Cerebros y mentes (I): Introducción

Comprender qué es y cómo funciona la mente humana ha preocupado a científicos y filósofos por igual desde la antigüedad. ¿Existe una mente inmaterial? ¿Cómo percibimos colores, sonidos, sabores? ¿Cómo comprendemos el significado de las palabras? ¿Qué es la consciencia?

Tienen en común todas estas preguntas que no pueden resolverse sólo con experimentos empíricos, ni sólo con teorías filosóficas. Hay que asumir algún axioma respecto a qué sea la mente antes de ponerse a hacer experimentos para estudiarla. A su vez, cualquier teoría que tenga consecuencias empíricas tiene que ser testada para evaluar su validez. Quizás por ello la filosofía de la mente es una de las ramas de la filosofía que más colabora con la comunidad científica en su actividad.

La posibilidad de esta colaboración se apoya en una premisa fundamental: que podemos explicar los fenómenos mentales a partir del cerebro. En otras palabras, en asumir que “lo mental” es reductible a lo cerebral. ¿Por qué, si no, estudiar el cerebro para comprender la mente? Cuál sea la naturaleza exacta de esta reductibilidad da origen a múltiples corrientes de pensamiento en filosofía. Algunos proponen que la mente es exactamente lo mismo que el cerebro (teorías de identidad). Otros piensan que es algo que deriva de éste, pero ni interactúa con ni es lo mismo que el cerebro (teorías epifenomenológicas). Y la lista sigue.

Pero hay quien no acepta esta premisa fundamental. Los partidarios del no-reduccionismo no creen que baste estudiar el cerebro para comprender qué sea la mente. Entre los escépticos están los que proponen que todo tiene, en cierto grado, una mente o consciencia (teorías panpsiquistas). Otros postulan que lo ‘mental’ se refiere una serie de propiedades del mundo que son radicalmente diferentes de las propiedades ‘físicas’ que poseen, por ejemplo, los cerebros – y que por tanto no sirve estudiar las unas para comprender las otras (dualismo de propiedades).

Pues bien: ¿con qué teoría deberíamos quedarnos? Un buen punto de partida sería elegir entre el set de teorías reduccionistas y el de las no-reduccionistas. Pero resulta que demostrar o refutar la premisa de la reductibilidad no es trivial. Son muchos los argumentos y experimentos mentales que se han presentado durante las últimas décadas tanto a favor como en contra de esta asunción. Pero la mayor parte de éstos fracasan en el intento de convencer a sus oponentes, pecando de petición de principio, y mostrando en definitiva que nos encontramos delante de una aserción que parece injustificable. Aceptarla depende de convicciones, no de razones.

Decía Wittgenstein que “at the core of all well-founded belief lies belief that is unfounded”. Infundado, y quizás infundable – al menos por ahora. Pero ¿qué consecuencias tiene esta situación? En esta serie de artículos estudiaremos algunos conceptos y argumentos clave en filosofía de la mente y exploraremos las consecuencias de adoptar unas u otras premisas para la investigación científica.

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