¿Qué es una democracia? Dahl y la poliarquía

Debido a las recientes protestas sociales acontecidas en Cuba, su régimen político y la naturaleza de este han vuelto a ser objeto de debate público. Se trata de una situación que se repite cada vez que se produce algún tipo de contestación en la isla caribeña. Desde posiciones liberales y conservadoras se aprovecha la ocasión para señalar la falta de derechos y libertades del pueblo cubano, condenando el régimen surgido de la revolución de 1959 como tiranía o simplemente dictadura. En el campo de la izquierda la situación es más diversa. Por un lado, existen voces que no dudan en condenar el régimen cubano, sea con el mismo ímpetu que las voces de la derecha o de forma más matizada. Por otro lado, algunas voces niegan la mayor, rehusando tildar al régimen de dictadura, señalando la injusticia del bloqueo estadounidense y apoyando «la revolución». Incluso un tercer grupo evita posicionamientos públicos con visible incomodidad.

¿Se puede dirimir quién está en lo correcto? Desde el campo de la ciencia política existen distintos índices para medir el nivel de democratización de los países, como el V-Dem, Freedom House o el del conocido semanario The Economist. Atendiendo a estos, no cabe ninguna duda: Cuba es un régimen autoritario, que en ningún caso puede ubicarse dentro de las categorías reservadas a países democráticos. Por supuesto, estos índices no están exentos de críticas. Más allá de las que hagan referencia a intereses espúreos en promover la idea de que el Gobierno cubano es dictatorial, es cierto que estos índices toman como estándares las características propias de las democracias liberales representativas, haciendo puntuar mejor aquellos países que encajen en este molde. Por lo tanto, se podría argumentar que la democracia también puede desarrollarse en otras concepciones más allá de esta. De lo contrario, casi pudiera parecer que estamos aceptando el fin de la historia anunciado por Fukuyama, con un régimen político «definitivo» y deseable para todas las sociedades humanas para siempre jamás.

¿Es posible definir un modelo universalmente aceptable como democrático? ¿Podemos evitar caer en relativismos donde el término democracia se pueda aplicar a modelos tan distintos que hagan aún más complicado determinar qué significa esta idea? Es bien conocido que a lo largo de la historia se han generado varias propuestas de democracia, con notables diferencias entre ellas. Sin embargo, en el marco de las ciencias sociales modernas y en el contexto de la democracia liberal, una de las propuestas más influyentes para todo el debate académico posterior fue la del politólogo estadounidense Robert A. Dahl, quien creó el concepto de la «poliarquía» en 1971.

Dahl argumenta que el régimen político deseable es aquel que es receptivo a las preferencias de sus ciudadanos a lo largo del tiempo (no solo de forma puntual). Así, la ciudadanía debe tener oportunidades de formular sus preferencias ante el gobierno y el resto de sus conciudadanos sin impedimentos —de forma individual y colectiva—, así como que el gobierno considere estas preferencias con el mismo peso que cualquier otra, sin discriminarlas a razón de su contenido o de quien las formule.

Para Dahl estas consideraciones son las mínimas necesarias en una democracia, si bien no suficientes. Todo ello se concreta en 8 requisitos: libertad de expresión y asociación, sufragio activo y pasivo, derecho de los líderes políticos para competir por apoyo (y votos), fuentes de información alternativas, elecciones libres y justas e instituciones que hagan que las políticas del gobierno dependan de los votos y otras expresiones de las preferencias ciudadanas.

A partir de aquí, Dahl esboza dos ejes que servirán para teorizar 4 tipos ideales de regímenes políticos. El primer eje llamado «inclusividad» hace referencia a la participación, esto es, el mayor o menor derecho a participar en elecciones y cargos públicos. El segundo eje se denomina «liberalización», y hace referencia al nivel tolerado de contestación pública. De este modo existirían los siguientes regímenes: «hegemonías cerradas» (baja participación y baja liberalización), las hegemonías inclusivas (alta participación pero baja polarización), las oligarquías competitivas (alta liberalización pero baja participación) y las poliarquías (alta liberalización y alta participación).

La propuesta de Dahl tiene una remarcable virtud: evita algunas de las críticas habituales en esta discusión a la misma noción de democracia. Siempre se podrán hacer objeciones a que un régimen sea plenamente democrático, pues está claro que estos indicadores diseñados por Dahl (o otros en los que se quisiera pensar) muy difícilmente se cumplirán en su totalidad en todos los casos. Por ejemplo, en un país puede existir libertad de expresión a grandes rasgos, pero puede haber casos en que no se cumpla del todo, como podría ser ante ciertas instituciones del Estado, ante la protección de ciertas minorías, etc. También pueden existir medios de información alternativos, pero quizás la concentración de capital hace que estos medios tiendan a sobrerrepresentar ciertas ideas o posicionamientos, mientras que los medios que defienden otras posiciones son mucho más minoritarios y con un impacto muy reducido.

Ante estas razonables críticas sobre la democracia de regímenes catalogados como tal, la noción de «poliarquía» nos puede servir como la forma de denominar a estos países que se aproximan a la idea de democracia, pero que nunca llegan a alcanzarla del todo. Bajo esta premisa incluso los países más inclusivos y participativos no están exentos de problemas e imperfecciones que impiden la existencia de una auténtica democracia allí. De este modo, ningún país sería en realidad una democracia, puesto que a fin de cuentas esta noción sería una utopía teórica. Se abandonaría pues la idea de un gobierno «del pueblo», para abrazar la más realista concepción de un gobierno de «pluralidad de grupos».

En 1989 Dahl clarificó mejor su idea de la democracia en su obra La Democracia y sus críticos. En esta obra se mantienen las principales nociones ya comentadas aquí. Ningún país puede ser realmente considerado una democracia, pues esta noción es solo un tipo ideal. Sin embargo, hay una serie de criterios que aproximan un régimen político a ella. Se trata de la participación efectiva de la ciudadanía (expresando sus preferencias y pudiendo influir en la agenda política), la igualdad de su voto en la etapa decisiva del proceso de toma de decisiones, tener capacidad para dirimir qué elección política sirve mejor sus intereses, el control de la agenda y la inclusividad en el proceso político. De este modo, las poliarquías tendrían las características ya mencionadas anteriormente, si bien con algún matiz respecto a la propuesta original.

No cabe duda de que la propuesta de Dahl parece tener una visión de la democracia lejos del idealismo de muchos de sus promotores históricos, sobre todo desde fuera de la academia. Es una visión claramente en un marco liberal, que además asume que inevitablemente la gestión del poder se producirá en el marco de una pluralidad de élites. El papel de la ciudadanía aquí se reduce más bien a la capacidad de expresar sus demandas sin cortapisas, disfrutando de unos derechos políticos fundamentales y consiguiendo que en cierto modo estas demandas o preferencias puedan ser consideradas por parte de dichas élites. No es de extrañar que si la democracia «se reduce» solo a esto, en las décadas posteriores aparecieran cuantiosas críticas a la democracia liberal, especialmente en referencia a todos los fenómenos populistas. Al fin y al cabo, ¿es la descripción de Dahl lo mejor a lo que se puede aspirar en cuanto a la participación de una sociedad en la política? Nótese también que en el planteamiento de Dahl no se incorporan (al menos no de forma directa) características que hagan referencia a niveles de bienestar o derechos sociales. Si bien se puede argumentar que en una poliarquía es más probable que se pueda promover eficazmente su búsqueda, también pueden existir regímenes políticos en esta categoría que lo pasen por alto. 

Hay otra segunda lección que se puede extraer del pionero trabajo de Dahl y que de hecho la academia ya tiene más que asumida en el último medio siglo. Es un error caer en una discusión terminológica sobre la democracia. Lo que importa de verdad es ver qué características la definen, y en gran medida eso se traduce en qué derechos y libertades exactamente. De este modo, considerar un régimen como «democrático o no» es falaz, pues acaba convirtiendo una compleja cuestión en algo binario. Sea en base a 4 categorías ideales como propuso Dahl, sea con cualesquiera otras que se pueda pensar o sea con algún tipo de escala, parece mucho más preciso y riguroso medir la democracia como algo gradual y con una amplia escala de grises. 

Así pues, en el caso de Cuba o para cualquier otro país, las preguntas que nos debemos hacer deberían girar en torno a si tal régimen respeta y garantiza los derechos y libertades que nos parecen deseables y definitorios de una democracia, más allá de las etiquetas. Y por supuesto, con un detalle no menor: lo coherente sería que nuestra lista de derechos y libertades deseables no cambiase en función de la simpatía o antipatía que nos genere el caso estudiado, o por el éxito que el régimen político pueda tener proporcionando elementos que nos parecen deseables. En otras palabras, podemos valorar positivamente que un régimen proporcione, por ejemplo, empleo y seguridad a su población. ¿Pero es esto —o únicamente esto— lo que define a un régimen democrático? Si la respuesta es que no, deberemos continuar buscando.

Fuente imagen: Katie Moum

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