¿Cómo mueren las democracias? Charla con Steven Levitsky

Militares, armas y violencia. Estas pueden ser la clase de imágenes que nos vengan a la mente cuando hablamos de democracias que fracasan. Para los autores de How democracies die[1], los politólogos de Harvard Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, se trata de una visión algo desfasada, más propia de la guerra fría que de nuestro presente. Los golpes de Estado tradicionales más bien son cosa del pasado; hoy en día las democracias mueren de forma lenta, mediante cambios cuya peligrosidad es difícil de apreciar, empleando medios en principio legales y líderes escogidos por el pueblo. En la actualidad —dicen— el retroceso democrático empieza en las urnas (p. 13)y avanza mediante pasos diminutos (p. 95).

De acuerdo con Levitsky y Ziblatt no podemos considerar que la democracia en su forma liberal y de derecho sea algo que, de establecerse en un país, ya no puede quebrar; al contrario, el sistema democrático es más frágil de lo que a veces se asume y el autoritarismo puede acabar instalándose en su seno si se permite que populistas externos al sistema acaben por introducirse en él. ¿Quiénes son estos peligrosos populistas? Levitsky y Ziblatt (pp. 33-35), apuntan cuatro rasgos clave, cuya posesión —total o parcial— consideran motivo de gran preocupación. En primer lugar, deberíamos fijarnos en el rechazo o aceptación débil de las reglas democráticas; es decir, si rechazan cumplir con la Constitución, si pretenden ilegalizar partidos rivales o si buscan minar la credibilidad de las elecciones. En segundo lugar, es importante atender si niegan la legitimidad de sus adversarios políticos, si los describen como una amenaza existencial para el orden vigente o contrarios a la Constitución, así como si los presentan como delincuentes o al servicio de una potencia extranjera. En tercer lugar, es igualmente preocupante que toleren o fomenten la violencia, ya sea porque tienen lazos con milicias o bandas armadas, porque sus miembros han participados en linchamientos a adversarios, o bien porque cuando la violencia tiene lugar no la condenan sin ambigüedades. Y en cuarto lugar, destacaría la predisposición a restringir las libertades civiles de los adversarios políticos o los medios de comunicación, las libertades de expresión y manifestación y, más generalmente, su simpatía hacia líderes o regímenes que ya lo hayan hecho. ¿Cómo evitar que esta clase de políticos llegue al poder?

Una opción sería inspirarse en el modelo alemán y prohibir determinados partidos. Levitsky y Ziblatt descartan esta opción al temer que una arma tan poderosa en manos del Estado pueda acabar haciendo más mal que bien. ¿Entonces? La respuesta de los autores en este punto es clara: «los partidos políticos son los guardianes de la democracia» (p. 31) y si siguen un conjunto de reglas no escritas conseguirán apuntalar con fuerza a la democracia. En primer lugar, los partidos tradicionales deben cribar a las personas autoritarias y dejarlas fuera de sus instituciones lo que pasa por evitar procesos de selección de candidatos excesivamente abiertos y participativos, y por no caer en la tentación de nombrar a nadie que cumpla el test anterior por mucho que tenga tirón mediático y pudiera arañar algunos votos extras. En segundo lugar, tampoco deben aceptar cualquiera tipo de apoyo: que vigilen sus filas y afiliados, y si detectan extremistas que los expulsen por mucho que, de nuevo, ello les vaya a restar votos. En tercer lugar, no deben caer en la tentación de incurrir en «alianzas fatídicas», es decir, unir fuerzas con líderes o partidos autoritarios aun cuando en algunos puntos exista una importante proximidad ideológica. No, deben aislar sistemáticamente del poder a esas fuerzas, incluso si eso pasa por perder unas elecciones o renunciar también al gobierno. Las fuerzas claramente democráticas deben estar comprometidas aun y su distancia ideológica a poner por encima de todo el sistema y su salud. Es más —continúan Levitsky y Ziblatt—, la esperanza de que los líderes autoritarios se moderen o de que se les podrá «domar» es vana (p. 83), tal y como habría demostrado la historia de tantas democracias fallidas desde Mussolini y Hitler hasta Fujimori o Chavez. «En circunstancias normales, esto es prácticamente inconcebible […] Pero, en circunstancias excepcionales, un liderazgo valiente comporta poner la democracia y al país por delante del partido y explicar al electorado lo que está en juego» (p. 37). Y, por extraño que pueda parecer, existirían varios ejemplos al efecto: un gran número de republicanos, pero también demócratas oponiéndose a la iniciativa del presidente Roosvelt de, aprovechando un vacío en la Constitución, ampliar el número de magistrados en el Tribunal Supremo para así poder «llenarlo» con jueces afines.  Sería el caso también, muy reciente, de las elecciones austríacas de 2016 y las francesas de 2017, en que los partidos tradicionales de izquierda y derecha se aliaron para evitar el triunfo de las fuerzas extremistas, incluso cuando con ello se cedía el Gobierno al partido con el que se llevaba décadas rivalizando.

La quiebra de la democracia —nos dicen— no requiere de un plan preconcebido. En muchos casos el líder autoritario que accede al poder inicia de manera no planificada una espiral ascendente de corte antiliberal que puede originar resultados dramáticos. Puede empezar con meras palabras, normalmente bravuconadas, severos descalificativos y amenazas. En ocasiones no irá a más, pero en otras dará inicio a una escalada de la polarización: «Creando un clima de pánico, hostilidad y desconfianza mutua. Las palabras amenazantes del nuevo dirigente con frecuencia tienen un efecto bumerán. Si los medios de comunicación se sientan amenazados, pueden abandonar la contención y los estándares profesionales en un intento desesperado por debilitar el Gobierno. Y la oposición puede concluir que, por el bien del país, hay que destituir al Gobierno mediante medidas extremas: proceso de destitución, manifestaciones masivas o incluso un golpe de Estado »(p. 93).

La polarización —y, por tanto, el verse cada vez más, no como adversario, sino como enemigos mortales— es para Levitsky y Ziblatt el núcleo de la cuestión y es la causa de que los diferentes actores vayan abandonando progresivamente el conjunto de usos que aseguran el buen funcionamiento del sistema. Nos estaríamos refiriendo a la tolerancia mutua —la idea de que cualquier adversario que siga las reglas constitucionales tiene tanto derecho como nosotros a competir por el poder y que, por tanto, no vale todo contra él-; la contención en el ejercicio del poder —esto es, no usar todo lo que la letra de la ley permite, intentando respetar su espíritu, incluso cuando ello limite nuestro poder o éxito como partido. Igualmente importante sería la cortesía y la reciprocidad, para de este modo no hacer imposible la colaboración y el pacto entre las fuerzas —yo no me comporto como un indeseable si tú tampoco lo haces (p. 157). Fijémonos —dicen Levitsky y Ziblatt— en la de países con constituciones fantásticas, con toda clase de límites y contrapesos y extensos catálogos de derechos que, sin embargo, han fracasado estrepitosamente. La razón es para ellos la desatención grave que sufrieron las anteriores costumbres. Tan es así que, a su juicio, el éxito histórico de la democracia estadounidense residiría, no tanto en su Constitución escrita —adoptada casi palabra por palabra por democracias fallidas—, sino por la adherencia a determinadas normas no escritas. Para los autores el genio de los padres fundadores estribaría en muchos casos en los precedentes que sentaron (p. 247). Sería el caso, por ejemplo, de George Washington no presentándose a una tercera reelección que habría ganado tranquilamente, vetando solamente aquellas leyes de cuya constitucionalidad dudaba, aunque pudiera vetar muchas más, y absteniéndose de promulgar normas que pudieran interpretarse como invasivas de la jurisdicción del Congreso.

Estas son solo algunas de las ideas principales que se defienden en el libro, seguramente discutibles por encarnar de cierto modo la vieja paradoja de la tolerancia pero -creemos- bien sustentadas en el estudio de gran cantidad de casos de países diferentes. Se trata de un texto de una extensión media, fácil de leer, plagado de ejemplos y anécdotas, especialmente centrado en el caso estadounidense y con el que introducirse en una de las discusiones políticas actuales más candentes. Dicho esto, es evidente que dejamos muchas cuestiones en el tintero. Así, cabe preguntar, ¿cuál es la causa de la tan repetida polarización, que se dice tan corrosiva? O ¿qué ha provocado que la democracia más antigua del mundo sitúe a un populista autoritario en la Casa Blanca? Más importante quizás, ¿cómo evitar que vuelva a suceder?

Charlamos con Steven Levitsky para comentar estas y otras cuestiones sobre How democracies die.

https://www.youtube.com/watch?v=eUX2xMKIa74&t=135s

[1] Citaremos por la traducción española de Gemma Deza Guil, en la edición de Booket (Ariel) de 2021 Cómo mueren las democracias.

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