Charla con Daniel Gamper: ¿Cuáles son las mejores palabras?

El pasado 8 de octubre, y con ocasión de la publicación de Las mejores palabras (ed. Anagrama, 2019), el Ateneo barcelonés convocaba una charla entre Mercè Rius (profesora de filosofía en la UAB), Josep Maria Esquirol (catedrático de filosofía en la UB) y el padre de la criatura, Daniel Gamper (profesor de filosofía en la UAB) recientemente galardonado con el premio Anagrama de ensayo. Gracias a la amable invitación de la sección de filosofía que organizaba el evento, pudimos sentarnos en la sala Oriol Bohigas y tomar algunas notas.

Gamper abría la ocasión comentando, curiosamente, el cartel que anunciaba el encuentro: “Free speech doesn’t mean carless talk!”. Un eslogan originario de la Gran Bretaña de la Segunda Guerra Mundial en que el miedo a los espías del Eje, empujaba al gobierno a prevenir a sus ciudadanos a escoger con cuidado sus palabras y, sobre todo, sus silencios. Precisamente, este es uno de los puntos centrales de Las mejores palabras, donde conviven en conflicto dos pulsiones encontradas pero reconciliables: una clara reivindicación de la libertad de expresión, junto con un alegato aún más intenso en favor de la cautela en el hablar, en contra de la espontaneidad incluso, y por tanto, a favor de no devaluar las palabras.

Asimismo, una imagen aparentemente tan antigua, le servía al filósofo para comentar la preeminencia actual de la imagen y la emoción en la comunicación, especialmente en las redes, donde el “ruido” denunciado en el ensayo es especialmente habitual.

Tras mencionar el sesgo de género del lenguaje, lo peligroso de la amistad entre liberalismo y capitalismo y la negación de un derecho a ser escuchado, tomaba el testigo su colega Esquirol para, como él dijo, tirar de dos hilos muy concretos. Por un lado, preguntarse si la risa puede llegar a ser violenta, distinguiendo entre la palabra auténtica y la mera verborrea. En este punto una tesis muy provocativa: que quien hable francamente, mejor dicho, que la palabra genuina, no podrá ser violenta. ¿Es así realmente? ¿Acaso no conocemos todos el insulto, la amenaza, o el discurso de odio que, parecería, pueden ser totalmente honestos y no por ello menos violentos? Por otro lado, y como es habitual en su pensamiento, Esquirol quiso detenerse en el trasfondo de cuidado que se esconde en expresiones tan cotidianas como “adiós” o “hasta la vista”. Examinados varios idiomas, el término victorioso en este mini-concurso fue el “a reveure” catalán, considerado el mejor de todos ellos en cuanto a lo que a cuidados se refiere.

La última palabra la ocupó Rius, con un tono mucho más duro y combativo con en el que, pareciera, le afease al autor un trato insuficiente de la cuestión del género en el lenguaje, una postura algo elitista en determinados puntos e, incluso, la elección idiomática hecha por Gamper en la redacción del ensayo. El evento se cerraba con referencias al conflicto independentista catalán, las palabras del rey Felipe en sus últimos discursos y la naturaleza impositiva o no de la política de inmersión lingüística en Cataluña.

Fue mucho lo que se quedó en el tintero, optando los convocados por plantear antes que responder o zanjar. Como el modesto turno de preguntas nos dejó con muchos interrogantes, le trasladamos estas preguntas al galardonado Gamper.

-¿Qué significa que las palabras se hayan “abaratado”, que la “la inflación las haya devaluado” o que la alfabetización masiva redunde en una “infoxicación” social?

Me limito a constatar un estado de ánimo propio de la sociedad de la información en donde aumentan los intercambios lingüísticos y los mensajes políticos. Se dice que hay un exceso de palabras, que desaparece el silencio y que la discusión pública necesaria para la vitalidad de la democracia ha incrementado la oferta de mensajes, lo cual ha llevado a su abaratamiento. No es fácil orientarse en esta maraña.

-En qué consiste la denuncia de la libertad “sin reciprocidad” que califica de aberración conceptual y que ejemplifica con el uso que Trump da de su Twitter.

La libertad implica la reciprocidad, ese es su núcleo ético. No es pensable sin la igualdad. Cuando lo que se reclama es la libertad para dominar en virtud de unos méritos sesgados hacia lo económico, entonces se da esta aberracción conceptual: usar la retórica consustancialmente igualitaria de la libertad para justificar la dominación.

-Ante este fenómeno destaca dos posibles respuestas extremas y viciosas: el silencio y el elitismo. Ambas son rechazadas. ¿Cuál recomienda adoptar?

No me compete ni quiero recomendar nada. Solo digo que me parece necesario que haya voces a las que gran parte de los ciudadanos concedan una autoridad moral e intelectual específica. A mi entender esas son las élites (los excelentes) necesarias sin las cuales no puede haber buen gobierno, como decía Aristóteles.

-Pone mucho énfasis en su apuesta por la noción de discurso libre (free speech) en contraposición al concepto más habitual de “libertad de expresión”. ¿Qué se pretende con esta distinción?

No se protege que cada cual «se exprese», sino que circulen las palabras y circulando transformen dialécticamente a la sociedad. Me parece que ese es el motivo por el cual se reconoce el derecho a manifestar el propio pensamiento sin obstáculos.

-Uno de los puntos discutidos en el Ateneo fue el carácter posiblemente violento de las palabras. Planteamos de nuevo: ¿considera que podemos ejercer violencia con las mismas? Y en caso afirmativo, ¿habría entonces lugar para una prohibición (legítima) de según qué discursos?

Se puede ejercer violencia con las palabras y se hace constantemente, no solo cuando nos insultamos, sino cuando nos faltamos al respeto como sucede tantas veces cada día en los intercambios comunicativos que propicia la sociedad capitalista. ¿En qué casos se pueden prohibir? Yo diría que, cuando alguien plantea la conveniencia de prohibir, hay que cerciorarse de que esa prohibición no oculte la voluntad de anular un rival político o la protección del status quo.

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