Nacionalismo: ¿cívico o étnico?

En la política contemporánea es muy habitual distinguir entre nacionalismos étnicos y nacionalismos cívicos. De hecho, es muy común que determinados movimientos se arroguen para sí el adjetivo ‘cívico’ y atribuyen al rival la etiqueta ‘étnico’. La distinción entre estas dos clases de naciones no es nueva, al contrario tiene una historia académica centenaria. Habitualmente suele atribuirse su paternidad a Meinecke, sus formas más reconocibles se las debemos seguramente a Kohn y contemporáneamente ha sido reproducida de manera influyente por autores como Ignatieff en el exitoso libro Blood and Belonging. Tal distinción suele articularse como un conjunto de pares opuestos que vendrían a caracterizar cada tipo de nación y nacionalismo: las naciones étnicas tendrían que ver con oriente, su origen se encontraría en el pensamiento alemán, se centrarían en la comunidad por encima del individuo, serían autoritarias, basadas en la pasión, el romanticismo, exaltarían la guerra, el mito y la raza. Las naciones cívicas, en cambio, serían las occidentales, tendrían su origen en el pensamiento francés, serían liberales e individualistas, racionales e ilustradas, basadas en la historia y la voluntad común de los ciudadanos de compartir un proyecto político de igualdad y justicia. En suma, unas serían malas y las otras buenas (Maíz, 2018:78-79).

Durante los años noventa la distinción fue objeto de un análisis académico muy extenso destinado a mostrar principalmente que en la práctica las naciones incluyen y han incluído elementos étnicos y elementos cívicos a la hora de construir su identidad colectiva, movilizar a la población, legitimarse, diferenciarse de otros grupos, etc. Repasemos la historia moderna de Francia, Estados Unidos y Alemania y lo comprobaremos con facilidad. La nación puramente cívica -se concluyó- era un mito (Yack, 1996), un maniqueísmo (Brubaker, 1999), un trozo de engañosa ideología destinada a avanzar agendas particulares (Nielsen, 1996). Franceses e ingleses pueden compartir exactamente los mismos principios y, aun así, unos y otros tendrán claro que no son parte de la misma comunidad; y al contrario, de entre ellos podrá haber quien no comparta esos principios pero no por eso se lo considerará un extranjero. Como dice Nielsen (1996: 46) “When Spain became fascist the Spaniards did not cease to be Spaniards. And their nationality did not change when Spain again became a liberal democracy. It remained constant through all the political turmoil and revolution”. En fin, ¿qué nación admite como ciudadano a todo aquel que comparta determinados valores, que jure lealtad a determinadas leyes o cualquier otra cosa por el estilo?

La conclusión más extendida que surgió de ese debate y que aún perdura entre los estudiosos del asunto es que la distinción es útil, pero si se emplean los conceptos en lid como constituyendo los dos polos ideales y opuestos de un espectro dentro del que se situarían y moverían las naciones de carne y hueso. Es decir, si en vez de hablar de naciones puramente cívicas o étnicas, habláramos de naciones en las que, en determinado momento histórico, predomina más el elemento cívico o étnico (Maíz, 2018). Así, por ejemplo, en la introducción del reciente y exitoso Suspiros de España el historiador Núñez Seixas afirmaba que «Prácticamente ningún nacionalismo cívico en origen ha renunciado a dotarse de algún tipo de legitimidad añadida apelando a la Historia, la cultura, al ‘espíritu popular’, a las experiencias compartidas […] Del mismo modo, pocos nacionalismos étnicos en origen, y sobre todo en Europa occidental tras 1945, han preservado sus elementos originario más incompatibles con la democracias y los valores cívicos (Seixas, 2018:13)». Y algo más adelante insistía en que «existen nacionalistas cívicos y étnicos, aunque lo más frecuente es una mezcla más o menos diversa de ambos (Seixas, 2018:15)»

Nuestro objetivo en lo que sigue es profundizar en la crítica noventera de esta distinción con la intención de evidenciar que su significado mismo no es nada claro y que incluso el consenso anterior sobre el uso matizado de la misma también puede ponerse en duda. Por ejemplo, y para empezar, ¿qué significa étnico? Si por ‘étnico’ entendemos algo biológico y las naciones étnicas son las basadas en consideraciones de tipo raciales, genéticas o similares, entonces hoy apenas habría naciones étnicas (Brubacker, 1999). Es decir, la distinción perdería todo su sentido heurístico porque todas las naciones serían cívicas. Ahora bien, si para evitar estos problemas definimos lo ‘étnico’ como aquello relativo a la cultura y/o a la lengua, o bien decimos con Smith (1986) que las naciones étnicas son las basadas en un «mito de descendencia común», entonces prácticamente todas las naciones pasarían a ser étnicas y no habríamos avanzado nada. Quizás podríamos buscar un punto medio y proponer con Keating que el nacionalismo cívico es el basado en instituciones, valores seculares, prácticas sociales, costumbres y memoria histórica. Pero entonces ¿cuál es la diferencia crucial con las naciones ‘etnoculturales’ que Smith (1986) define como las basadas en  mitos, memorias, valores y símbolos (Brubacker, 1999)?

Lo cierto es que hoy no existe un consenso claro sobre qué atributos exigen poseer las naciones étnicas y cuáles las cívicas. Por ejemplo, para muchos todo lo relacionado con la lengua es un síntoma claro de etnicismo, la vuelta a Herder y al irracionalismo romántico. Y sin embargo uno de los principales exponentes del llamado ‘nacionalismo liberal’ como es Kymlicka (1996:11) argumenta que los Estados Unidos -en oposición a Alemania- pueden considerarse un caso de nacionalismo cívico porque “están en principio abiertas a cualquiera que viva en el territorio en la medida en que aprenda la lengua y la historia de la sociedad. Estos Estados definen la pertenencia en términos de participación en una cultura societaria común, abierta a todos, más que por razones étnicas.

Dada la importancia que el liberalismo asigna a la neutralidad estatal podría plantearse que las naciones étnicas son aquellas que intervienen en la sociedad para favorecer determinadas tradiciones, lenguas o culturas, y que las naciones cívicas se caracterizan por mantenerse neutrales dejado el porvenir de cada nación en manos de la sociedad civil, de la libre elección de los individuos. Las naciones cívicas son pues aquellas que separan Estado, Iglesia y cultura. Contra este planteamiento Kymlicka ha argumentado que tal separación nunca se ha dado y que no puede darse pues las funciones del Estado más básicas inevitablemente acabaran por intervenir en la sociedad favoreciendo consciente o inconscientemente determinadas culturas:

Un Estado puede no tener una iglesia oficial, pero el Estado no puede evitar establecer, al menos parcialmente, una cultura cuando decide sobre la lengua que ha de usarse en la administración, la lengua y la historia que los niños deben aprender en la escuela, quiénes serán admitidos como inmigrantes y qué lengua e historia deberán aprender éstos para convertirse en ciudadanos […] Por consiguiente, la idea de que los Estados liberales o las «naciones cívicas» son neutrales con respecto a las identidades etnoculturales es mítica […] El empleo de la política pública para promover una cultura o culturas societarias particulares es un rasgo inevitable de todo Estado moderno (Kymlicka, 1996: 11-12)”.

Continua Kymlicka el anterior fragmento afirmando que la distinción clave entre las naciones cívicas y las étnicas se encuentras, no en su neutralidad cultural, sino en su inclusividad. Sin embargo, que lo étnico sea sinónimo de una mayor exclusión también puede ser puesto en duda. Por ejemplo, las leyes de ciudadanía españolas son mucho más laxas y generosas para con las personas de países iberoamericanos, Andorra, Filipinas, Guinea Ecuatorial, Portugal y los judíos sefardíes. Detrás de estas excepciones laten unas consideraciones de tipo histórico, cultural o lingüístico que fácilmente podrían ser consideradas -o muchos argumentarían que son- étnicas y, sin embargo, facilitan que millones de personas de países normalmente menos desarrollados puedan formar parte de un país rico y avanzado. De sustituirse este criterio por otro aparentemente más cívico -por ejemplo, haber trabajado legalmente en España 10 años- muchas más personas quedarían excluidas de la comunidad nacional.

No solo eso, una nación podría ser de adscripción voluntaria y no por ello encajar con el campo conceptual que asociamos a “lo cívico”. Por ejemplo, pensemos en el nacionalismo abertzale. Tras viajar a Navarra y con la intención de aclarar a la audiencia inglesa qué era realmente el nacionalismo radical vasco MacClany expone:

Basque patriots are abertzales, a status not defined by birth but by performance: an abertzale is one who actively participates in the political struggle for an independent Basque nation with its own distinctive culture. You are not born abertzale. You make yourself one. […] To abertzales, Basques are those who live and sell their labour in Basqueland. (MacClany, 1988: 17)”.

Si damos crédito a MacClany podríamos pensar que la izquierda abertzale representa una nación genuinamente cívica pues está potencialmente abierta a cualquiera. Así lo argumenta, por ejemplo, Zabolo que tras comparar el caso vasco y catalán pregunta:

¿No lo sería más el vasco  [que el catalán], que basa su concepto de nación en la voluntariedad y la territorialidad [y no en la lengua]? El nacionalismo vasco tiene, qué duda cabe, una innegable carga excluyente en sus orígenes, pero se desprende de ella a mediados del siglo XX. Lo que queda después es pugna política entre un nacionalismo de estado y uno periférico (Zabolo, 2004:81)”

Sin embargo, de su viaje MacClany también extrajo que:

Following their line of metaphors, the Basque people is already a ‘nation’ with its own ‘popular army’ (ETA) and whose gunmen are its ‘best sons’. Basque politicians who do not advance the Basque cause are ‘traitors’ (MacClany, 1988: 18)”

Luego si bien puede ser cierto que el nacionalismo abertzale de las últimas décadas es ajeno a las consideraciones raciales defendidas por Arana así como que en teoría cualquiera puede ingresar en sus filas, también es cierto que los métodos empleados para conseguir los objetivos deseados así como el modo en que se trata a aquellos que rechazan ese proyecto no es ni inclusiva ni cívico ni nada similar. Queda entonces claro que el carácter o naturaleza de un nacionalismo no depende del modo en que se ingrese o pueda ingresar en la nación.

Vayamos a Ignatieff. En las primeras páginas de Blood and belonging, el autor canadiense ofreció la definición de ‘nacionalismo cívico’ actualmente más conocida:

civic nationalism maintains that the nation should be composed of all those -regardless of race, color, creed, gender, language, or ethnicity- who subscribe to the nation’s political creed. This nationalism is called civic because it envisages the nation as a community of equal, rights-bearing citizens, united in patriotic attachment to a shared set of political practices and values. This nationalism is necessarily democratic, since it vests sovereignty in all of the people (Ignatieff, 1993:6).

Visto lo anterior es fácil pensar que este no será un criterio libre de problemas. En efecto, si ese “credo nacional” es reducido y estrecho, entonces tendremos una nación que nadie catalogaría como cívica ni democrática. Es decir, tanto si el criterio de demarcaciones es la raza como la ideología acabamos en el mismo punto: excluyendo a determinados grupos. Por ejemplo, pensemos ahora en el macartismo americano de mediados del siglo pasado: no sería alocado describirlo como una visión de América que aceptaba todas las razas, lenguas, religiones y etnias, mientras se aceptara a pies juntillas «the nation’s political creed», a saber, el más ferviente anticomunismo. ¿Acaso era el senador de Wisconsin un defensor del nacionalismo cívico? (Yack, 1996).

Para evitar todas estas dificultades es habitual identificar las naciones cívicas con aquellas “de base territorial”, es decir, aquellas que incluyen como miembros a todos los residentes permanentes de su territorio, esto es, sustituir el ius sanguinis por el ius solis -por emplear una expresión habitual. El atractivo de esta propuesta consiste en esquivar con facilidad “el problema de la frontera interna” (Rodriguez, 2000) que acabamos de ver, es decir, que dentro de la propia nación haya muchos ciudadanos que no satisfagan el criterio de demarcación escogido. Con todo, enfrenta otros tantos problemas igualmente graves. Uno, que en la práctica las supuestas naciones de base territorial son, ante todo, de base sanguínea en la medida en que la inmensa mayoría de sus miembros lo son desde el instante en que nacen. Dos, que sin aclarar qué leyes de extranjería y residencia rigen en ese territorio apenas se dice nada sustantivo pues podría ser que fuera allí donde el elemento étnico desplegara toda su fuerza de manera subrepticia. Y tres, la delimitación de ese territorio y la centralidad que se le otorga exige una justificación adicional raramente ofrecida y cuya ausencia es de lo más sospechosa: ¿por qué ese territorio y no cualquier otro? De nuevo, es muy probable que aquí -en este explicación oculta- se infiltren los elementos étnicos aparentemente depurados.

Como ha sido advertido por los estudiosos del nacionalismo, la distinción cívico/étnico mezcla consideraciones de tipo normativo con otras de tipo descriptivo. Mientras esto siga así la confusión estará asegurada y su utilidad seriamente minada. Seguramente podemos seguir hablando de nacionalismos más bien cívicos y otros más bien étnicos. Rechazarla completamente podría arrojar al niño con el agua sucia. Cuando lo hagamos, no obstante, es conveniente emplear muchas comillas, conscientes de las dificultades que aún hoy acarrea. 

 


Referencias:

-Brubaker R (1999) “The Manichean myth: rethinking the distinction between ‘civic’ and ‘ethnic’ nationalism” En H. Kriesi (Ed.) Nation and national identity: the european experience in perspective. Zurich: Verlag Ruegger.

-Ignatieff M. (1993). Blood and Belonging: Journeys into the New Nationalism. London: Farrar, Straus and Giroux.

-Kymlicka, W (1996). «Derechos individuales y derechos de grupo en la democracia liberal» Isegoría, 14.

-MacClancy, J. (1988). «The Culture of Radical Basque Nationalism», Anthropology Today, 4(5).

-Maiz, R. (2018). Nación y federalismo. Una aproximación desde la teoría política. Siglo XXI. Madrid.

-Nielsen, K. (1996). «Cultural Nationalism, Neither Ethnic nor Civic» The Philosophical Forum: A Quarterly, 28(1-2).

-Núñez, X.M (2018). Suspiros de España. El nacionalismo español 1808-2018, Barcelona: Crítica.

-Smith, A. (1986). The Ethnic Origins of Nations, Oxford: Blackwell.

-Rodriguez, L (2000). Las fronteras del nacionalismo, Madrid: Centro de estudios políticos y constitucionales.

-Yack, B. (1996). “The myth of the civic nation”. Critical Review: A Journal of Politics and Society 10(2):193-211.

– Zabalo, J. (2004). “¿Es realmente cívico el nacionalismo catalán y étnico el vasco?”.  Papers: revista de sociología.

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