Los rudimentos de la democracia (I): Chantal Mouffe

Es perceptible para mucha gente que la palabra democracia está siendo disputada (como dijo Pablo Iglesias que había que hacer), de tal modo que cada vez es más difícil saber qué está defendiendo uno cuando apela a la democracia. Por ello, creo pertinente hacer un repaso sobre algunos autores relevantes en la teoría de la democracia, refrescarnos la memoria y aclarar el significado de esta, ya que de lo contrario estaremos dejando que la democracia se reduzca a una entidad vacía cargada aparentemente de intenciones loables, pero carentes de significado.

Chantal Mouffe ha sido una de las pensadoras contemporáneas que se han dedicado a cimentar teoréticamente la democracia. Su contribución ha llegado a oídos hispanohablantes entre otras cosas por haber servido junto al filósofo Ernesto Laclau de inspiraciónen lo que fue el proceso de creación del partido español Podemos, con cuyos miembros hicieron colaboraciones, como una entrevista en el programa La Tuerka o un escrito junto a Íñigo Errejón publicado en 2015 titulado Construir pueblo: Hegemonía y radicalización de la democracia. Desde la crítica a los paradigmas de Rawls y Habermas, que tanta influencia han ejercido en lo que entendemos por democracia liberal, lo que Mouffe propone es superar lo que hasta ahora han sido los modelos de democracia agregativa y deliberativa (Mouffe, 2011).

La racionalidad manejada por el modelo agregativo es de tipo descriptivo, a saber, que únicamente extrae conclusiones de carácter utilitarista en la cual se renuncia a los objetivos éticos de otras posturas más idealistas (lo cual le hace caer en el economicismo y en la exaltación de la razón instrumental). Por ello, se entiende como racional el adaptar la política a las circunstancias que se observan; es decir, una sociedad de masas y, por ende, una pluralidad de intereses y preferencias. La racionalidad manejada por la llamada democracia deliberativa, por contra, es una racionalidad normativa en la cual se plantea que el objetivo de la deliberación ha de ser la defensa de los derechos liberales. Es decir, la racionalidad ha de pretender una conciliación entre la defensa de las libertades individuales —la llamada por Constant «libertad de los modernos»— y la igualdad democrática en todos los ámbitos —«libertad de los antiguos». Mejor dicho, un intento de síntesis entre la democracia entendida como soberanía popular y los nuevos términos que introdujo el liberalismo. El carácter normativo en el que se fundamenta esta racionalidad propone el cultivo de unas condiciones comunicativas, en las que pueda exhibirse ese mismo carácter racional que defienda tanto la justicia equitativa del liberalismo como el proyecto social basado en la intersubjetividad habermasiana.

Las conclusiones que saca Mouffe sobre el debate entre Rawls y Habermas es que hay convergencias bastante fuertes en lo que respecta a la democracia deliberativa, puesto que de ambas  posturas surge la necesidad de aplacar ese prejuicio por el cual se considera a la democracia liberal como contradictoria en sí misma. Una de las conclusiones más interesantes que señala Mouffe es que ambas visiones comparten un presupuesto clave, que es el de la «presunción de imparcialidad» (Rawls, 1971) de sus criterios morales en los que sustentar los procedimientos sobre los que se construye la democracia, cuya expectativa es que sean aceptados por toda la sociedad. Es decir, hablar de «razonabilidad» o de «racionalidad» responde de forma similar a una perspectiva de tintes idealistas que espera obtener el respaldo de todos los ciudadanos. Una de las conclusiones más fuertes de Mouffe es que el modelo deliberativo compartido por estos dos autores, pese a sus matices, finalmente hace una concesión al modelo agregativo con respecto al hecho de la pluralidad de intereses, debido a la asunción de Habermas de que con respecto a la dificultad de aplicación del discurso ideal hay unos obstáculos empíricos, los cuales son precisamente esos intereses plurales. Además, la pluralidad de intereses es lo que para Mouffe hace imposible tanto para la visión de Rawls como la de Habermas que se pueda delimitar un ámbito social en el que haya un consenso completo. De hecho, en Rawls se critica que, pese a la separación que intenta hacer entre lo público y lo privado, igualmente sigue vinculado inconscientemente a los conceptos éticos que pretendía eludir. Por tanto, cabe concluir que lo que representan en última instancia es una huida de ese pluralismo propio de las sociedades por pretender encontrar cada uno a su manera una «solución racional final» (Mouffe, 2014), lo cual es erróneo a juicio de Mouffe y, en definitiva, supone un aislamiento de la política con respecto a la realidad, que es eminentemente plural.

La reducción de la política a la ética que advierte Mouffe —y que consiste en acudir a conceptos normativos basados en una noción concreta de naturaleza moral— tiene relación con lo que mencionaba en el punto anterior; es decir, que finalmente para la construcción de un marco comunicativo público en el cual las decisiones deliberadas de la sociedad legitimen la soberanía popular es necesario proponer una serie de exigencias éticas. Podríamos decir, por ejemplo, la aceptación común de un «discurso ético ideal» en términos habermasianos, o bien la presunción de razonabilidad que se le atribuye a todos los ciudadanos para que se llegue a un punto de encuentro de toda la ciudadanía.

En última instancia, lo que tanto Rawls como Habermas pretenden es excluir el pluralismo de lo público. En el caso de Rawls se ejemplifica esta intención en la separación entre ámbito público y ámbito privado, siendo en este último donde se relega ese pluralismo. En el caso de Habermas la distinción viene dada por la separación entre la ética y la moral, siendo esta última la que queda excluida de la acción política. Para Mouffe, lo que hay que hacer con el pluralismo es reconocerlo y asumirlo como una parte constitutiva de las relaciones sociales y, por ello, no puede ser ignorado por la política, sino que hay que enfrentarse a él y asimilar que la praxis política estará orientada a la búsqueda de convivencia pública y democrática de esos intereses.

La fuerza motivadora de Mouffe ya no es la búsqueda de un ideal racional en el cual se acojan todos los ciudadanos tratando de convertirse en un análogo de la sociedad ilustrada de Kant, sino que ahora en tanto que hemos reconocido al otro como un adversario, esta fuerza tiene que salir de la disposición democrática de todos (inspirada por los principios liberales de justicia y libertad) a integrar y a buscar medidas políticas que puedan garantizar una convivencia social. Es decir, la motivación viene precisamente de enfrentarse a las problemáticas que suscitan los adversarios y, por ello, el objetivo de la democracia se ha de convertir en que las instituciones y las prácticas políticas en general traten de conciliar entre los intereses de todos los ciudadanos. La motivación ahora viene por la praxis y no por idear discursos argumentativos que pretendan convencer a una parte de la ciudadanía. La fuerza que adhiere a los ciudadanos a la democracia es, entonces, la riqueza que aporta a la democracia el pluralismo de valores e intereses y el desafío que supone ir adaptando la política de forma pragmática a cada uno de esos valores e intereses.

Lo que Mouffe busca decir con esto es que tratar de construir una teoría de la democracia inspirada en una noción de racionalidad es un error porque se llega a un punto en el que los ciudadanos son instrumentalizados para la consecución de la lealtad democrática que se pretende conseguir. Es decir, los individuos son efectivamente considerados de forma abstracta sin incidir en las circunstancias particulares e históricas que los condicionan, y se les carga con una serie de atributos, como la posesión de unos derechos y de una capacidad racional cuya meta ya está definida de forma inequívoca. A mi juicio, lo que señala Mouffe es una actitud en la cual se impersonaliza al individuo y, por ello, se eluden ciertas realidades que bien convendría atender para llevar a cabo el proceso democrático.

La legitimidad para Mouffe no se encuentra en un fundamento apriorístico como es la racionalidad, como sucede en el modelo deliberativo donde el proceso racional debe conferir esa legitimidad del sistema democrático, dirigiendo dicha legitimidad a un ideal ético de base que se pretende conseguir. Por el contrario, la noción que nos presenta Mouffe es una visión emparentada con el realismo radical e incluso el pragmatismo, que al renunciar a elementos ético-políticos universalistas acude a la efectividad de unas políticas concretas imbuidas, eso sí, de ciertos preceptos socialistas o socioliberales. Es decir, en la medida en que hemos reconocido que lo político y las formas de poder entran en la constitución de las relaciones humanas, adquirimos una actitud que no es esquiva con los enemigos ideológicos, sino que con base en una forma de vida en la que se ha reconocido el pluralismo esencial entonces los adversarios pasan a ser legítimos y, por ello, la legitimidad se da en la medida en que dirigimos la labor política hacia el establecimiento de una convivencia entre los adversarios y se procura dar soluciones particularizadas de cada problema, sin inmiscuir al conjunto global de la sociedad para la resolución de ese problema.

Básicamente porque Mouffe entiende que la pretensión de alcanzar una sociedad racional va a implicar conflictos con quienes no se atengan a ese concepto de racionalidad o razonabilidad. Es una de las consecuencias directas de lo que comentábamos antes acerca de la abstracción o impersonalización de los miembros de la sociedad, que cuando se pasa por alto la posibilidad de la fricción el recurso que sale a flote es el del ataque. ¿Cuál es el ataque? Quien suponga un obstáculo para el consenso será tildado de irracional. Además, una forma de exclusión inevitable es la que puede observarse cuando el teórico procedimiento racional y deliberativo acaba siendo un ejercicio de persuasión y, por tanto, en ese intento persuasivo por convencer se está dando una exclusión que pone en entredicho la asunción de la racionalidad ideal que poseen los ciudadanos.

Podemos concluir sobre la crítica de Mouffe que es acertada en muchos puntos, sobre todo en la crítica al apriorismo ético y en tildar a la perspectiva deliberativa de idealista. A su vez propone como solución una aceptación de base de los principios liberales, pero reconociendo que no va a haber una superación de las diferencias de los adversarios vía debate racional. En cierto modo diría que es un punto de vista bastante realista. No obstante, podemos apreciar que Mouffe deja la puerta abierta a una concepción posestructuralista, puesto que señala que lo constitutivo del sujeto es ya el mismo poder en el que está inserto, ya que parece seguir la senda gramsciana de entender las relaciones sociales como un conglomerado de relaciones de poder. En este sentido me genera dudas su proyecto político porque no sé hasta qué punto es positivo para una democracia pensar que no hay una forma de disolver esas relaciones de poder entre la ciudadanía y la clase política. Quiero decir, si bien es cierto que renunciar a la erradicación del poder político mediante una fuerza racional es algo realista y, además, un ejercicio de autocomprensión y de reconocimiento de cómo somos, quizá también puede pensarse que es una postura que puede recaer en la resignación en lo que respecta a apelar a la capacidad racional, considerada esta como abstraída de las condiciones materiales sobre las que se pretende actuar. Es decir, a mi juicio Mouffe se acerca ligeramente a la tesis de «lo personal es político», la cual puede ser bastante negativa porque para cualquier problema planteado en la sociedad se buscaría siempre una solución desde «la política», lo que daría lugar a una politización de cada ámbito vital, con las consecuencias que ello podría conllevar.


Fotografía: Puerta del Sol durante la Marcha del cambio. Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Podemos#/media/Archivo:La_marcha_del_cambio._105.jpg

Referencias:

Mouffe, C. (2011). En torno a lo político. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Mouffe, C. (2014). Agonística. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Rawls, J. (1971). Teoría de la Justicia. México: Fondo de Cultura Económica, 2017.


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