El coraje de la verdad: la parresia en Michel Foucault

Introducción

No resulta inadecuado afirmar que los problemas filosóficos decisivos no han mutado demasiado desde la antigüedad: el amor y la amistad, la administración de la comunidad, el papel de la política y el diseño de las leyes e instituciones, el significado de las pasiones, el ejercicio de las virtudes y las relaciones éticas de los sujetos siguen siendo —desde los griegos y romanos— centrales en la época contemporánea y han persistido a lo largo de toda la historia de la filosofía occidental con, naturalmente, las diferencias sociológicas, intelectuales, económicas y políticas que existen entre las distintas etapas históricas. De allí que no sea casual que múltiples pensadores contemporáneos hayan recurrido, una y otra vez, a las fuentes de la filosofía antigua para reflexionar sobre el presente.

Michel Foucault (1926-1984) fue una figura destacada de la utilización de esta estrategia. Foucault recurrió al saber antiguo para diagnosticar e intervenir en los acontecimientos de su propio tiempo y, en especial, para poner bajo el haz de la crítica filosófica las condiciones de subjetivación de los sujetos; es decir, responder a la pregunta: ¿cómo se constituyen los sujetos? Así pues, Foucault se enfocó en la denuncia de los fenómenos de dominación, en las tácticas de los poderes para limitar las libertades y, al mismo tiempo, para él la crítica debía trazar las tareas a realizar en busca de prácticas de libertad, en el marco de una resistencia activa y permanente. Es decir, se trataría de descubrir nuevas formas de subjetivación, de crear nuevos modos de existencia por fuera de los normalizados por el poder.

En este marco, la verdad ocupa un lugar fundamental; más precisamente, Foucault se interesó especialmente en el problema de cómo acceder a ella. En consecuencia, pretendió averiguar qué ocurre cuando los sujetos sostienen un discurso verdadero, vale decir, bajo qué formas se presentan, ante sí mismo y ante los demás, los que dicen la verdad y cuáles son las consecuencias. Para esto, se detuvo en un juego de prácticas, técnicas y discursos surgidos en la antigüedad greco-romana que implican una «cultura de sí» compuesta por principios clásicos como el «conócete a ti mismo» (gnothi seauton) y la «inquietud o preocupación de sí» (epimeleia heautou). Los sujetos poseen la cualidad de decir la verdad, como así también son escuchados por otros que, eventualmente, pueden modificar sus conductas morales por el discurso verdadero que han escuchado. Justamente, este proceso se denomina parresia.[1]

La parresia o el coraje de la verdad

Es válido definir a la parresia como el decir veraz, el hablar con franqueza, el coraje de la verdad, el derecho a hablar sin restricciones o la libertad de palabra: todos estos conceptos remiten a su núcleo central; es decir, un conjunto de prácticas políticas, discursivas y morales que implican decir la verdad sobre uno mismo, los otros y la comunidad.

El parresiasta es quien dice abiertamente la verdad, quien no calla ni guarda nada, no miente ni engaña, no adula ni tampoco echa mano de los juegos de la retórica. Es el sujeto que hace valer su propia libertad cuando habla. Como ha indicado Manuel Jiménez Redondo, la parresia tiene el significado de «la confianza y la apertura que denota o con la que se produce el estar comunicándose con franqueza con otro, sin ocultarle nada y sin estar buscando ocultarle nada. Parresia significa seguridad y confianza en el trato con otro, no temor en el trato con él».[2] En el último curso que dictó antes de su muerte,Foucault afirmó que la parresia, que hace su aparición fundacional en la cultura griega en las tragedias de Eurípides, significa:

Etimológicamente la actividad consistente en decirlo todo: pan rhema. Parrhesiázesthai es decir todo. El parrhesiastés es el que dice todo. Así, a título de ejemplo, en el discurso Sobre la embajada fraudulenta, Demóstenes dice: es necesario hablar con parrhesía, sin retroceder ante nada, sin ocultar nada. De igual modo, en la «Primera filípica» reitera exactamente el mismo término y dice: voy a exponer mi pensamiento sin disimular nada. El parresiasta es el que dice todo.[3]

Así pues, el término parresia designa tomar públicamente la palabra, no ocultar nada ni mentir, expresarse sin reservas, con sinceridad y franqueza, exponer la propia opinión frente a la asamblea y la comunidad, el rey, el gobernante y el tirano, los ciudadanos y los amigos. La parresia nunca se practica de manera individual, sino que siempre involucra a más de uno, ya sea a varios o la comunidad entera. De allí que sea una noción netamente pública y política, pues está en juego la relación entre una pluralidad de seres humanos —para los griegos los dioses no están dotados de parresia— y se desarrolla en un espacio político determinado, es decir la polis, aunque también en la academia.

En el corazón de la parresia se inserta el «pacto parresiástico». No hay parresia sin un pacto libre entre los sujetos involucrados. Este pacto está compuesto por dos condiciones: el vínculo que el sujeto establece consigo mismo y el que establece con los demás. El primero está marcado por un deber de autenticidad moral: el parresiasta es uno mismo en lo que dice, está fuertemente comprometido con las palabras que emite, su personalidad y sus cualidades éticas se expresan íntegramente en su discurso. Así, se encuentra «ligado» al contenido de su discurso. Dicho de modo ligeramente distinto: el parresiasta se obliga éticamente a decir la verdad porque así lo considera y se hace cargo de todas las consecuencias por ello. El pacto del parresiasta consiste en esto: «digo la verdad y creo verdaderamente que es verdad, y creo verdaderamente que digo la verdad en el momento de decirla».[4]

Como el parresiasta habla con la verdad y asume las consecuencias, aquel a quien está dirigida la verdad (sean los ciudadanos reunidos en asamblea, el rey, el tirano o el amigo) acepta escuchar con predisposición el discurso del parresiasta, por ofensivo y desagradable que fuese. Están dispuestos a prestarle atención y, eventualmente, a cambiar sus conductas y prácticas éticas por la verdad que dice el parresiasta. Por ejemplo, para los antiguos un rey que atiende los consejos o máximas morales que emiten los sabios o filósofos es un rey virtuoso, y un tirano que no lo hace no lo es, sino que es una persona necia que solo se escucha a sí mismo y está guiado únicamente por pasiones negativas como la ira, el miedo, el ansia, la cólera, la envidia y la codicia.

Por otro lado, la parresia es una palabra esencialmente «ambigua, rica y difícil»,[5] pues en el entramado de la cultura grecorromana se la entendió de diversos modos. Según Foucault, la parresia solo se menciona y se utiliza frecuentemente en el mundo antiguo, pero no integra tal o cual doctrina filosófica o política. En ocasiones la parresia es una virtud personal: hay sujetos que tienen parresia y otros que no; unos la utilizan y otros no. Al mismo tiempo, también es un derecho ligado a la ciudadanía (aunque no se identifique totalmente con ella): los ciudadanos de Atenas ejercen la parresia, pero los desterrados, los extranjeros, los exiliados, los esclavos y las mujeres no gozan de la parresia. Como no integran el pueblo griego, estos no disfrutan de la libertad irrestricta para hablar políticamente. Por otro lado, también es un deber: el buen ciudadano tiene la obligación de cumplir con la parresia en la asamblea, en los debates políticos y filosóficos, en las conversaciones públicas, así como el maestro o el consejero espiritual debe usarla con los discípulos.

Además, la riqueza y la diversidad de la parresia se muestra en los tipos o modelos históricos que Foucault distingue en sus trabajos: en primer lugar, se encuentra la parresia «política», es decir, la que está directamente relacionada con la democracia griega y con la figura de Pericles, estadista íntegramente comprometido con la verdad en los asuntos de la comunidad. En paralelo, está la parresia «ética», que Foucault vincula con la figura de Sócrates —para oponerla a la «política»— como búsqueda de la verdad individual por medio de la palabra y la discusión filosófica. En Sócrates la parresia está íntimamente conectada a la educación de las almas de los jóvenes. Por otro lado, tenemos la parresia «cínica», referida al modo de vida filosófico de los cínicos, quienes utilizaban la diatriba verbal y la interpelación provocadora como forma de vida. Finalmente, se halla la parresia del mundo romano: figuras como Filodemo, Galeno y Séneca marcarán el rumbo de una forma de parresia basada en la dirección o guía espiritual —mediante consejos y máximas morales— de la existencia humana.

Es importante destacar que la parresia se opone frontalmente a la adulación como a la retórica. Estas dos nociones son muy importantes para la ética y la política antiguas, y la mayoría de los filósofos —desde Platón hasta Séneca— reflexionaron hondamente sobre ellas. En primer lugar, cabe precisar que la adulación es el discurso o actitud que tiene por objetivo complacer y atraer la benevolencia del escenario, es decir, del sujeto al cual va dirigido el habla. Principalmente, la adulación busca que un sujeto débil (sin poder) consiga premios, favores o beneficios de alguien fuerte, con poder, como por ejemplo un tirano. El adulador es quien pretende granjearse el elogio de los demás. La adulación es «un discurso falso, mentiroso».[6] Pero, ¿por qué es contraria a la parresia? Porque el parresiasta dice la verdad y se compromete con ella: al hacer esto, cuida y conoce a sí mismo y a los demás. De ahí que Foucault entienda que la parresia está en relación directa «con el precepto délfico, el gnothi seauton […] el adulador es quien combate el precepto délfico, quien impide que uno se conozca a sí mismo. Y por consiguiente, la parresia será el instrumento necesario, será aquello que, en el otro, me permite conocerme a mí mismo».[7] Como al adulador no le interesa la verdad, no puede conocerse a sí mismo ni a los demás.

En cuanto a la retórica, la parresia se opone de manera directa. La razón fundamental estriba en que el arte retórico está dirigido a producir determinados efectos en los otros: su objetivo es persuadir. Aspira a obtener resultados eficaces, sin importar el contenido de lo que se dice. En realidad, el sujeto que práctica la retórica no cree necesariamente en que lo que diga sea verdad. Foucault señala que la retórica «no implica ningún lazo del orden de la creencia entre quien habla y lo que este [enuncia]».[8] Dicho con otras palabras: el retórico es el sujeto que tiene la capacidad de decir algo sin que diga la verdad, puede decir excelentemente otra cosa de lo que considera verdadero, puede saber una cosa y dice otra. El buen retórico es «un mentiroso eficaz que obliga a los otros».[9] Como ya se ha señalado, el parresiasta enuncia y cree enteramente en lo que dice, por lo que existe un fuerte vínculo entre el sujeto y el discurso, entre el decir y el contenido. En esto radica el pacto parresiástico. Ciertamente, si bien la parresia intenta persuadir a los otros para que conozcan la verdad, la persuasión no es la base de la parresia. Más bien, es la crítica arriesgada y sin reservas que debe hacerse para que los sujetos por sí mismos alcancen la verdad.

Un hombre se yergue frente al soberano y le dice la verdad: el riesgo de la parresia

De acuerdo a lo que se señaló anteriormente, un aspecto central de la parresia es el peligro que comporta para quien la ejerce. La parresia siempre pone en juego un riesgo y tiene un costo; es decir, se paga un precio por ella, ya sea mínimo o elevado, pero nunca es gratuita, no está exenta de consecuencias. La noción de riesgo es decisiva para que exista parresia. El riesgo es abierto, indefinido, desconocido, indeterminado. Al ser un vínculo entre dos o más personas, en ella está presente la posibilidad de que este vínculo se deteriore o se rompa, puesto que se trata de un discurso crítico, capaz de alterar radicalmente las relaciones políticas y sociales normales de una comunidad, una asamblea o una amistad. De hecho, en la parresia hay una cierta concepción agonística y polémica, pues potencialmente puede dar paso al conflicto por el choque de posiciones ético-políticas. De ahí que la democracia sea el ámbito propicio en el cual surge y se desarrolla en toda su amplitud, pues —en principio— todo ciudadano tiene el derecho a emitir un discurso libre.

El peligro al que está expuesto el parresiasta nace de su compromiso con la verdad, de su deber ético de decir la verdad, de no mentir, de no buscar el agrado o el reconocimiento de los demás. En palabras de Foucault, «la parresia está ligada al peligro, está ligada al coraje. Es el coraje de decir la verdad a pesar del peligro. En la parresia, decir la verdad se inscribe en el juego de la vida y la muerte».[10] El riesgo que corre es la prueba de su franqueza, de hablar sin compromisos previos o adhesiones interesadas o circunstanciales con los poderes constituidos, los gobernantes, la opinión pública o las mayorías políticas: el parresiasta interpela, exhorta y desafía radicalmente al gobernante y a la comunidad. Denuncia la injusticia y la falsedad. Al hablar con la verdad, sacude con ímpetu las convenciones sin fundamento verídico, los discursos falaces y los ardides retóricos. Solo quienes están bajo el poder de otros pueden ser parresiastas, ya que un rey o un tirano cuando hablan no arriesgan nada. En suma, el parresiasta puede provocar la ira, la hostilidad, la desconfianza y la venganza de la ciudad por las verdades que dice.

Sin embargo, el parresiasta no desconoce el peligro. Al contrario, lo conoce y lo acepta conscientemente. Sabe y asume que arriesga su posición política, institucional, académica y, en especial, puede poner en peligro su propia vida. Según Foucault:

Los sujetos se proponen por voluntad propia decir la verdad, y aceptan en forma voluntaria y explícita que ese decir veraz podría costarles la vida. Los parresiastas son aquellos que, en última instancia, aceptan morir por haber dicho la verdad. O, más exactamente, son aquellos que se proponen decir la verdad a un precio no determinado, que puede llegar hasta su propia muerte.[11]

Por ejemplo, piénsese en Sócrates —ejemplo paradigmático de parresiasta—, quien pagó con la muerte el no haber dejado de aleccionar filosóficamente a los jóvenes y decirles la verdad; es decir, marcarles el camino ético para alcanzar una vida virtuosa. O, también, téngase presente el caso de Platón, quien en este sentido se constituye como modelo de parresiasta político frente al príncipe: al aceptar viajar y darle consejos al tirano Dionisio de Siracusa —según cuenta en su célebre Carta VII,—[12] Platón sabía que las verdades, juicios y sugerencias que emitía para hacer al tirano un gobernante sabio lo irritarían (de hecho, es conocido que este pretendía dar muerte al filósofo). Platón no ignoraba que por su papel frente al tirano podía ser tratado como esclavo, asesinado o exiliado. La relación de Platón con Dionisio representa en toda su pureza e integridad lo que es la parresia. Refiriéndose a este caso, Foucault resume la esencia de la parresia con esta frase contundente: «Un hombre se yergue frente a un tirano y le dice la verdad».[13]

En conclusión, la parresia tiene una fuerte dimensión crítica: crítica de uno mismo y de los otros, del príncipe y del tirano, de la polis y de las mayorías políticas, de los amigos y del discípulo. La parresia es sinónimo de vigor crítico, es el coraje de la verdad.


Fotografía: Discurso fúnebra de Pericles de Philipp von Foltz (1852), https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Discurso_funebre_pericles.PNG

Referencias

[1] La parresia reviste un estatuto central en las reflexiones filosófico-políticas de Foucault, especialmente en las de los últimos años de su vida. La prueba de ello radica en que le dedicó varios cursos en el College de France: trató el tema en algunas lecciones del curso La hermenéutica del sujeto dictado en 1981-1982, y luego entre 1982 y 1984 se ocupó de él de manera prioritaria en dos cursos sucesivos: El gobierno de sí y de los otros y El coraje de la verdad. Al mismo tiempo, impartió una conferencia sobre la parresia en la Universidad de Grenoble en 1982 y un seminario en la Universidad de Berkeley en 1983.

[2] Jiménez Redondo, M. (2012). Parresia y diferencia ética: consideraciones sobre el último Foucault. En Josep A. Bermúdez i Roses (Coord.), Michel Foucault, un pensador poliédrico. Valencia: Publicacions Universitat de Valencia, p.121.

[3] Foucault, M. (2017). El coraje de la verdad. El gobierno de sí y de los otros II. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, p. 28.

[4] Foucault, Michel, El gobierno de sí y de los otros, op. cit., p. 80.

[5] Ibid., p. 59.

[6] Foucault, M. (2010). Hermenéutica del sujeto. Madrid: Ediciones de la Piqueta, p. 99.

[7] Foucault, M. (2017).  Discurso y verdad. Buenos Aires: Siglo XXI Editores, p. 46.

[8] Foucault, M. El coraje de la verdad. El gobierno de sí y de los otros II. op. cit., p. 32.

[9] Ibid., p. 33.

[10] Foucault, M. Discurso y verdad, op. cit., p. 82.

[11] Foucault, M. El gobierno de sí y de los otros, op. cit., pp. 74-75.

[12] Platón. (2015). Diálogos VII. Cartas.  Madrid : Gredos 

[13] Foucault, M. El gobierno de sí y de los otros, op. cit., p. 67.

Del mismo autor

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Artículos relacionados

Últimos Artículos

La Gripe Española y el imperialismo ecológico en la Polinesia Occidental

En este artículo se argumente que el paso y efecto de la Gripe Española por la Polinesia Occidental se puede relacionar con el concepto de Imperialismo Ecológico de Crosby. El desarrollo de la pandemia en dicha región estuvo estrechamente relacionada con un proceso político colonial de dominación por parte de los europeos.

Las limitaciones tecnológicas del videojuego

Análisis de la dimensión tecnológica del videojuego y de las delimitaciones que supone en las posibilidades creativas de los desarrolladores.

Nacionalismo: ¿cívico o étnico?

En la política contemporánea es muy habitual distinguir entre nacionalismos étnicos y nacionalismos cívicos. En este texto intentamos mostrar porqué el significado de la misma es de lo más confuso.