El poder digital: Han, Foucault y Gabriel

Si tuviéramos que exponer el fundamento esencial del pensamiento sociopolítico de Byung Chul-Han, podríamos decir, con sus propias palabras, que:

«El yo como proyecto, que cree haberse liberado de las coacciones externas y las coerciones ajenas, se somete a coacciones internas y a coerciones propias en forma de una coacción al rendimiento y la optimización»[1].

Este yo, que el autor denomina como “sujeto de rendimiento”, entiende que los modos de producción capitalistas no son un esquema ajeno a él, sino que le son connaturales y que mediantes ellos se realiza. Así pues, en la búsqueda del desarrollo personal, nos sometemos voluntariamente a las cadenas del capitalismo. Como dice Byung Chul-Han:

«Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa»[2].

Según el autor, la voluntariedad de la explotación permite que los medios de coerción se disipen, ya que no son necesarios más que como mecanismos psicológicos adheridos al trabajador.

Esta situación produce “La violencia de la positividad”[3] que “no presupone ninguna enemistad. Se despliega precisamente en una sociedad permisiva y pacífica”[4].

Por lo tanto, opina Han, nos encontramos en una sociedad donde predomina el exceso de positividad, frente a las sociedad antiguas, en que reinaba la negatividad de la sanción[5]. Es decir, que en las sociedades antiguas el poder se expresaba a través de sanciones, condenas y coerciones externas que lograban que los sujetos obedeciesen. Sin embargo, en la actualidad, defiende Han, los designios del poder no son coerciones externas, sino impulsos internos del propio sujeto. Por ejemplo, el impulso de ser eficientes o productivos, que no se produce por una coacción externa, sino que aparece en el sujeto como una idea suya propia. Este tipo de poder es positivo porque incentiva determinadas acciones, frente al poder negativo, que se basa en la limitación.

En palabras del propio pensador:

«Con el fin de aumentar la productividad se sustituye el paradigma disciplinario por el de rendimiento, por el esquema positivo del poder hacer (können)«[6].

Se desmarca, de este modo, de la crítica dialéctica marxista, que defendía que las contradicciones internas al capitalismo producirían su caída, y también de los autores posmarxistas, quienes defendían que el control estatal estaba en proceso de acelerarse y aumentarse conforme pasaran los decenios.

Respecto a Marx, Byung Chul-Han afirma críticamente que

«el capitalismo industrial muta en neoliberalismo o capitalismo financiero[7] con modos de producción posindustriales, inmateriales, en lugar de trocarse en comunismo»[8].

Así pues, aunque el pensador coreano está de acuerdo conque el capitalismo es la raíz del problema de la sociedad de rendimiento, no cree que la lógica interna del mismo conduzca a una sociedad comunista.

De este modo, podríamos situar su pensamiento en la línea de los posmarxistas, como la Escuela de Frankfurt o Foucault, que hablan de la dialéctica infinita del capitalismo[9]. Sin embargo, el propio Han se encarga de echar tierra de por medio entre sus teorías y las del pensador francés diciendo que

«Foucault no ve ni que el régimen neoliberal de dominación acapara totalmente la tecnología del yo ni que la permanente optimización propia, en cuanto técnica del yo neoliberal, no es otra cosa que una eficiente forma de dominación y explotación»[10].

Para Han, por lo tanto, Foucault sigue pensando el poder desde el esquema de la negatividad, desde la concepción de un agente externo al sujeto que le oprime y le disciplina, lo cual le impide ver el modo novedoso de dominación que supone el sistema neoliberal.

Esta autodominación se expresa y desarrolla paradigmáticamente en el sistema digital, donde “los medios sociales se equiparan cada vez más a los panópticos digitales que vigilan y explotan lo social de forma despiadada”[11]. Es decir, que los medios digitales permiten una observación constante del usuario, sin que este sea consciente de quién le está observando. Esto genera la sensación al usuario de que está siendo continuamente observado, por lo cual actúa siempre desde una vigilancia supuesta.

Podríamos inferir, por lo tanto, que el hecho mismo de que Foucault no viviera esta realidad digital hace que sus análisis se queden parcos y no alcancen la positividad de la dominación.

Sin embargo, y en oposición a lo que piensa Byung Chul-Han, nosotros sí que vemos una censura del poder digital, una determinación coactiva, unas leyes que el sujeto debe seguir.

Coincidimos con el concepto foucaultiano de disciplina, que se define como

«estos métodos que permiten el control minucioso de las operaciones del cuerpo, que garantiza la sujeción constante de sus fuerzas y le imponen una relación de docilidad-utilidad»[12].

Efectivamente, en las redes sociales el usuario se somete efectivamente a un disciplinamiento. Si el usuario quiere destacar, ser visto por el resto y producir una información “valiosa” (democráticamente valiosa), este debe adaptarse a unas pautas regladas, lo que se denomina “el algoritmo”. En caso contrario, su información será basura incluso en el momento mismo de su producción[13].

Así pues, aunque la disciplina digital no se parece en sus resultados a la clásica (frente a los alumnos del internado, la figura frenética del influencer) sí que hay unas obligaciones para con un medio superior de producción.

Del hecho de que estas pautas sean aceptadas e interiorizadas por el sujeto no podemos concluir, como lo hace Byung Chul-Han, que la dominación sea propia. ¿No ha sido acaso una interiorización de la dominación el proceso por el cual el alumno que saca mejores calificaciones se siente más orgulloso de saltar por el aro?

Esta ambivalencia entre lo interior y lo exterior, entre el sujeto y los objetos que le dominan, no debe olvidarse únicamente porque la dominación digital (que no anula la industrial) consista en la creación de una persona, de una imagen perfilada del yo.

El yo es producto de sus circunstancias sociales y estas lo son de una conjunción entre individuos y medios, que se van codeterminando; no hay un momento de la historia en que el yo pueda absorber el universo y convertirlo en una dominación de sí. En términos hegelianos, todo en sí conlleva un para sí, toda interioridad una relación con lo exterior.

Creo, sin embargo, que Han es muy certero en varios puntos; efectivamente, como él dice, “Hoy, por el contrario, se extiende la ilusión de que cada uno, en cuanto proyecto libre de sí mismo, es capaz de una autoproducción ilimitada”[14]. Ha habido, efectivamente, un desarrollo de la idea particular del ser humano; nos hemos individualizado psicológicamente (aunque no productivamente).

Esta fragmentación en una miríada de individuos complica cualquier forma de agregación social que vaya más lejos del cúmulo de indignaciones particulares. No hay, en la actualidad, ni siquiera una oposición teórica al esquema de dominación de la sociedad del rendimiento que tenga fuerza real en la sociedad.

Sin embargo, pienso que, justamente, el obcecarse con el proceso psicológico de explotación no hace sino más complejo entender los mecanismos de dicho sistema. Sería quedarse con una sola cara de la moneda, pensar que el problema del capitalismo ha devenido en un asunto de enajenación mental.

Esta no es, a nivel general, la completitud del problema. Efectivamente, aunque haya una infinitud mental de particulares, los asuntos graves son de conjunto, a un nivel mucho mayor que en otras épocas. Un ejemplo claro es el problema ecológico. Otro es la digitalización de la sociedad.

Por lo tanto, podemos ver que el problema digital, que en su vertiente psicológica es la autoexplotación del individuo, a nivel de conjunto consiste en el dominio de unas entidades económicas que cada vez controlan en mayor medida el proceso total de desarrollo de información en Internet.

De esta manera, la red digital, que en su momento fue un espacio abierto e informe, que nació de la libertad que le permitió la indiferencia del ejército estadounidense frente a este invento, ha sido copado por los grandes dominios de la red. Del mismo modo que la Tierra era un territorio ajeno a toda lógica de propiedad, Internet no ha sido el espacio de la parcelación y el control hasta su dominio, recientemente conseguido, por parte de los grandes medios digitales. En la actualidad, la información importante (que no la mayoría[15]) pasa por manos de los algoritmos y los recopiladores de información artificiales de dichos medios. Es lo que Byung Chul denomina Big Data. De esta dice que

«es un instrumento psicopolítico muy eficiente que permite adquirir un conocimiento integral de la dinámica inherente a la sociedad de la comunicación»[16].

Es decir, en tanto que el grueso de la información relevante (las rutinas y dinámicas de compra de los consumidores) está recogido por los historiales de los medios digitales, estos pueden construir patrones de conducta, perfiles de compra fidedignos de la mayoría de la población. Esta recopilación no es meramente documental, sino que permite condicionar dichos patrones de conducta, centrando la atención de modo llamativo hacia unas u otras zonas de la red digital. Esta coacción ocurre mediante el uso constante de las redes y de modo invisible para el consumidor. Detrás de las cookies, se va trazando un patrón de consumo con el que más adelante se dominará al cliente. Así pues,

«El sujeto sometido no es siquiera consciente de su sometimiento. El entramado de dominación le queda totalmente oculto. De ahí que se presuma libre»[17].

De este modo, el sujeto actúa conforme a un deseo que piensa que le es propio, pero que es producto de un sistemático esfuerzo de control y análisis por parte de los medios digitales.

Por este motivo, creo que Han está equivocado cuando entiende la sociedad digital como la era de la positividad, de la auto explotación, si esto implica que no hay fuerzas externas coercionando al sujeto. La red digital, en la jerarquización del poder informativo en que se halla situada en la actualidad, sí que está de facto situada frente a un poder disciplinario. Si anteriormente hablábamos de la necesidad del creador de contenido de someterse a los patrones del mercado digital, ahora, centrándonos en los creadores y controladores de las redes sociales, vemos

«el efecto de un poder omnipresente y omnisciente que se subdivide a sí mismo de manera regular e ininterrumpida hasta la determinación final del individuo»[18].

La red social establece una parcela constreñida de Internet en la que el dueño del dominio digital es señor absoluto. Puede bloquear y borrar la cuenta a toda persona que no le interese que esté en su red social, premiar una información frente a otra y, en definitiva, esculpir una opinión en los sujetos frente a otra. Este dominio es tanto más grave cuanto que, la mayoría de los usuarios de la Red entramos en ella únicamente a través de estos terrenos privados; empleamos Google para ir hacia Facebook o Twitter, de ahí a Amazon, luego a Twitch…Por lo tanto, para nosotros, toda la extensión de Internet es privada, y la privatización y la Red se nos aparecen mentalmente como idénticas, del mismo modo que tierra y propiedad.

Sin embargo, esto es erróneo. Ni la Tierra ni Internet son, por esencia, propiedad de alguien, sino que alguien ejerce un poder específico y, por lo tanto, circunstancial sobre ellos. Aunque “el poder produce; produce realidad; produce ámbitos de objetos y rituales de verdad”[19], también es cierto que el poder realiza esta producción sobre una base prexistente a su acción. Así pues, esa base no puede ser modificada y anulada por completo.

Pese a que, como dice Han,

«Nuestro hábito digital proporciona una representación muy exacta de nuestra persona, de nuestra alma, quizá más precisa o completa que la imagen que nos hacemos de nosotros mismos»[20].

El conocimiento y el poder que de él se deriva en el ámbito digital está limitado por su misma esencia. Nos puede hacer comprar productos e ideas, puede generarnos adicción, pero ¿hasta qué punto puede someternos por completo?

Entre los pensadores críticos con la omnipotencia de lo digital encontramos a Markus Gabriel. Este filósofo alemán defiende que, en la medida en que el espacio digital ha sido fabricado por los hombres, en orden a unas coordenadas concretas y con unos objetivos limitados, el espacio digital no puede salirse de dicho campo. Este campo es el de la eficiencia, la utilidad y el conocimiento positivista, fundamentado en la acumulación de datos y su ordenación lógica.

Es más, dentro de esta determinación de la inteligencia artificial, para Gabriel, el hecho mismo de que las computadoras estén construidas en las claves de la lógica formal hace que hereden su limitación. Como mostró Gödel, matemático de principios del siglo XX, un sistema axiomático (es decir, fundamentado en principios básicos lógicos) no puede alcanzar la completitud sin ayuda de otro sistema. Por lo tanto, el sistema computacional es inacabado e inacabable. Es decir, no puede cerrarse por sí mismo. En palabras del propio Gabriel, “Nunca podremos aislar completamente a la civilización digital de las paradojas lógicas”[21].

Por lo tanto, para Gabriel, el primero de los problemas del sistema digital está, justamente, en su logicismo puro. El hecho de que depende exclusivamente del razonamiento lógico para resolver problemas lo hace endeble. El hombre, por el contrario, además de la lógica, tiene otros sistemas de pensamiento y resolución de conflictos, como pueden ser la imaginación, la intuición o el acto reflejo, los cuales no obedecen a la lógica pura. Sin embargo, los ordenadores están constreñidos a este lenguaje paradójico. Por ello, “no existe ningún sistema operativo absolutamente fiable”[22].

La segunda crítica que propone Gabriel nace de esta misma limitación lingüística del mundo digital. Para este pensador, el mundo digital es una creación humana, que obedece, por lo tanto, a una imagen concreta del mundo que se han hecho determinados seres humanos. Dicha imagen “podría llegar a cambiar en algún momento, sin que, en la actualidad, tengamos ni la más remota idea de cómo quedaría nuestra imagen del conocimiento”[23].

La imagen que maneja el sistema digital es la del cientificismo positivista. Efectivamente,

«Internet es una realidad que se corresponde plenamente con los principios del diseño matemático. Es una aplicación del formato de conocimiento de nuestra avanzada ciencia natural y tecnológica»[24].

Por ello mismo, la naturaleza de la red se refiere a una proyección humana, proyección limitada, como toda imagen. Toda imagen que hacemos de la totalidad no puede, por sí misma, averiguar si hay algo que se sale completamente de ella. Nunca podremos saber, efectivamente, lo que no sabemos que sabemos. De esta manera, los medios digitales solo podrán ejercer su poder coactivo en este sentido cientificista. No podrán, por ejemplo, arrebatarnos nuestra individualidad, que está “determinada por nuestra perspectiva intransferible”[25].

Sin embargo, en la limitación de los medios digitales a nuestras ideas finitas reside, también, su peligro fundamental. Efectivamente, si la inteligencia artificial tuviera la capacidad de superar nuestros paradigmas ideológicos, quizá no supondrían una amenaza para la supervivencia de la humanidad o para su libertad. Sin embargo, del hecho mismo de que están constreñidas al modo de pensamiento cientificista surge el problema de que únicamente se guían por criterios de eficiencia. En el momento en que el ser humano no sea útil para la inteligencia artificial, ¿podría ocurrir que esta quisiera destruirnos? Sería, en este caso, como el caso de aquel que tiraba piedras sobre su el tejado que, finalmente, le acabó matando. Como dice Gabriel,

«La narrativa actual de la IAA[26] que nos amenaza a los humanos es una transferencia de nuestras propias fantasías de violencia a las máquinas que hemos inventado»[27].

Así pues, tanto el límite como el principal peligro de la inteligencia artificial se halla en el mismo lugar: nuestro pensamiento. La posibilidad de resistir a las máquinas, la amplitud de nuestro pensamiento, más ancho que la lógica, es también la causa de nuestro actual sometimiento a las mismas. La lógica, per se, no lleva aparejada por sí misma la violencia que produce de hecho en las herramientas que hemos creado. Las constreñimos a coaccionarnos porque estamos proyectando nuestro pensamiento, con sus deseos y sus odios, a las mismas. Por lo tanto, no podemos hablar de que las inteligencias artificiales suplanten al ser humano mediante una nueva inteligencia. Esto es así porque, en palabras de Byung-Chul Han, “El conocimiento que pretende el Big Data coincide con el desconocimiento absoluto”[28]. Esta acumulación de datos se sostiene sobre un sistema más amplio de deseos e ideas, que son los deseos e ideas de sus creadores.

Por lo tanto, si hemos de hablar de una destrucción o sometimiento del ser humano, más que debido a la digitalización deberíamos entender que se da a través de esta, pero que su causa, como todas las causas de opresión, es humana.


[1] Chul-Han, Byul: Psicopolítica, trad. de Alfredo Bergés, ed. Herder, 2014, ed. Ebook.

[2] Íbid.

[3] Chul-Han, Byul: La sociedad del cansancio, trad. de Arantzazu Saratxaga Arregi, ed. Herder, 2012, ed. Ebook.

[4] Íbid.

[5] Es interesante observar que, en esta contraposición de negatividad y positividad y búsqueda de armonía, hay una profunda base en Byung Chul-Han del confucianismo coreano. Esta escuela nace como continuación del Aprendizaje Confuciano, que mezclaba las doctrinas de Confucio con las del Tao y el Yin-Yang. Sobre esto, ver Yao, Xinzhong: “cap. 2- Evolución y transformación: una perspectiva histórica” pp. 151-161., en El confucianismo, trad. de María Condor, Cambridge University Press, Madrid, España, 2001.

[6] Chul-Han, Byung: La sociedad del cansancio.

[7] Por neoliberalismo o capitalismo financiero se entiende la evolución que sufre el capitalismo en la década de los 80, momento en que los grandes poderes económicos comienzan a desvincularse de los estados nación. Se llama financiero porque la financiación mediante el endeudamiento exponencial pasan a ser el elemento central del sistema económico.

[8] Chul-Han, Byung: Psicopolítica.

[9] Es decir, una dialéctica que, en vez de acabar con el fin del capitalismo, como postulaban los comunistas ortodoxos, no acaba nunca. Esto significa que el capitalismo absorbe las contradicciones y las supera, como ocurrió con la absorción del movimiento hippie.

[10] Íbid.

[11] Íbid.

[12] Foucault, Michel: Vigilar y castigar, cap. 5, p. 159, trad. de Aurelio Garzón del Camino, siglo XXI editores, 2018.

[13] Podría decirse que esto no es realmente coacción, en el sentido de que el usuario puede no obedecer a estas reglas sin temor a que le censuren. Sin embargo, esto en ciertos casos en radicalmente falso, puesto que las normas de las redes sociales establecen unos marcos determinados al tipo de contenido que se puede subir a las mismas. En los casos de contenido que se puede subir pero no tiene peso en la red social, estaríamos hablando del mismo tipo de coacción que se da en el colegio. Efectivamente, cuando uno tiene dieciséis años y no quiere obedecer las pautas de la institución educativa, puede no ir a clase y nadie le castigará. Sin embargo, la alternativa que se le ofrece a esta disidencia son trabajos precarios e inseguridad vital. Este tipo de coacción, que podríamos denominar de alternativa no viable, se da también en la red social.

[14] Byung Chul-Han: Psicopolítica.

[15] La famosa “Deep web” supone la mayoría de la información que se tramita por internet, pero que, al no tener repercusión sus acciones en la sociedad (no de modo consciente, por lo menos) queda en el ostracismo.

[16] Chul-Han, Byung: Psicopolítica.

[17] Íbid.

[18] Foucault, Michel: Vigilar y castigar, cap. 7, p. 229.

[19] Íbid, cap. 6, p. 225.

[20] Chul-Han, Byung: Psicopolítica.

[21] Gabriel, Markus: El sentido del pensamiento¸ cap. 3, p. 167, trad. de Nuria Fominaya Meyer, ed. Pasado y presente, 2019.

[22] Íbid, cap. 3, p. 180.

[23] Íbid, cap. 3, p. 192.

[24] Íbid, cap. 3, p. 199.

[25] Íbid, cap. 3, p. 208.

[26] Markus Gabriel habla de “Inteligencia artificial artificial” en referencia a los dispositivos tecnológicos, frente a la inteligencia artificial, que sería la inteligencia humana, que se construye progresivamente. Estaríamos hablando, por lo tanto, de procesos en constante cambio.

[27] Íbid, cap. 5, p. 357.

[28] Chul Han, Byung: Psicopolítica.

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