El derecho a decidir de las naciones: dos argumentos y dos réplicas

Es habitual situar el origen del proceso secesionista catalán en la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña, allá por el 2010. En respuesta, y anticipando las multitudinarias concentraciones de las Diadas venideras, un número nunca visto de catalanes descontentos se echaron a la calles para protestar bajo una misma consigna: “Som una nació, nosaltres decidim”.

No se trataba de un lema casual ni original, bien al contrario, revitalizaba una de las ideas más influyentes en la historia reciente de Europa: el nacionalismo político. Cuál sea el contenido exacto de esta doctrina es una cuestión claramente debatible. Sin embargo, su tesis más reconocible, y que a partir de entonces alimentaría –entre otras- las reclamaciones independentistas, quedaba perfectamente reflejada en la manifestación barcelonesa del 10 de julio. Ahora bien, ¿es así realmente? ¿Son las naciones –y no cualquier otro grupo humano- las legitimadas moralmente para ostentar la soberanía política y, por tanto, decidir unilateralmente cuál sea su futuro?

A la hora de enfrontar esta cuestión el primer paso es contar con una definición adecuada de nación. A tal efecto vale la pena mencionar a Miller (1997:266), que proporciona una de las caracterizaciones más citadas en la materia, identificando a las naciones como “A group of people who recognize one another as belonging to the same community, who acknowledge special obligations to one another, and who aspire to political autonomy –this by virtue of characteristics that they believe they share, typically a common history, attachment to a geographical place, and a public culture that differentiates them form their neighbors”. Grupos que, a su parecer, “have a good claim to political self-determination (Miller, 1997: 265)”. Son muchas las dudas y suspicacias que esta tesis despierta en importantes sectores de la opinión pública. ‘Nacionalismo’ es un término connotado muy negativamente que se asociado con rapidez a los sucesos más lamentables de la contemporaneidad. Sin embargo, no son menos los que reclaman una comprensión más civilizada del concepto totalmente alejado de cualquier impronta étnica, discriminatoria o violenta. Filósofos como Taylor, Tamir, Nielsen o Kymlicka reivindican así un nacionalismo moderado o liberal perfectamente compatible con los sistemas democráticos y los derechos humanos. De entre los muchos argumentos que encontramos en la literatura contemporánea destacamos los siguientes dos que, por conveniencia, llamaremos argumento identitario y argumento instrumental. Veamos de qué forma sustentan el principio nacionalista y las razones que nos llevan a descartarlos.

De acuerdo con el argumento identitario las personas necesitamos una comunidad nacional sana y vibrante a la que pertenecer. Sin ella desarrollar un sentido de la identidad, otorgar significado a nuestras acciones o florecer como personas se hace, sino imposible, al menos muy difícil. Más aún, puede incluso que solo en el marco de una tradición cultural concreta pueda existir un marco de significado donde la autonomía personal sea genuinamente posible (Kymlicka, 1995). Así, y en contra del «atomismo liberal» que desatiende las bases socioculturales del desarrollo humano (Taylor, 1985), el nacionalista moderno reivindica una visión social e interconectada del ser humano, contrario al solipsismo que dice percibir en estas doctrinas. De este modo, y en palabras de Nielsen (1998: 281) el nacionalista señala que “every human being under conditions of modernity needs for her secure self-realization a sense of nationality, and that everyone so situated should have a clear sense of nationality if she is to be able to live a good life.” Más concretamente que “nationality as encompassing (integrating) culture, or a central part of it, presents the context for the secure realization of our other allegiances and identifications, and that it is one that we would be at a loss to be without (Nielsen, 1998:285)”.

En este punto, la tentación evidente sería poner en duda la antropología aquí expuesta. ¿De verdad es tanta la importancia que deba otorgársele a la comunidad nacional? Asumamos, no obstante, este punto de partida y concentrémonos en el aspecto lógico del argumento. Y es que, ¿acaso las afirmaciones anteriores nos dicen algo sobre la moralidad de la secesión? No. De la alegada importancia o valor intrínseco de las comunidades nacionales no se sigue, en sí mismo, ninguna consecuencia política. De lo dicho anteriormente por autores como Nielsen no cabe deducir un enunciado del tipo “y por tanto, las naciones son las legitimadas para decidir políticamente”. Sin duda la verdad de lo anterior constituiría una buena razón para proteger o promocionar las distintas culturas nacionales, mas no que a ellas les corresponda decidir nada en exclusiva. En efecto, también es muy importante para muchas personas la comunidad religiosa a la que pertenecen -por poner solo un ejemplo- pero no por ello concluimos que los metodistas o los chiies gocen del “dret a decidir”. El argumento identitario es un non-sequitur claro.

Conscientes de todo ello, Margalit y Raz (1990: 457) optan por plantear la cuestión en términos instrumentales, suplementando las ideas anteriores con una nueva premisa, a saber: que las naciones están mejor capacitadas para gobernarse prósperamente a sí mismas que cualquier otra entidad. Luego, si aceptamos que las fronteras deben trazarse de forma tal que maximicen el bienestar ciudadano, el principio nacionalista sería una receta para el éxito.

The argument is an instrumental one. It says, essentially, that members of a group are best placed to judge whether their group’s prosperity will be jeopardized if it does not enjoy political independence. […] the shape and boundaries of political units are to be determined by their service to individual well-being, i.e., by their instrumental value […] Given the importance of their prosperity and self-respect to the well-being of their members, it seems reasonable to entrust their members with the right to determine whether the groups should be self-governing.”

Los problemas principales de este argumento son dos. Uno, ¿qué evidencia tenemos de esa conexión? Es más, incluso si aceptamos que en lo tocante a aquello que caracteriza cada nación – como la lengua o la cultura- cada nación esta especialmente dota para el autogobierno, ¿acaso existe alguna razón para suponer que también estará especialmente dotada para el autogobierno en materia fiscal, monetaria, militar, comercial etc.?

El segundo problema tiene que ver con el carácter consecuencialista del razonamiento: si las fronteras (i.e los sujetos políticos) deben determinarse en base a consideraciones de tipo utilitarista, entonces habrá casos en que identificar nación y demos no será en absoluto conveniente incluso aceptando que cada nación está especialmente dotada para el autogobierno. ¿Por qué? Por los efectos que ese cambio fronterizo puede generar en el bienestar de terceros. Por ejemplo, podría suceder que la nación a autodeterminarse constituyera la parte más rica –no solo a nivel económico- del “territorio madre”, de manera que su secesión privara de importantes recursos a sus antiguos co-ciudadanos.

Adicionalmente, cabría objetar que, si las cuestiones políticas debieran solventarse apelando a criterios de utilidad, entonces se seguirían toda clase de consecuencias –que tildaríamos de- antidemocráticas, pues medidas tales como restringir el voto a determinadas personas o impedir que se expresen libremente, bien podrían conducir a un mayor bienestar general. Es decir, si tal y como dicen Margalit y Raz (1990: 457) “the shape and boundaries of political units are to be determined by their service to individual well-being”, entonces no se ve porque el funcionamiento de estas unidades no debiera también estructurase en base a estos criterios bienestaristas. Algo que, como digo, se opone a los principios de las democracias liberales que todos parecemos aceptar en mayor o menor medida.

Las fronteras dentro de las que vivimos son fruto del azar, por supuesto. Su estado actual no responde a razones morales o de utilidad; bien al contrario, la fuerza de la historia las ha hecho tal y como son sin demasiados miramientos. Es por ello que deberíamos estar abiertos a escuchar y aceptar teorías de la secesión que, por una razón o por otra, consideren que un fenómeno tal podría ser legítimo en determinadas circunstancias. Descartemos el principio nacionalista y procuremos ofrecer otro más atractivo.


  • Kymlicka, W., (1995), “Multicultural Citizenship”,Oxford: Oxford University Press
  • Margalit, A., y Raz, J., (1990), “National Self-Determination”, The Journal of Philosophy, Vol. 87, No. 9.
  • Miller, D., (1995), “On Nationality”, Oxford: Oxford University Press.
  • Nielsen, K., (1998) “Liberal Nationalism, Liberal Democracies, and Secession”, The Universityof Toronto Law Journal, Vol. 48, No. 2.
  • Taylor, C. (1985). Atomism. In Philosophical Papers (pp. 187-210). Cambridge: Cambridge University Press.

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