Populismo: pinceladas introductorias

El término ‘populismo’ no es para nada reciente. Es sabido que ya en la antigua Roma existían los popularis, una facción política cuyas propuestas hoy podrían ser percibidas como populistas: grandes subidas de impuestos para los más ricos, depreciación de la moneda, limitaciones al poder del Senado y oposición a los elitistas optimates. Y, como hoy, estos «populistas togados» contaban entre sus filas anti-establishment con «multimillonarios» como el mismísimo Julio César. De manera más contemporánea, ‘populismo’ fue el término con el que se tradujo la ideología de los naródniki rusos del s. XIX consistente en una defensa de la vida rural y una idealización del campesinado. Relacionado con el mundo rural destacaría también el Populist Party que a finales del s. XIX consiguió cierta fuerza en los estados del sur y del oeste de los Estados Unidos (Taggart, 2000).

La preocupación por el populismo lleva décadas asentada en la academia por más que recientemente el tema haya alcanzado más espacio mediático que nunca. Por ejemplo, Lipset había definido a los populistas en unos términos que hoy son muy habituales, a saber, como los descontentos, los que carecen de un hogar psicológico, los fracasados, los analfabetos, los económicamente inestables. Poco después, en la introducción de un texto recopilatorio de conferencias centradas en definir el populismo, Ionnescu y Gellner afirmarían en un guiño que «Un fantasma se cierne sobre el mundo: el populismo» (citado en Müller, 2017).

Dicho esto, ¿qué entendemos hoy por ‘populismo’? Dada la habitualidad del término, las diferencias importantes entre aquellos grupos que más habitualmente lo reciben así como el rechazo generalizado que expresan hacia el mismo, no es sencillo dar con una definición satisfactoria. Como apuntan Heinisch, Massetti y Mazzoleni (2018) puede incluso que las investigaciones académicas hayan contribuido a ello al centrarse en estudios de caso y no tener suficientemente en cuenta las comparativas interregionales a la hora de proponer definiciones generales. Ello ha provocado que con el paso de los años rasgos aparentemente esenciales hayan ido desapareciendo y engrosando las filas de las características accidentales. Por ejemplo, antes de los años 90 era habitual asociar el populismo con políticas fiscales «irresponsables», de gasto y deuda excesiva pero el surgimiento de populistas «neoliberales» como Fujimori obligaron a revisar esta visión (Aslandis, 2015). Similarmente, si hoy nos fijáramos en los populistas más destacados como Trump, Orbán, Abascal o Le Pen sería fácil concluir que el populismo tiene que ver con el rechazo a la inmigración, pero entonces estaríamos dejando fuera otros casos menos conocidos pero relevantes tales como SYRIZA o Podemos. Puede que en este punto el lector ya considere que algunos de nuestros ejemplos no son acertados, lo que pone de manifiesto una dificultad adicional: ni tan siquiera la extensión del concepto está clara, por lo que delimitar con precisión su intensión quizás sea imposible. No es pues difícil comprender que algunos hayan intentado —sin éxito— que se abandone el concepto al entender que oscurece más de lo que aclara (Weyland, 2001). En fin, cualquiera que se aproxime a esta cuestión muy probablemente pensará en algún que otro momento que se trata de cuadrar el círculo (Moffitt y Tormey, 2013) y que se enfrente a  una esencial inasible, rara y resbaladiza (Taggart, 2000). Tan es así que aún hoy los estudiosos discrepan, no ya de sus notas definitorias exactas, sino también del tipo de fenómeno que están estudiando.

Por ejemplo, autores como Weyland (2001) descartan como esenciales cuestiones relacionadas con el momento histórico, el estilo retórico o la posición económica que las diversas fuerzas políticas defienden y definen el populismo como una estrategia mediante la cual un líder carismático —en vez de una organización— busca obtener o ejercer el poder basado en el apoyo directo —mediante manifestaciones, encuestas,  plebiscitos, etc.—, no mediado y no institucionalizado de grandes masas de seguidores desorganizados con el que avasallar a sus oponentes, especialmente en momentos de crisis.

Moffitt y Tormey (2013) objetan que las estrategias de los populistas son diversas y que podemos encontrar fuerzas férreamente organizadas como el Frente Nacional de Le Pen o el partido de Geert Wilders en Holanda, así como movimientos no populistas de tipo religioso que, sin embargo, adoptan esa clase de estrategias. Para no dejar ningún «sospechoso habitual» fuera de la definición, estos autores proponen un enfoque inductivo que pueda incluir todos los populismos desde los años 90 hasta ahora. El resultado de este análisis sería entender el populismo como un estilo político, esto es, centrándose en «the repertoires of performance that are used to create political relations» (Moffitt y Tormey, 2013: 387). Los elementos principales de estas prácticas serían la invocación constante de un «nosotros» que se opone a las élites, al sistema o a otros grupos sociales, la generación de una sensación de crisis y grave amenaza social que exige actuar inmediatamente y con gran decisión, el empleo de «malas formas» o formas «políticamente incorrectas» y la apelación al sentido común y a todo lo que supuestamente es evidente.

Desde otro punto de vista, Aslandis (2015) considera que como el populismo carece de textos fundacionales, de continuidad histórica o de un pensamiento desarrollado de manera coherente, lo más acertado es entenderlo como un tipo de discurso que, invocando la supremacía popular, afirma que las élites están defraudando al pueblo y robándole su autoridad debida. Siguiendo el trabajo temprano de Laclau (1970), considera que aquello que caracteriza al populismo es el modo en que presenta determinadas ideas, por lo que sería acertado describirlo como un «marco discursivo» en el que se emplean los términos «pueblo vs. élite» como significantes huecos a adaptar en función del caso de manera estratégica. De allí que —continúa Aslandis— los estudios cuantitativos sobre el populismo se centren en estudiar los modos en que se expresan las fuerzas populistas. En este sentido es especialmente destacable por su amplitud el trabajo de Hawkins (2009) —y el ejército de estudiantes universitarios que le ayudaron— que definiendo el populismo como un discurso en que se identifica maniqueamente el bien con la voluntad unificada del pueblo, y el mal con las élites que conspiran en su contra se estudian más de 200 discursos de más 40 líderes de distintas épocas —pero con mayor énfasis en los políticos latinos— pudiendo otorgar a cada uno de ellos una nota numérica que mida con precisión la intensidad de su populismo y permita compararlos. 

Con todo, lo cierto es que la visión más citada al respecto es la que entiende como Muddle, Rovira Kaltwasser o Müller que el populismo sería una ideología (tenue) que divide la sociedad en dos grupos homogéneos y antagónicos —el pueblo puro y la élite corrupta— y que defiende que la política debería ser la expresión de la «voluntad general» (Mudde, 2004), entendido á la rousseauniana, es decir, asumiendo que realmente todos los intereses del «pueblo» son unificables y compatibles entre sí y no más bien diversos y contradictorios.

Entrando en el plano de lo común pero no esencial cabe destacar que el maniqueísmo anterior suele facilitar que las fuerzas populistas no reconozcan plenamente la legitimidad de sus adversarios o que directamente los presenten como traidores, criminales o enemigos del verdadero pueblo que solo ellos representan (Müller, 2017).  Similarmente, es bastante común que adopten o deseen adoptar políticas iliberales o autoritarias, puesto que los límites y cauces del constitucionalismo —especialmente los frenos contramayoritarios— son vistos con suspicacia, cuando no como parte esencial de que «el pueblo» viva silenciado (Halikipoulou, 2018). Es cierto que en algunos casos —como Geert Wilders en Holanda o el Frente Nacional francés— se adoptan como bandera determinados valores típicamente liberales, pero no cuesta advertir que su defensa persigue excluir del «verdadero pueblo» a determinadas minorías culturales, normalmente los musulmanes y personas de origen árabe y norteafricano. Finalmente, podemos añadir como nota muy extendida que en el populismo la visceralidad tiene una importancia capital, más aún que de ordinario, pues en su praxis «apela directamente a los afectos y busca la identificación emocional del pueblo con sus líderes. La “verdad” popuilista es siempre emocional» (Acha, 2021:46).

Como vemos, se trata de una categoría muy amplia que, siguiendo a Mudde y Rovira Kaltwasser (2012), es útil apostillar para distinguir entre los populistas típicamente occidentales y de derechas, de tipo más bien étnico o cultural y que se consideran primariamente exclusivistas (exclusionary populism) y los populistas principalmente latinos y de izquierdas, de tipo más bien económico o material y que se consideran principalmente inclusivistas (inclusionary populism). La porosa distinción inclusión/exclusión se ejemplificaría en tres ejes: el material, el político y el simbólico. Así, mientras que los populismos latinos estarían concentrados en establecer el estado de bienestar y que «el pueblo» viera sus lamentables condiciones materiales mejoradas, en Europa los populistas se centrarían en proteger el estado de bienestar de la amenaza que suponen los inmigrantes —lo que ha llevado a hablar del welfare chauvinism. En el plano político ambas variantes entienden que la voz del pueblo no es realmente escuchada y que las élites conspiran para acallarla, por lo que apoyan medidas de democracia directa y, en el caso latino, que sectores históricamente marginados como los indígenas o los más pobres accedan a los puestos hasta entonces reservados para las clases privilegiadas. Sin embargo, los populistas occidentales se diferenciarían en este nivel por querer restringir los derechos de participación política a los nacionales —o su etnia mayoritaria y tradicional—, pues solo son estos los que consideran parte del verdadero pueblo. Finalmente estaría el plano simbólico, en que las diferencias sobre cómo se imagina el pueblo y las élites serían notables. En los populismos latinos contemporáneos las minorías locales sí formarían parte del pueblo puro —en oposición a los populismos latinos del pasado en que los indígenas podían ser excluídos— y el «otro» tendría que ver con el imperialismo yankee, la oligarquía económica, la clase política tradicional y, en general, las clases pudientes. En Europa la preocupación por la influencia extranjera se expresaría a través del euroescepticismo -Bruselas, su burocracia, el globalismo-, y el «otro» sería definido, no tanto en términos económicos y de capital político, sino culturales o raciales, por lo que los extranjeros (especialmente de países de tradición islámica) o algunas minorías nacionales no serían incluídas en el «nosotros».

Visto lo anterior es importante aclarar que no conviene hacer una lectura moralizante del populismo por el que todas sus denuncias o propuestas tuvieran que ser necesariamente incorrectas o fruto del odio y la ignorancia, así como entender que sea una fuerza que no pueda tener ningún elemento positivo para las sociedades en que se instala. Por ejemplo, en 2011 el prestigioso economista Dani Rodrik publicaba The globalization paradox donde denunciaba los efectos perniciosos que la globalización puede tener en el empleo y en la distribución de la riqueza y, más generalmente,  exponía por qué los mercados globales, los Estados y la democracia no pueden coexistir. Tesis todas ellas que pueden no compartirse pero que, aun cuando son próximas a muchas de las demandas populistas, no son «fruto del odio y la ignorancia» o, más sencillamente, estupideces a desechar de plano. Como apunta Rovira Kaltwasser (2012) sería más iluminador adoptar una visión ambivalente del populismo de acuerdo con la cual no puede afirmarse de manera universal y tajante que en cualquier circunstancia vaya a suponer una amenaza para la democracia. Es más, a su juicio, ciertas formas de populismos latinos podrían haber sido un «correctivo democrático» que contribuyó a que partes importantes de la sociedad dejaran de estar políticamente excluidas (sin perjuicio de que, a su vez, implicasen otra clase de problemas).

Finalmente, cabe apuntar que ser, actuar o pensar al modo populista no es una realidad dicotómica, en que se sea máximamente populista hoy y siempre, o bien todo lo contrario. Es mejor hablar del populismo como un espectro, cuyas fronteras son algo ambiguas y porosas —algo que cualquiera de las definiciones en lid nos permite. Por ejemplo, Donal Trump abandonó en gran medida la retórica «anti-Washington» una vez que ganó las elecciones (Bonikowski, 2018). Similarmente, en España los primeros años de Podemos estuvieron muy marcados por el discurso de «la casta} y «los de arriba contra los de abajo», abandonándolo poco a poco con el tiempo y muy especialmente tras entrar en el Gobierno. Podría ser que, tal y como han sugerido análisis recientes, lo mejor sea abandonar las definiciones categóricas y acercarse al populismo desde un enfoque multivariable, esto es, viendo cómo puntúa cada fuerza política en relación a varias cuestiones independientes (como la posición sobre inmigración, la concepción de la política, de la soberanía, del liderazgo) y qué importancia otorga a cada una (Olivas, 2020).

Si estas pinceladas no nos satisfacen podemos estar tranquilos, habrá tiempo para enmendarlas. Y es que si atendemos a lo que los estudiosos nos dicen al respecto el populismo es la «sombra permanente» de la democracia liberal (Müller, 2017), está arraigado en las contradicciones entre la democracia de ámbito nacional y la globalización económica, la desconfianza tradicional hacia las élites y el extenso nacionalismo (Eatwell y Goodwin, 2018) así como en el carácter posindustrial de las democracias actuales que ponen en el centro de la agenda las preocupaciones de tipo sociocultural (Meyer y Wagner, 2020). En suma, no es de esperar que la desaparición de tal o cual factor aislado vaya a eliminarlo de un plumazo; hay pues populismo para rato.


Fuente imagen: Natilyn Hicks @maga_girl

Referencias:

-Acha, B. (2021). Analizar el auge de la ultraderecha. Barcelona: Ed. Gedisa.

-Aslanidis, P. (2015). Is Populism an Ideology? A Refutation and a New Perspective. Political Studies, 64(1), pp.  88–104.

-Bonikowski, B., Halikiopoulou, D., Kaufmann, E., y Rooduijn, M. (2018). Populism and nationalism in a comparative perspective: a scholarly exchange. Nations and Nationalism.

-Eatwell, R. y Goodwin, M. (2018). National Populism. The revolt against liberal democracy. Ed. Penguin Random House.

-Hawkins, K. A. (2009). Is Chávez Populist? Measuring Populist Discourse in Comparative Perspective. Comparative Political Studies, 42(8), pp. 1040–67.

-Heinisch, R., E. Massetti, y O. Mazzoleni (2018). Populism and ethno-territorial politics en European multilevel systems. Comparative European Politics.

-Meyer, T.M y Wagner, M. (2020). The rise of populism in modern democracies. En Robert Rohrschneider, R. y Thomassen J. (Ed.) The Oxford Handbook of Political Representation in Liberal Democracies.

-Mudde, C. (2004). The populist zeitgeist. Government and Opposition, 39(4), pp. 541–563.

-Mudde, C. y Rovira Kaltwasser, C. (2012). Exclusionary vs. Inclusionary Populism: Comparing Contemporary Europe and Latin America. Government and Opposition, 48(2), pp. 147–174

-Müller, J. C. (2017). ¿Qué es el populismo? Ciudad de México: Ed. Grano de Sal.

-Moffitt, B. y Tormey, S. (2013). Rethinking Populism: Politics, Mediatisation and Political Style. Political Studies, 62(2), pp. 381–397.

-Olivas Osuna, J. J. (2020). From chasing populists to deconstructing populism: a new multidimensional approach to understanding and comparing populism. European Journal of Political Research

-Rovira Kaltwasser, C. (2012). The Ambivalence of Populism: Threat and Corrective for Democracy. Democratization, 19(2), pp. 184–208.

-Taggart, P. (2000). Populism. Birmingham: Open University Press

-Weyland, K. (2001). Clarifying a Contested Concept: Populism in the Study of Latin American Politics. Comparative Politics, 34 (1), pp. 1–22

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