El Cisma de Oriente (1054)

Introducción

La palabra «cisma» que significa división discordia o desavenencia entre aquellos individuos que pertenecen a una misma fe o grupo religioso, se ha usado para referirse a la ruptura que se produjo en 1054 entre las Iglesias ortodoxa u oriental, y romana u occidental. Pese a que este acontecimiento supuso la separación final entre ambas, no ha sido el único cisma sufrido por la Iglesia, pero sí uno de los más importantes.

En Occidente, la Iglesia latina se encontraba dirigida por el papado, cuyo representante asumió ciertos poderes y concesiones, los cuales fueron vistos como una clara usurpación desde Oriente, donde el emperador bizantino y el clero sostenían una relación completamente diferente. Las numerosas disputas entre ambas Iglesias (acerca del calendario litúrgico, el uso del pan o las adiciones al credo) alcanzaron su momento de mayor tensión en el año 1054, cuando el papa León IX y el patriarca Miguel Cerulario se excomulgaron mutuamente. Teóricamente, fueron muy pocos los que se vieron afectados por la excomunión, pero este acontecimiento marcó definitivamente la Historia, ya que se produjo la separación absoluta entre ambas Iglesias, que se mantiene hasta la actualidad.

El patriarca Focio

Para entender mejor la cuestión del Gran Cisma de 1054, se deben conocer brevemente los antecedentes del enfrentamiento. Por ello, se hace necesario acercarse a la figura del patriarca Focio, cuyo nombre fue invocado de manera constante por la Iglesia ortodoxa para justificar su separación de Occidente.

Focio, perteneciente a una familia noble bizantina y con una cultura y educación exquisitas, consiguió acceder a la sede patriarcal durante el reinado del emperador Miguel III, cuyo trono se tambaleaba por culpa de diversas crisis dinásticas. Su nombramiento correspondió a motivos puramente políticos, puesto que Focio era un hombre laico y los cánones sagrados prohibían la ascensión directa de este tipo de personajes al patriarcado. Sin embargo, tras obligar al patriarca Ignacio a abandonar su cargo por su enfrentamiento con el emperador y debido a su preparación, Miguel III decidió confirmar su investidura en el año 858, por lo que Focio se convirtió en el máximo líder espiritual de Constantinopla. Muchos obispos aceptaron de buen grado la designación de Focio, pero muchos otros consideraron ilegal este acto. La oposición de un sector del clero bizantino hizo que Focio quisiese asegurarse su posición en la sede, por lo que intentó ganarse el apoyo del papa Nicolás I a través de una misiva en la que hacía profesión de la fe católica. Pese a esta abierta declaración de catolicismo, el patriarca bizantino no obtuvo la respuesta deseada, ya que, en el año 863, el papa condenó su nombramiento, al considerar que su legitimidad era discutible.

Para resolver la disputa provocada entre los partidarios del antiguo patriarca Ignacio, los del papa y los de Focio, se decidió convocar un concilio[1]. Durante esta reunión, se acusó a la Iglesia occidental de haber alterado el credo y de considerar al patriarca bizantino como un cargo religioso inferior al del pontífice romano, hechos que permitieron a Focio sentar las bases de una futura separación entre las Iglesias. Asimismo, se planteó la evangelización de los territorios de la Europa oriental, por la cual se enfrentaban también Focio y Nicolás I. El patriarca constantinopolitano envió a los santos Cirilo y Metodio a realizar una labor apostólica por esta zona, al igual que el papa mandó a sus propios obispos y sacerdotes, con la idea de conseguir la conversión de sus habitantes. El concilio no terminó bien para Focio, quien fue depuesto en el año 867, lo que permitió que Ignacio fuese repuesto en su cargo como patriarca de Constantinopla. Para corroborar esta destitución, el papa Nicolás I convocó otro concilio en Roma, donde despojó a Focio de su cargo y confirmóel nombramiento de Ignacio. A lo largo de este concilio, Nicolás I declaró que el mismo Cristo había hablado a través de él, lo que supone la primera declaración pública acerca de la supremacía pontificia frente a los demás patriarcas. Aunque dicha declaración fue ignorada por el emperador y por el propio Focio, se ha considerado como la primera piedra del cisma entre ambas Iglesias. Para añadir más tensión a la situación, Focio organizó su propio concilio donde condenó la actitud del papa Nicolás I, al que excomulgó.

La crisis continuó hasta el año 879, cuando el fallecimiento del patriarca Ignacio hizo que de nuevo Focio fuese elevado a la sede de Constantinopla. En esta ocasión, su nombramiento encontró el apoyo papal, ya que Juan VIII reconoció formalmente a Focio como el líder de la Iglesia de oriente, retractándose de la excomunión lanzada por Nicolás I. Con este acto, se dio por terminado el llamado «Cisma de Focio». Pese a todo, Focio no consiguió acabar de manera tranquila su patriarcado, ya que, cuando fue coronado emperador León VI el Sabio, fue nuevamente depuesto y tuvo que exiliarse a Armenia, donde falleció en el año 893.

Miguel Cerulario y el Cisma de 1054

Durante el periodo que comprende el patriarcado de Focio y el de Miguel Cerulario (verdadero protagonista de la ruptura cismática), se produjo una precaria unión entre las Iglesias de oriente y occidente, basada en la teoría de la pentarquía, que declaraba la absoluta igualdad de derechos entre los cinco patriarcas de Alejandría, Jerusalén, Constantinopla, Antioquía y Roma. Sin embargo, fue un equilibrio tan débil que no tardó en romperse.

La llegada de Miguel Cerulario a la sede de Constantinopla trajo consigo un nuevo cambio de actitud que rompió la delicada situación entre las Iglesias. Nacido en el año 1000, Cerulario pertenecía a una familia aristocrática y disfrutaba de una esmerada educación, circunstancias ambas que le permitían desarrollar una buena carrera política. Tras ser acusado, en el 1040, de participar en un complot contra el emperador Miguel IV, encontró su vocación en la carrera eclesiástica tras ser nombrado consejero particular del patriarca Alexis, lo que prácticamente le designaba como su sucesor. De hecho, tras el fallecimiento de Alexis y después de haber sido ordenado sacerdote, Miguel Cerulario ocupa la sede del patriarcado de Constantinopla el 25 de marzo de 1043.

Entronización de Miguel Cerulario. Fuente: History of John Skylitzes Skyllitzes Matritensis (Biblioteca Nacional de España).

El enfrentamiento de Cerulario con la Iglesia de Roma dio comienzo en el año 1051. El patriarca decide ordenar que se cierren todas las iglesias de rito latino en Constantinopla, tras acusarlas de herejía por usar pan ácimo[2] en la eucaristía, a la manera de los judíos. A continuación, se apoderó de aquellos monasterios que debían obediencia a Roma y expulsóde ellos a sus monjes. Tras lo ocurrido, dirigió una carta oficial al clero, en la que volvía a reivindicar todas las acusaciones que la sede constantinopolitana había dirigido contra la Iglesia de Roma en periodos anteriores, especialmente durante el Cisma de Focio.

A la vez que Cerulario comenzaba a dirigir sus ataques, el papa León IX trataba de buscar una alianza con el Imperio b izantino, con el objetivo de impedir los ataques de los normandos. Por ello, envió una embajada a Constantinopla. La llegada de los legados papales dio comienzo de nuevo al conflicto entre las Iglesias, ya que negaron el título de ecuménico al patriarca y pusieron en duda la legitimidad de Cerulario. Tras estas declaraciones, el patriarca se negó a recibir a los legados, por lo que uno de ellos, en nombre del papa León IX, le excomulgó a través de una bula publicada el 16 de julio de 1054. Para responder a la provocación, el día 24 de ese mismo mes, Cerulario excomulgó a su vez a los enviados papales. Daba comienzo de manera oficial el llamado «Cisma de Oriente». A partir de este momento, Miguel Cerulario continuó ejerciendo su labor al frente del patriarcado sin tener que verse sometido al pontífice de Roma, gozando de absoluta autonomía.

Evidentemente, existieron múltiples causas que justificaron la ruptura entre las Iglesias más allá de las excomuniones mutuas. El Cisma se debe de considerar más bien como el resultado de un largo período en el que existieron relaciones muy complicadas entre ambas Iglesias, donde se utilizaron acusaciones como el uso del pan ácimo o la cuestión del Filioque en el credo como base para la ruptura. Sin duda, uno de los motivos clave fue el hecho de que el papa reclamaba su autoridad sobre todos los territorios de la cristiandad, lo que le situaba en una posición de primacía por delante de los demás patriarcas. Con esta autoridad, que le hacía depositario de la voluntad de Cristo, pretendía situarse en la cúspide de la pirámide eclesiástica; negando, por tanto, el derecho de igualdad que los demás patriarcas reclamaban. No obstante embargo, para los patriarcas orientales el encargo de Cristo a Pedro[3] era compartido por todos los apóstoles y sus sucesores, los obispos, por lo que no era posible hablar de una primacía romana, tal y como alegaban los papas. Sin embargo, no fueron las únicas acusaciones vertidas entre ambas partes, como se ha mencionado. Los cargos reflejados contra los latinos englobaron las observancias de tipo judaizante (como el citado uso del pan ácimo durante la eucaristía), el consumo de alimentos impuros, el hecho de rasurarse la barba (acto que evitaba que el hombre quedase a la imagen y semejanza de Cristo) o la imposición de penitencias y abstinencias de carácter muy leve. Pero las más graves fueron la anexión del Filioque al Símbolo, puesto que,para los latinos, el Espíritu Santo procedía tanto del Padre como del Hijo, mientras que para los ortodoxos solo venía del Padre; así como la mención del Espíritu Santo en el final del Gloria in Excelsis[4].

La realidad es que la separación entre ambas Iglesias debe considerarse ya como un hecho patente desde hace varios siglos, y que la cuestión del Cisma de Cerulario (con sus respectivas excomuniones) lo que hizo fue transformar de manera efectiva una realidad ya visible. Tras este hecho, poco a poco se suprimió el nombre del papa dentro de la liturgia oriental y se fueron apagando las relaciones entre ambas Iglesias. Fueron las Cruzadas y las distintas peregrinaciones a Tierra Santa provenientes de la Europa occidental las que permitieron reanudar los contactos entre Bizancio y la sede papal. Sin embargo, a partir del siglo xv todo cambió. La toma de Constantinopla, por parte de los turcos, eclipsó la estrella de Bizancio sobre el resto de las Iglesias orientales. No había ya nadie capaz de situarse en la misma situación de primacía que el obispo de Roma. Y aunque se intentó producir un acercamiento en diversas ocasiones, lo cierto es que no fue hasta el 7 de diciembre de 1965 cuando se levantaron las excomuniones lanzadas en 1054, lo cual permitió una postura de diálogo y consenso entre la Iglesia de Roma y la Iglesia ortodoxa


Referencias

  • Avial chicharro, L. (2019). Miguel Cerulario. El Cisma de Oriente y Occidente. La Aventura de la Historia, 248, 42-45.
  • Cabrera, E. (1998). Historia de Bizancio. Barcelona: Ariel.
  • Ducellier, A. (1992). Bizancio y el mundo ortodoxo. Madrid: Mondadori.
  • Meyer. J. (2006). La gran controversia. (Las Iglesias Católica y Ortodoxa de los orígenes a nuestros días). Barcelona: Tusquets Editores.
  • Santos hernández. A. (1978). Iglesias Orientales Separadas. En Fliche y Martin (Ed.), Historia de la Iglesia (vol. XXX). Valencia.

[1] Reunión de los obispos y otras autoridades de la Iglesia católica para decidir sobre algún asunto relacionado con el dogma y la disciplina.

[2] El uso de los ácimos en festividades religiosas proviene directamente de los judíos, quienes los usaban en sus celebraciones más destacadas, como la Pascua. Su uso fue abandonado en la Iglesia ortodoxa antes del cisma de 1054 de Miguel Cerulario, al considerarlo herético y judaizante. En los ácimos se encontraría la base de la disputa del Filioque (la forma de ver al Padre y al Hijo, ya fuese como una sola Persona o como entes independientes), puesto que en el pan de la misa se ven representados tanto el Padre como el Hijo. En resumidas cuentas, cabe decir que en la Iglesia ortodoxa se usa un pan levado (basándose además en unos versículos bíblicos que dicen que Cristo usó pan con levadura para instituir el Sacrificio), en el que contemplan al Hijo que procede exclusivamente del Padre. Por tanto, un pan levado sería la forma de representar cómo el Padre insufla su espíritu en el Hijo y los convierte en la misma persona. La Iglesia católica sienta la base de la eucaristía en el Concilio de Trento, diciendo que el único pan válido para el sagrado Sacramento es el elaborado con trigo, y separa al Padre del Hijo, aunque une sus voluntades en el Espíritu Santo. En Trento también se admiten los ácimos, al declarar que como Cristo era de origen judío, no podía tener productos fermentados en su casa y, por tanto, se tuvo que instituir el Sacramento. En la actualidad, se siguen usando obleas sin levadura para celebrar la eucaristía, por lo tanto, son panes ácimos.

[3] Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificare mi Iglesia; los poderes de la muerte jamás la podrán vender. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos: lo que ates en la tierra quedara atado en el Cielo, y lo que desates en la tierra quedara desatado en el Cielo. (Mat, 16:18-19)

[4] Himno litúrgico que se suele cantar en la misa;en la Iglesia latina sufre ciertas adiciones que los ortodoxos no admiten.

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