Los rudimentos de la democracia (II): Schumpeter, Schmitter y Karl

La concepción que Schumpeter aportó sobre la democracia es probablemente una de las mayores influencias dentro de la mentalidad socialdemócrata occidental desde el último tercio del siglo xx hasta hoy; y, por ello, es que su visión ha de ser considerada como un rudimento clave en nuestras sociedades. Su propuesta sustituiría la noción de bien común por la noción de competencia análoga a la del mercado. Según su visión, esta idea de bien común sería una aspiración irreal y obsoleta de acuerdo a los tiempos, ya que se ha podido advertir que es en los procesos de mercado basados en la libre competencia donde se da una verdadera democratización. Los candidatos ahora se aplican la lógica del producto; es decir, se ofrecen como un servicio y, como tal, han de entrar en una lucha competitiva por el voto, intentando satisfacer lo máximo posible al electorado para conservarlo. Además de ello, esta competición por el voto implica un uso más activo de la dialéctica y la discrepancia, fomentando así el debate político en la sociedad y estimulando, en principio, el ejercicio argumentativo. Esto tiene como consecuencia que se respete la libertad individual de la misma forma en que lo hace el mercado, dado que al proponérsele al individuo varias opciones para elegir serían sus propios intereses individuales los que son directamente interpelados sin el beneplácito moral del conjunto de la sociedad. El punto clave, finalmente, sería que, a diferencia de la teoría clásica, la voluntad del pueblo deja de identificarse con la voluntad de la mayoría de la gente. Mientras que en la teoría clásica se presuponía que el pueblo encarnaba una racionalidad que perseguía un propósito ético-político concreto,[1] Schumpeter asume una antropología que identifica a las personas como seres con diferencias muy acentuadas entre sí y, por tanto, con considerables diferencias en los intereses. El pueblo, ahora que tiene mayores capacidades de realización debido a la mejora de las condiciones económicas y sociales, revela frecuentemente desentendimientos entre los miembros de la sociedad.[2] Por ello, se entiende que el pueblo ya no es un concepto que pueda agrupar, como decíamos anteriormente, una voluntad general inspirada por una racionalidad presupuesta, sino que es un concepto abocado a la disputa y a la diversidad de opiniones.

Schumpeter sostiene, en cierta medida, una postura realista en tanto que nos deja entrever que de la misma manera en que en el mercado de libre competencia se dan situaciones desfavorables, como la competencia desleal o los fraudes, también puede ocurrir de la misma manera en la vida política algo similar. Y por ello, la labor teorética de la filosofía no es tan pertinente en relación a los problemas democráticos en la medida en que reconocemos la imposibilidad de capturar desde la conceptuación pura todas las dificultades humanas que ocurren en las sociedades. Y es por eso por lo que el paradigma schumpeteriano alude más a atender desde la praxis política las dificultades que van surgiendo en lugar de tratar de prevenirlas teoréticamente, tal y como queda reflejado de modo palmario en la siguiente cita: «Pero la delegación parlamentaria no es una construcción lógica; es un producto natural cuyos sutiles matices y resultados escapan por completo a las teorías oficiales y mucho más a las legales» (Schumpeter, [1945] 1996, p. 368).

La relación entre el líder y el pueblo en una democracia es una relación basada en la representatividad; es decir, en la labor de portavocía de los deseos e intereses de una parte de la ciudadanía. Esta relación parte de una confianza previa con respecto a las capacidades intelectuales y gubernamentales de dicho líder o grupo de personas que conforman un partido u organización política. Esto es precisamente lo que haría de la teoría de Schumpeter una teoría elitista, ya que desde el economicismo que caracteriza su pensamiento se tiene la mira puesta en la eficacia del gobierno, por lo que es mejor plantear que el partido que tenga la confianza de un mayor número de personas sea el que gestione la sociedad, ya que en última instancia lo que importa a los candidatos políticos es la obtención del poder, de modo que para conseguirlo saben que es necesario adaptarse a la voluntad de la mayoría. Los grupos minoritarios siguen teniendo acceso al voto y tendrán sucesivas ocasiones de intentar llevar a su representante al poder, pero finalmente a modo de oferta y demanda quien se imponga será el más votado. Por ello, es innecesario algo como la representación proporcional porque garantizar una proporcionalidad para todos los grupos ideológicos de la sociedad genera inestabilidad.

Considero que la teoría de la democracia de Schumpeter ofrece muchos visos de realismo en relación a lo que se percibe hoy en día; es decir, burocracias muy vastas que exhiben especialización en ámbitos que ni conocíamos. Pienso que el mérito que tiene es intentar basarse en la elección individual de los ciudadanos, lo cual hace que sea ineludible hablar de la legitimidad o ilegitimidad de los gobernantes, así como la libertad que se lleva a cabo en el proceso de elección, del mismo modo en que lo hace un consumidor con su producto. Sin embargo, uno de los defectos principales es basar todo el concepto de libertad en la individualidad. Quizá una forma de superar ese error, que entre otras cosas tiene consecuencias como que los conocimientos sobre política de los ciudadanos sean muchas veces bajos a pesar de la cantidad de información que reciben, sea plantear un esquema democrático más participativo. Algo que tendría que disuadir, por otra parte, esa concepción del pueblo como eminentemente irracional que surge de las teorías elitistas. Del mismo modo en que la relación entre el pueblo y los líderes se basa en una confianza, también la comunidad tiene que «darse» la confianza hacia sí, para que la ciudadanía tenga un acceso más amplio a la vida política y pueda desenvolverse en el terreno de la discusión pública.                                                                                                         

Y es por eso por lo que en nuestro afán por intentar ofrecer un planteamiento democrático equilibrado podemos hacer uso de uno de los textos que se usa de forma recurrente en las facultades de Filosofía o de Ciencias Políticas, a saber: el de ¿Qué es democracia y qué no?, de los profesores de la Universidad de Stanford, Phillippe Schmitter y Terry Lynn Karl, ya que en este texto se parte precisamente de una crítica directa hacia Schumpeter. La diferencia esencial que estos autores proponen con respecto a Schumpeter es que mientras este únicamente circunscribía la competitividad a los representantes de los partidos políticos, Schmitter y Karl creen que esa labor de competitividad de ideas también se ha de aplicar en otras esferas sociales de las que sean partícipes los ciudadanos de una forma más activa. Esto sería, los grupos sociales, los movimientos, las organizaciones ciudadanas que de algún modo influyen en la sociedad y establecen un canal de expresión a partir del cual las demandas de ciertas partes de la ciudadanía se hacen el suficiente eco como para que la sociedad en general tenga una consideración hacia ellas, y se impulsen por tanto una serie de políticas públicas. La innovación, por tanto, con respecto a la teoría de Schumpeter es que se deja atrás la falacia del electoralismo, la cual solamente contempla la democracia como la posibilidad del voto individual y la cesión de la voluntad ciudadana a unos representantes políticos.

Las tendencias neoliberales pueden no ser propicias para que se lleve a cabo una democracia precisamente porque uno de los problemas de basar la democracia en la misma lógica que la del mercado, a saber, la de la competitividad por el voto del ciudadano, tendría como consecuencia dejar de lado las demandas políticas de grupos minoritarios, menoscabando así sus derechos. Del mismo modo, las teorías socialistas también serían un peligro para la democracia puesto que una promoción de las ideas intervencionistas en todos los ámbitos de la sociedad podría dar lugar a un autoritarismo que, además de ser una amenaza para algunos derechos individuales, podría fomentar una incapacidad por parte de los líderes de aceptar la incertidumbre normal que tiene que caracterizar a la democracia. «Más amenazante es incluso que los líderes se vean tentados a juguetear con los procedimientos y socavar así, en última instancia, los principios del consentimiento contingente y de la incertidumbre limitada» (Schmitter y Karl, 1991).

Los autores llaman falacia electoralista a aquella concepción de la democracia que únicamente tiene en consideración el proceso de elección de los representantes políticos mediante el uso del voto. El motivo por el que creo que se refieren a eso como falacia es que la intermitencia con la que se convocan elecciones presupone que la ciudadanía no va a tomar parte de forma activa en los intervalos en los que no hay esas elecciones. Es decir, la falacia radica en pretender que va a haber una conformidad total por parte de la sociedad hasta que el siguiente período de elecciones venga, lo cual no es así. La competitividad no cesa en ningún momento y por eso es por lo que es falaz decir que la acción ciudadana solo se comporta democráticamente cuando vota. Ya que precisamente la no resignación a que eso sea así es lo que da lugar a la sociedad civil de la cual hablaré en el siguiente punto.

La labor que realiza la llamada «sociedad civil» es poner en marcha unos mecanismos democráticos basados en el asociacionismo, la cooperación, la deliberación, mediante los cuales se crean unas vías de expresión de los intereses de los grupos sociales que conforman la sociedad en su conjunto. De esta forma, los ciudadanos cuentan con posibilidades de inyectar influencias de cara a la realización de políticas públicas. Por ejemplo, un caso actual podría ser el de los movimientos feministas, ecologistas, las plataformas de profesores, etc. Esta serie de grupos de intereses llevan a cabo una competición de ideas e incentivan constantes debates entre toda la ciudadanía. La sociedad civil como tal, lo que plantea es que la sociedad haga uso de su condición de ciudadano; es decir, de participante en las problemáticas sociales suscitadas por estos diversos grupos.

En las nociones clásicas de la democracia representadas por los constituyentes y federalistas americanos siempre se ha temido a las facciones porque estas siempre han supuesto un obstáculo para el consenso. Sin embargo, según la visión de James Madison estas son un mal necesario en democracia, ya que sin la presencia de estas sería cuestionable que dicho régimen fuera una democracia, porque en cierta forma ve que el surgimiento de facciones y la disconformidad que las nutre es algo así como una disposición natural de nuestra naturaleza. Algunas soluciones propuestas en las democracias modernas para enfrentar este asunto tienen que ver con «cualificar el principio central del gobierno de la mayoría» (Ibid., 1991); es decir, formas de descentralización del poder como pueden ser los gobiernos federales, o bien grandes coaliciones de partidos como el consociacionalismo.[3]

Lo que entiendo de esta consideración es que realmente la consolidación de un sistema democrático no viene dada solamente por unas normas culturales que ya se cercioraban sobre la equidad, el fair play, la intervención comunitaria allí donde se dieran abusos, etc. Porque de ser así solamente unos pocos países en el mundo podrían haber engendrado regímenes democráticos, y no es así. Puede ser que en unos países donde ya hubiera una base cívica la democracia tenga un mejor funcionamiento, al menos provisionalmente. Pero lo que realmente se da a entender es que la cultura cívica como tal se va adquiriendo a medida que se va viviendo en democracia, y es por eso por lo que generalmente la cultura cívica de los países hay que considerarla más como un producto de la misma aclimatación de la sociedad a la democracia que no como unas raíces necesarias que hay que tener para implementar la democracia. Por eso la aportación de los autores explicita la permanente competencia (en muchos más ámbitos que el voto) que tiene que haber para que se efectúe la democracia, en vez de reducirla al resultado electoral de una competición por el voto, que es donde se queda Schumpeter.

Es posible que esta teoría de la democracia en principio nos parezca una continuación de la poliarquía descrita por Robert Dahl (1971), en la cual se proclama el pluralismo democrático como una diversificación de los centros de poder político, haciendo que el reflejo de los intereses de la ciudadanía sea más preciso. Para ello, el sistema debe garantizar la existencia de una serie de instituciones y convicciones que puedan dar cabida a una libertad de expresión y una ecuanimidad en la ejecución del poder ciudadano, tales como el sufragio universal, la libertad de expresión y asociación, el control periódico de cada elección que se haga, etc.

Por tanto, la eficiencia no es el único criterio que debe ser buscado en democracia, ya que en pos de la justicia, la igualdad de oportunidades y el compromiso de no dejar a nadie atrás, ponemos en juego una posible falta de eficiencia en lo que respecta a ámbitos como el económico o el administrativo. En última instancia lo importante es la posibilidad del cambio, el margen de acción que tiene la ciudadanía para buscar esa efectividad gubernamental. La contingencia a la que se hace referencia varias veces en el texto alude principalmente a la idea de que la democracia no es un proceso teleológico, sino que se va haciendo a medida que lidiamos con los contextos concretos y estructurales de las sociedades. Esta contingencia ha de ser, por tanto, el criterio que fundamente nuestra percepción democrática, porque la democracia implica «jugársela» en muchos aspectos, pero siempre garantizando unos derechos que seguramente otros tipos de gobierno no pueden garantizar de la misma forma a pesar de que puedan ser más eficaces a la hora de gobernar.                                                                

Creo que la teoría que nos enuncian Schmitter y Karl en el presente texto es bastante adecuada en relación a lo que puede percibirse en el mundo democrático de hoy en día. No cabe duda de que la presencia de esos movimientos sociales que representan multitud de causas como pueden ser minorías étnicas, defensores de los animales, colectivos transgénero, etc. están influenciando el debate público y haciendo que los gobernantes tomen parte sustancialmente en las demandas de estos. Desde un enfoque crítico percibo que la existencia de esos grupos sociales que teóricamente suponen un equilibrio en democracia no solventa problemas cívicos. Es decir, los gobiernos se pueden aprovechar de la influencia de alguno de estos grupos, que por el motivo que sea, han conseguido hacerse más eco, para así usar discursos vinculados a dicho grupo, generando así una política populista. Muchas veces en la esfera pública hay una dominación por parte de unos movimientos sociales con respecto a otros que finalmente acaba derivando en un monopolio ideológico. Y, de hecho, concretamente en las sociedades occidentales, cuyas condiciones materiales de existencia permiten una abstracción desmedida respecto del mundo real, se da el caso de que muchos movimientos sociales tienen un dominio simplemente con base en su capacidad discursiva o propagandística, y no porque las problemáticas que señalan sean más serias que las de otros movimientos. Por tanto, en cierto sentido creo que el modelo planteado por estos autores no está exento de situaciones desagradables, aunque sí pienso que, a pesar de todo, acaba perviviendo la tesis de Madison (1787), de que son males necesarios para la democracia. 


Referencias

Dahl, R. (1971). La poliarquía. Madrid. Editorial Tecnos, 1989.

Madison, J. (1787). The Federalist Papers. (n.º 10).Recuperado de https://founders.archives.gov/documents/Madison/01-10-02-0178

Schmitter, C. P. y Karl, L. T. (1991). What democracy is…and is not. Journal of Democracy, 2(3), 75-88. Johns Hopkins University Press. Recuperado de http://pscourses.ucsd.edu/ps200b/Schmitter%20%26%20Karl%20What%20Democracy%20is%20.pdf

Schumpeter, A. J. (1945). Capitalismo, socialismo y democracia. Ciudad de México. FCE, 1996. 


[1]     Los ejemplos de esa concepción política propia de la modernidad son numerosos: desde el Leviatán, de Hobbes, pasando por el reino de los fines de Kant, hasta el espíritu absoluto de Hegel.                     

[2]     Y que precisamente ese fenómeno ya fue advertido por Marx desde una óptica crítica cuando habla de la «alienación».

[3]     El consociacionalismo es una forma de organizar el poder por la cual se le otorga una autodeterminación ecuánime a todas las comunidades que por las razones que sean (culturales, étnicas, etc.) tienen unas diferencias muy pronunciadas en sus intereses. Es un tipo de sistema que suele darse en sociedades ampliamente divididas. El consociacionalismo no es necesariamente federalismo, ya que pueden existir los consocios sin necesidad de que el Estado sea federal. Un ejemplo de este tipo de democracia sería Suiza.

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