La Gripe Española y el imperialismo ecológico en la Polinesia Occidental

Las enfermedades son algo que ha afectado al ser humano durante toda la historia. Autores como el profesor Crosby lo han estudiado más de cerca, intentando determinar la importancia de las pandemias en procesos históricos tan significativos como la colonización. En su libro El Imperialismo Ecológico, Alfred Crosby explica por qué existen tantas «Nuevas Europas» en el mundo. Estos territorios se encuentran geográficamente lejos de Europa, pero tanto por latitud como por clima se asemejan, además de que sus poblaciones y ecosistemas son mayoritariamente de origen europeo. Según el profesor Crosby, una de las claves por las que los europeos consiguieron extender tanto su dominio alrededor del planeta es lo que él denomina «imperialismo ecológico» (Crosby, 1986). El autor asegura que las enfermedades que llevaban los europeos allá donde llegaban fueron el motivo por el cual consiguieron conquistar tan eficientemente los territorios que colonizaron; «los microorganismos actuaron sobre las poblaciones indígenas como si se trataran de armas bacteriológicas» (Togores, 1991, p. 198). El aislamiento de los habitantes de muchos lugares del mundo hacía que estuvieran desprotegidos contra aquellas enfermedades que llevaban siglos circulando por Europa, Asia y África. Por ejemplo, a finales del siglo xviii, el 70 % de los aborígenes de alrededor de Sidney murieron de viruela, mientras que a los colonos europeos casi no les afectó, ya que tenían cierta resistencia contra la enfermedad gracias a su previa exposición a esta (National Museum Australia, 2020). Los europeos, pues, «se beneficiaron del “éxito” de sus enfermedades al diezmar las poblaciones nativas faltas de defensas inmunitarias» (Togores, 1991, p. 200). Laura Spinney, en su libro El Jinete Pálido, comenta que «durante mucho tiempo, los historiadores no han tenido en cuenta las enfermedades infecciosas como actores históricos, sin sospechar ni siquiera el desequilibrio de sus efectos en diferentes poblaciones» (Spinney, 2020, p. 26). De hecho, muchos nativos temían profundamente la llegada de los hombres blancos y de sus epidemias, que arrasaban con sus poblaciones. En el caso de la gripe española, que se desarrolló entre 1918 y 1919 y provocó la muerte de más de veinticinco millones de personas, muchas poblaciones históricamente aisladas sufrieron una mortalidad altísima (Spinney, 2020, p.142). ¿Cuál fue el papel de la gripe española, una enfermedad occidental, y la respuesta política ante esta en el caso de las colonias de la Polinesia occidental? ¿Se puede relacionar con el concepto de «imperialismo ecológico» del profesor Crosby?

La Polinesia occidental fue colonizada relativamente tarde en comparación con las otras regiones del mundo afectadas por el imperialismo occidental. Alemania, el Reino Unido, Nueva Zelanda y los Estados Unidos fueron las potencias que se interesaron por la zona. Fiyi pasó a ser británica en 1874, después de que los ingleses presionaran a las élites nativas para que aceptaran la anexión completa a su imperio. Samoa se la disputaron los alemanes, los británicos y los estadounidenses. Desde la década de 1870, la rivalidad entre poderes occidentales afectó a las islas, provocando cierta faccionalización de los nativos. Finalmente, en 1899 las islas fueron divididas entre los Estados Unidos, (Tutuila) y Alemania (Savai’y y Upolu), que compensó al Reino Unido cediéndole territorios en la Melanesia. Más adelante, al acabar la Primera Guerra Mundial, la Liga de Naciones declaró Nueva Zelanda la administradora colonial oficial de Samoa Occidental (Crosby, 2003, p. 233). Por otro lado, Tonga fue el único archipiélago del Pacífico que evitó la colonización occidental convencional, a pesar de que pasó a ser un protectorado británico en 1900 (Herda, 2000). Las islas de la zona habían sido protegidas contra las enfermedades durante los primeros contactos con europeos, puesto que los barcos que llegaban habían pasado semanas navegando, de forma que las epidemias habían tenido tiempos de desvanecerse (Crosby, 2003, pp. 232-233). Cuando la colonización efectiva se desarrolló durante el siglo xix, la gripe afectó al Pacífico Occidental en varias ocasiones, por ejemplo, en 1891 hubo una epidemia de esta enfermedad en Samoa.

La gripe española llegó a Nueva Zelanda durante la segunda mitad de octubre de 1918, probablemente a bordo del barco SS. Niagara (Henao-Kaffure, L. y Hernández-Álvarez, 2017). Cabe destacar que la mayoría de las personas que murieron a causa de la enfermedad fueron maoríes. A partir de Nueva Zelanda, la gripe se expandió por vía marítima entre algunos de los territorios de la zona. Las regiones cuyo comercio se desarrollaba exclusivamente con Australia impusieron estrictas cuarentenas, cosa que evitó que se vieran afectadas por la gripe española; es el caso de Santa Helena, las islas Gilbert y Ellice, las Nuevas Hébridas, Norfolk, Papúa y el territorio de Nueva Guinea, las islas Salomón y Nueva Caledonia.

En cambio, en las zonas donde afectó el virus, este tuvo un impacto muy importante. En las islas Fiyi murieron más de 5000 personas de una población de 16 3000 habitantes. El virus se extendió rápidamente por Samoa Occidental, causando una de las mortalidades más elevadas por gripe española; murieron unas 8500 personas, casi el 22 % de la población (Herda, 2000). Además, la epidemia paralizó la producción de comida, cosa que provocó un debilitamiento de la población a causa de la consecuente hambruna. El archipiélago recibió la primera ayuda a principios de diciembre cuando Australia envió unos veinte médicos, a pesar de que a aquellas alturas la epidemia ya había afectado gravemente al territorio (Crosby, 2003, pp. 232-235). Por otro lado, la administración de Nueva Zelanda no tomó las medidas adecuadas para proteger Tonga y Samoa, ya que no tenía la información necesaria. En cambio, Samoa Americana no sufrió ninguna muerte gracias a la cuarentena marítima estricta que instauraron sus autoridades coloniales. Esta diferencia impulsaría, en parte, el posterior movimiento independentista Mau de Samoa Occidental. Más adelante, en Tonga murieron 2000 personas, el 8 % de la población, a pesar de que la cifra podría ser mayor porque es posible que algunas muertes ni se registraran (Crosby, 2003, p. 232). Además, la asistencia médica proporcionada a la población era escasa.

Como hemos comentado anteriormente, el contacto de los nativos de la Polinesia occidental con el resto del mundo había sido relativamente reducido, y el aislamiento dificultaba que el cuerpo humano se adaptara inmunológicamente contra los microorganismos como los virus. Este fue un factor muy importante que influyó en la alta mortalidad de los habitantes del Pacífico Occidental. La carencia de exposición histórica al virus de la gripe provocó tasas de mortalidad muy elevadas, que se vieron agraviadas por situaciones de pobreza y falta de acceso a asistencia médica (Spinney, 2020, p. 169). Además de esta razón, la administración colonial tuvo un gran papel en el desarrollo de los hechos.

En primer lugar, la diferencia de mortalidad entre el caso de la Samoa Americana y los otros archipiélagos analizados demuestra la influencia de las autoridades en la gestión de la gripe española. Las autoridades estadounidenses de Samoa Americana quisieron proteger a la población nativa de la enfermedad, puesto que eran conscientes de su vulnerabilidad debida al aislamiento histórico e impusieron una estricta cuarentena. En cambio, Samoa Occidental sufrió una de las tasas de mortalidad más elevadas del mundo (Spinney, 2020, p. 207). Es importante destacar el porqué algunas colonias intentaron proteger a los colonizados de la enfermedad, como en el caso de Samoa Americana, y algunos no. Como hemos visto anteriormente, en el caso de los territorios cuyo comercio se desarrollaba exclusivamente con Australia, esta última impuso estrictas cuarentenas para evitar que la enfermedad llegara a su territorio. La Samoa Americana priorizó evitar el descenso de la población, que había aumentado considerablemente desde su llegada, legitimando su administración. Sin embargo, en el caso de los demás archipiélagos, las administraciones coloniales se encontraban en situaciones económicas complicadas por varias razones; en primer lugar, no recibían suficiente dinero ni recursos de las metrópolis europeas a causa de su empobrecimiento por la Primera Guerra Mundial. Además, no estaban bien informados sobre la situación cuando llegó la enfermedad a sus territorios. Finalmente, a causa de la escasez económica, priorizaron la continuidad en la producción y exportación de productos agrícolas.

La Polinesia occidental se enfrentaba a importantes retos a la hora de controlar la pandemia: el aislamiento geográfico, el cambio de una economía de subsistencia a economías de plantación y poca llegada de información del exterior. Además, las administraciones coloniales recibían poco dinero porque las potencias les habían retirado muchos fondos para financiar la Primera Guerra Mundial (McLane, 2012, p. 317). En Fiyi, el Gobierno evitó aplicar estrictamente las medidas sanitarias como la cuarentena por motivos económicos. Además, los nativos no confiaban mucho en el sistema médico colonial, ya que hacía poco tiempo que habían sido gravemente afectados por una epidemia de sarampión. A pesar de que Fiyi era la región de la zona con más tierra cultivable, la población sufrió severas hambrunas porque la mayoría de productos comestibles se cultivaban para el comercio, y cuando se redujeron las importaciones, no había suficiente comida. Por otro lado, Samoa Occidental tenía una economía de plantación no muy desarrollada que, como Fiyi, estaba enfocada hacia el comercio en lugar del cultivo de alimentos (McLane, 2012, pp. 317-322). En la isla no existía una élite colonial fuerte para administrar la situación, además de que las autoridades no recibieron apoyo por parte de la metrópoli. Los propietarios de las plantaciones preferían que no se instaurara una cuarentena para evitar pérdidas económicas. La población se concentraba en la costa de las dos islas grandes, cosa que propició que se extendiera rápidamente la enfermedad, de forma que había demasiados enfermos para los pocos que podían asistirse. Como muchos de los que murieron tenían entre quince y cuarenta y cinco años, gran parte de la fuerza trabajadora, las élites políticas, los profesores y los líderes religiosos murieron, provocando un periodo de inestabilidad política. En el caso de Tonga, solo había un médico en el archipiélago. Las élites nativas estaban debilitadas por la presencia británica en el protectorado, y no pudieron articular una respuesta a la situación. Por otro lado, los europeos no tenían los medios para hacerlo (McLane, 2012).

Como hemos comentado anteriormente, el caso de Samoa Americana fue totalmente diferente. Los Estados Unidos querían evitar que cayera la tendencia demográfica en la isla. Desde que habían colonizado el territorio, la población nativa había aumentado en un 40 %, en parte legitimando su administración. A pesar de que el Gobierno de los EE. UU. no envió ninguna advertencia a la colonia, los gobernadores sabían de la existencia del virus a través de la prensa. De hecho, el gobernador Poyer instauró un programa contra la gripe española incluso antes de que llegara a Samoa Occidental (Crosby, 2003, p. 236). La situación de cierre se mantuvo hasta mediados de 1920. La población del territorio expresó una inmensa gratitud hacia la administración colonial por la gestión de prevención contra la gripe española. Además, las autoridades coloniales y los líderes de los nativos colaboraron, cosa que facilitó que se aplicaran las medidas de prevención (McLane, 2012, p. 320).

Otro argumento interesante es el hecho de que la medicina occidental se utilizó para defender la legitimidad del Gobierno colonial en lugares como la Polinesia occidental, a pesar de que las autoridades casi no podían ofrecer nada a los pacientes afectados por la gripe española (Herda, 2000). Los administradores europeos, en parte, relacionaron la alta mortalidad de los nativos con sus creencias y costumbres. En Fiyi y Samoa Occidental, se presuponía que la ignorancia y la superstición definían los cuerpos y mentes de la comunidad indígena, poniéndolos en peligro. En cierto modo, los nativos eran considerados parcialmente culpables de su alta mortalidad por la gripe y demasiado ignorantes para hacer frente a la situación, cosa que implicaba que les hacía falta la «salvación de una administración colonial medicalizada». Por ejemplo, el cónsul de Tonga escribió que «los tonganos son incapaces de tener sentimientos profundos y no están capacitados para auto-gobernarse». Estas suposiciones se basaban en las percepciones culturales de los colonizadores, que consideraban que el modelo de vida sana era el occidental. Durante la pandemia las autoridades coloniales daban por hecho que la noción de higiene de los europeos era la correcta y despreciaban el estilo de vida de los habitantes originales. El cuerpo de los nativos fue transformado en un cuerpo enfermo, necesitado de inspección médica y de intervención colonial. Se consideraba que los «pacientes nativos» tenían «problemas» porque no aceptaban la disciplina que hacía falta para controlar la situación; «la dificultad más importante es que los nativos, que son súbditos malos de forma natural, tomen las precauciones elementales para evitar infectarse» (Herda, 2000, p. 140) —escribía la administración colonial en Fiyi. La «gandulería» a la hora de procurarse «la comida adecuada», el estilo de vida «antihigiénico» y comunal y las creencias religiosas «supersticiosas» llevaron a la administración colonial a determinar a los indígenas como incapaces de cuidarse a sí mismos. Las recomendaciones médicas, pues, se transformaron en juicios morales, religiosos o psicológicos. La pandemia dio a los colonizadores la oportunidad de reforzar la superioridad de la comida, la medicina y el estilo de vida occidentales, a la vez que legitimaban su Gobierno. Aun así, cabe destacar que no proporcionaron mascarillas y aspirinas a los nativos, que era lo que más ayudaba a prevenir y curar la enfermedad; se limitaron a ofrecerles algo de comida, siempre insuficiente, y sales Epsom.

Bashford argumenta que los esfuerzos para implementar medidas de salud pública en las colonias de la Polinesia occidental no iban dirigidos a proteger a la población nativa, sino a controlarla. Tomkins afirma que los Gobiernos coloniales tenían el potencial de evitar la infección a través de comunicaciones y cuarentena, pero que no tenían suficiente poder para ayudar a la población si la enfermedad penetraba en el territorio. Además, su confianza excesiva en la medicina occidental hizo que no establecieran las medidas de prevención necesarias con suficiente antelación (McLane, 2012, 317-324). Algunos autores argumentan que el contexto general es importante para entender el paso de una enfermedad por una sociedad. La política, la geografía, la cultura, los líderes, la agricultura y otros factores influyen. En consecuencia, una epidemia o pandemia tiene una historia tanto natural como social.

En Nueva Zelanda y Samoa Occidental, esta catástrofe exacerbó el resentimiento de los nativos hacia la administración colonial y propició el resurgimiento del Mau, un movimiento anticolonialista no-violento (Spinney, 2020, p. 207). La recuperación de la mayoría de la Polinesia occidental duró décadas; la demografía, la economía, la política y los sistemas sanitarios de la zona se vieron altamente afectados (McLane, 2012, p. 326). Por otro lado, en parte gracias a la actuación exitosa de las autoridades coloniales durante la gripe española, Samoa Americana sigue siendo un territorio estadunidense, y el Acto de Ratificación de 1929 aseguró la cesión del territorio a los Estados Unidos.

En conclusión, creo que sí que podríamos identificar características del imperialismo ecológico en la Polinesia occidental, pero de forma evolucionada. En primer lugar, un virus que entró en las islas a causa del colonialismo provocó un desastre demográfico y sanitario entre la población indígena, el cual fue empleado para exacerbar el Gobierno colonial y el estilo de vida occidental (Herda, 2000). Así pues, podemos establecer una relación entre el virus como entidad biológica y el colonialismo en la región, a pesar de que de forma diferente a la que describe Crosby sobre la llegada a América. En este caso, de forma consciente, una enfermedad fue utilizada como «vehículo legitimador para la expansión del colonialismo en la región» (Herda, 2000, p. 139). A pesar de que los territorios ya estaban ocupados por los europeos, el aislamiento de los nativos continuaba convirtiéndolos en poblaciones vulnerables, el destino de las cuales podía virar en cualquier momento por causas biológicas externas, como en el caso de la gripe española. Este hecho implica que los «occidentales» tenían cierto «poder biológico» sobre las poblaciones aisladas. Como en el caso del imperialismo ecológico que describe Crosby, una enfermedad estuvo estrechamente relacionada con un proceso político colonial de dominación. Actualmente, se tiene cuidado de no entrar en contacto con colectivos como las tribus sin contacto exterior de la Amazonia o la población de la isla de Sentinel del Norte, puesto que se es consciente del poder devastador de los microorganismos. Las consecuencias del imperialismo ecológico, pues, siguen presentes incluso hoy en día, y desempeñaron un papel importante en la Polinesia occidental durante la epidemia de 1918.

Bibliografía

Togores, L. y Crosby Alfred W. (1991). Imperialismo ecológico. La expansión biológica de Europa, 900-1900.Revista Española del Pacífico, 1.

National Museum Australia. (6 de agosto de 2020). Smallpox Epidemic. https://www.nma.gov.au/defining-moments/resources/smallpox-epidemic.

Spinney, L., 2020. El Jinete Pálido. (3.ª ed.). Crítica.

Henao-Kaffure, L. y Hernández-Álvarez, M. (2017). LA PANDEMIA DE GRIPE DE 1918: Un caso de subsunción de lo biológico en lo social. Americanía: Revista de Estudios Latinoamericanos, (6), 8-52.

Herda, P. (2000). Disease and the Colonial Narrative THE 1918 INFLUENZA PANDEMIC IN WESTERN POLYNESIA. New Zealand Journal of History, 34(1), 133-144.

Crosby, A. (2003). America’s Forgotten Pandemic. (2.ª ed.). Cambridge University Press.

McLane, J. (2012). Setting A Barricade Against the East Wind: Western Polynesia and the 1918 Influenza Pandemic. University of Otago.

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