Bueno en teoría, imposible en la práctica: el debate sobre la realizabilidad

Muchas veces habremos escuchado aquello de que el comunismo está muy bien en teoría, pero no funciona en la práctica. En general, la filosofía política está repleta de propuestas cuya probabilidad de ser satisfactoriamente implementadas (al menos en un futuro cercano) es, como mínimo, dudosa. El fin de la sociedad de clases y su sustitución por una sociedad comunista en la que sea posible recibir “de cada cuál según sus capacidades” y dar “a cada cual según sus necesidades” constituye, por supuesto, un ejemplo de ello, pero ni mucho menos el único. En el extremo opuesto del arco ideológico, el filósofo Robert Nozick defendió en la década de los 70 del siglo pasado la deseabilidad de una sociedad en la que el Estado sólo interfiriera para asegurar los derechos de propiedad legítimos de los individuos y el cumplimiento de los contratos libremente asumidos.

Ambos casos son controvertidos, por supuesto. Ni todo el mundo acepta que la teoría marxista o el libertarismo de Nozick sean deseables en teoría, ni todo el mundo acepta que sean irrealizables en la práctica. Dejemos pues, de momento, los ejemplos a un lado y centrémonos en el problema general: ¿Qué ocurre cuando tenemos una teoría que resulta atractiva sobre el papel, pero que sin embargo es sumamente improbable que vayamos a conseguir implementar de manera exitosa? En las últimas décadas, los filósofos políticos han comenzado a prestar una mayor atención al significado y las implicaciones normativas de la realizabilidad (feasibility). El objetivo de este artículo es ofrecer una breve introducción a algunos de los principales debates que esta discusión ha generado. En concreto, se pretende mostrar que las implicaciones de que algo sea bueno en teoría, pero improbable en la práctica son más complicadas de lo que podría parecer a primera vista.

Comencemos con algunas definiciones. Pablo Gilabert y Holly Lawford-Smith, en una interesante discusión, distinguen entre dos nociones diferentes de realizabilidad.[1] Por un lado, sostienen, podemos hablar de realizabilidad binaria, en la que la realizabilidad de una propuesta es una cuestión de todo o nada, y no cuestión de grado. Supongamos que proponemos una sociedad en la que los solteros estén casados, en la que 2+2 no sume 4, en la que los objetos no caigan al suelo (sin recibir ninguna fuerza en sentido contrario) o en la que algo no sea idéntico así mismo. Dado que todas estas propuestas son imposibles (según las reglas de la lógica, las matemáticas o la física), podemos decir que son irrealizables en un sentido binario. Ante propuestas de este tipo, no tiene sentido hablar de grados: una sociedad en la que los solteros estén casados no es más o menos complicada de implementar, sino que es sencillamente imposible.[2]

Gilabert y Lawford-Smith sostienen que las propuestas irrealizables en un sentido binario carecen de peso normativo: es decir, no nos dan razón alguna por la que debamos implementarlas. Su razonamiento es el siguiente: de acuerdo con un principio bastante aceptado en filosofía moral, sólo podemos tener la obligación de llevar a cabo aquellas acciones que podemos realizar. En otras palabras, el deber implica poder (ought implies can). Evidentemente, existe cierta controversia acerca de qué quiere decir que alguien “puede” hacer algo. Por ejemplo, yo “puedo” en cierto sentido desnudarme en medio del escenario cuando voy a recoger una beca de las manos de una importante autoridad. No hay ninguna regla lógica o ley de la física que implique que esto es imposible, ni tengo ninguna lesión fisiológica que me impida realizar los movimientos necesarios para llevar a cabo esta acción. No obstante, puede tomarme el lector la palabra cuando le aseguro que existe otro sentido en el que soy totalmente incapaz de hacer algo de este tipo: no sólo porque lo considere estratégicamente imprudente o moralmente objetable, sino porque las resistencias psicológicas son tan robustas que la probabilidad de que consiguiera vencerlas (sin lesionarme previamente alguna parte del cerebro para así mermar mi capacidad de toma de decisiones) es virtualmente cero. Ahora bien, ¿cuenta esto cómo algo que puedo o que no puedo hacer? Esta es una pregunta complicada, pero totalmente irrelevante cuando hablamos de realizabilidad binaria: pues, tal y como la definen Gilabert y Lawford-Smith, una propuesta es irrealizable en este sentido cuando es conceptualmente, lógica o nomológicamente imposible[3] (lo que parece llevarnos a los casos más claros de “imposibilidad”).

La facilidad con la que evitamos estos problemas, sin embargo, tiene un precio: como quizá habrá advertido el lector, la mayoría de propuestas políticas y sociales en las que hablamos de irrealizabilidad son de otro tipo. Ni la propuesta de sociedad de Marx ni la de Nozick atentan (no, al menos, de manera obvia), contra las reglas de la lógica, o contra las leyes de la física, la química o la biología. Estas son, en general, propuestas de las que parece razonable decir que son realizables en mayor o menor medida. O, lo que es lo mismo, que su realizabilidad es una cuestión de grado. Esto nos obliga a hablar de un segundo sentido de realizabilidad – la realizabilidad escalar –, en la que podemos decir que la realizabilidad de una determinada propuesta institucional es una cuestión de grado.

Otra distinción importante se da entre dos de los requisitos de la realizabilidad. Por un lado, una propuesta realizable debe ser accesible: para que la sociedad comunista de Marx, o la comunidad libertaria de Nozick, sean realizables, deben constituir en primer lugar mundos accesibles. Es decir, debe existir un modo posible de transitar desde nuestras sociedades actuales hasta dichas alternativas. Poder llegar es, por lo tanto, un elemento imprescindible; pero también lo es poder mantenerse en el tiempo. Un segundo componente relevante de la realizabilidad es la estabilidad: incluso si las sociedades de Marx y Nozick fueran accesibles, tendría poco interés calificarlas de realizables si son incapaces de mantenerse en el tiempo. Supongamos que, por alguna extraña razón, fuéramos capaces de erradicar la pobreza durante tres horas. ¿Diríamos que la erradicación de la pobreza es realizable? Desde luego, sería accesible. Pero dado que carecería completamente de estabilidad, probablemente no tendría mucho sentido (o no sería muy interesante, desde un punto de vista moral) calificarla de “realizable.”

Hechas estas distinciones, podemos preguntarnos qué ocurre cuando una propuesta es irrealizable en el sentido escalar. ¿Debemos desecharla completamente? En primer lugar, conviene distinguir entre “ideales morales” y “propuestas institucionales.” Un ideal moral, en algunas teorías, puede ser valioso incluso si no hay manera de realizarlo (o, al menos, de realizarlo enteramente). Por ejemplo, la erradicación total de la violencia es probablemente una propuesta bastante irrealizable en el sentido escalar. Pero esto no quita, no obstante, que sea un ideal valioso. Otro ejemplo: aunque no podamos acceder a él, un mundo en el que absolutamente ningún inocente muere en un conflicto armado es mejor que un mundo (alcanzable) en el que simplemente reducimos el número de inocentes muertos. El valor de un ideal, pues, no se ve disminuido necesariamente por la realizabilidad de los intentos de alcanzarlo.

Otra cosa diferente son las propuestas institucionales que podamos emplear para alcanzar tales ideales. La renta básica, por ejemplo, es una propuesta institucional en este sentido, pues es principalmente un mecanismo para alcanzar un fin independiente: eliminar la pobreza, garantizar la igualdad de oportunidades, proteger la libertad, etc. Que una propuesta institucional sea realizable o no sí parece tener un impacto importante sobre las razones que tenemos para tratar de implementarla. Si la renta básica resultara ser un instrumento irrealizable (por inaccesible o por inestable), se intensificarían nuestras razones para optar por otros mecanismos alternativos. Esto es compatible, de nuevo, con afirmar que el fin buscado es valioso incluso si es inalcanzable. Un mundo en el que se erradicara completamente la pobreza, se garantizara la igualdad de oportunidades, o en el que cada individuo disfrutara de una amplia esfera de libertad sería un mundo mejor que el nuestro, pero es también un mundo altamente improbable. Los ideales morales, en definitiva, son fines, mientras que las propuestas institucionales constituyen mecanismos para alcanzarlos – lo que se refleja, a su vez, en nuestras deliberaciones morales.

Ahora bien, como comentábamos anteriormente, en el mundo real difícilmente nos encontraremos con una propuesta completamente irrealizable (esto es, en el sentido binario). Supongamos que la implementación exitosa de una renta básica resultara muy improbable. Dado que, en cierto sentido (el binario), esta seguiría siendo una propuesta realizable, ¿por qué no deberíamos tratar de implementarla igualmente, sobre todo cuando los potenciales beneficios son tan elevados? Imaginemos que existe una probabilidad del 0,000001% de que si aprieto un botón que tengo justo enfrente desaparecerá el hambre en el mundo durante un siglo. En un caso de este tipo, parecería que tengo la obligación moral de apretar el botón, incluso cuando la realizabilidad de acabar con el hambre sea francamente pequeña. La pregunta importante aquí es: ¿en qué momento la irrealizabilidad de una propuesta es tal que, aunque esta propuesta siga siendo realizable en sentido binario, vence a las razones que podamos tener para implementarla?

Esta cuestión, me temo, no puede responderse a priori. Para ello, habrá que tener que tener en cuenta, en cada caso concreto, varios factores. En primer lugar, el grado de realizabilidad: es decir, la probabilidad estimada de que la implementación de una propuesta sea accesible y estable. En segundo lugar, el valor del fin que se quiere perseguir mediante dicha propuesta. En tercer lugar, la probabilidad de que implementar la propuesta acabe afectando a otros ideales igualmente importantes. Si retomamos el ejemplo anterior, podemos ver que lo que hace que tengamos razones decisivas para apretar el botón es que, pese a que la probabilidad de que ello tenga algún efecto es bastante pequeña, los costes son inexistentes. Modifiquemos un poco el ejemplo: supongamos, de nuevo, que existe una probabilidad del 0,000001% de acabar con el hambre durante un siglo si apretamos un botón. Al mismo tiempo, no obstante, existe una probabilidad del 60% de que al apretar el botón incrementemos notablemente el padecimiento de quienes ya sufren por hambre. La existencia de estos costes plantea trade offs que deben ser tenidos en cuenta a la hora de deliberar acerca de nuestras razones morales para implementar una determinada propuesta institucional.

Este podría parecer un análisis excesivamente frívolo. Sin embargo, si nos fijamos en los ejemplos mencionados anteriormente, veremos que esto no es necesariamente así. Una sociedad comunista, por ejemplo, comportaría supuestamente el fin de la explotación y la pobreza, beneficios formidables perfectamente comparables a los del ejemplo hipotético discutido en el párrafo anterior.

¿Significa esto que deberíamos tratar de implementar una sociedad comunista, sin importar que, históricamente, los intentos de llevarla a cabo hayan fracasado sistemáticamente? No necesariamente. En primer lugar, podría argumentarse que la probabilidad de alcanzar sus fines es tan baja, y la probabilidad de afectar negativamente a otros ideales igualmente importantes tan alta, que las razones en contra acaban imponiéndose a las razones a favor. En segundo lugar, podría defenderse una asimetría entre la importancia del valor del fin perseguido y la probabilidad de alcanzarlo. En el modelo de toma de decisiones que estamos considerando, la decisión óptima debe tener en cuenta el valor esperado de una acción, así como la probabilidad de que se realice ese valor. No obstante, que estos elementos sean relevantes no implica que hayan de tener la misma importancia. Por supuesto, una tercera alternativa es sostener que el modelo entero está equivocado; quizá simplemente no debamos tomar decisiones morales como si realizáramos una operación matemática.[4]

En todo caso, esto es suficiente para ilustrar la enseñanza central de este artículo: una vez que reconocemos que las discusiones sobre realizabilidad lo son en el sentido escalar (esto es, una vez que reconocemos que pocas veces debatimos sobre realizabilidad binaria), la afirmación de que algo “está bien en teoría, pero no funciona en la práctica” se vuelve menos decisiva de lo que podría parecer en un primer momento. Lo que muestra esto, en el fondo, es que la ética es difícil: si queremos responder a estas cuestiones, no valen atajos; debemos enfundarnos las botas y adentrarnos en el barro.


Fuente fotografía: Ricardo Gomez Angel / @ripato

[1] Gilabert, Pablo y Holly Lawford-Smith. 2012. “Political Feasibility: A Conceptual Exploration,” Political Studies 809-825.

[2] Obviamente, podríamos vivir en una sociedad en la que estas expresiones se emplearan de un modo diferente, de modo que uno pudiera ser un “soltero casado” sin caer por ello en una contradicción conceptual. Esta, sin embargo, es una cuestión diferente de la que aquí estamos discutiendo.

[3] En filosofía de la ciencia, se dice que algo es nomológicamente imposible cuando es incompatible con las leyes de la naturaleza.

[4] En realidad, existiría una cuarta alternativa: a saber, que realmente deberíamos tratar de implementar una sociedad comunista.

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