el electorado como un partido con aspiraciones de gobernar, a pesar de su juventud, son en este sentido bastante evidentes, y se reflejan por ejemplo en su política de alianzas en el Parlamento Europeo. A esto ha contribuido la política del Partido Popular de declararlo, inmediatamente después de las elecciones al Parlamento autonómico de Andalucía, un potencial socio de gobierno. Las ventajas en términos de legitimidad democrática que ello supone para la formación que lidera Santiago Abascal son amplias y bastante evidentes.


Fotografía: «El demagogo» de José Clemente Orozco https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Jos%C3%A9_Clemente_Orozco_-The_Demagogue-_Google_Art_Project.jpg

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