Reseña: “Desmontando el feminismo hegemónico” de Irune Ariño (coord.)

En muy pocos años la situación legal y social de las mujeres ha adquirido una importancia capital en las agendas políticas y en el debate público. Las perspectivas en lid, sin embargo, puede que no hayan sido especialmente diversas. Simplificando diríamos que en España la voz más visible ha sido la de cierta izquierda contemporánea, por vago que sea este término. En un tono muy crítico y para ofrecer una visión alternativa se publica el monográfico “Desmontando el feminismo hegemónico” (ed. Unión Editorial, 2021) un libro coral coordinado por Irune Ariño en que diversos autores se citan para abordar de forma breve pero razonablemente exhaustiva gran parte de las cuestiones más habituales del feminismo mainstream. Apuntemos algunas ideas por las que consideramos recomendable su lectura.

Terminado el prólogo que firma María Blanco, la propia Ariño dedica el primer capítulo no introductorio a consensuar una serie de definiciones e iniciarnos en la terminología empleada en el pensamiento feminista para, a continuación, recorrer aceleradamente la historia del movimiento y proponer una taxonomía que, discutible y artificial como todas, nos pone en contacto con las ramas principales y encontradas del feminismo: feminismo liberal frente al feminismo radical, feminismo de la igualdad frente a feminismo de la diferencia, y finalmente el feminismo socialista.

Recoge el testigo Francisco Capella para adentrarse en una exposición de tipo biológico sobre “La ciencia de las diferencias sexuales”. La tesis que viene a sostener es que el “dimorfismo sexual entre hombres y mujeres no existe solamente en los rasgos anatómicos sino que se da también en el cerebro, en la mente y en la conducta» (p.66). Y, si lo hemos entendido bien, tales diferencias vendrían a explicarse en gran medida por las existentes en el plano reproductivo: dado que los comportamientos efectivos para perpetuar los propios genes en hombres y mujeres han sido distintos a lo largo de los milenios, la evolución ha codificado una serie de conductas, inclinaciones y capacidades que, en términos estadísticos[1], también son diferentes. De allí que se afirme que «El patriarcado es un fenómeno cultural pero con raíces biológicas y psicológicas profundas, tanto en los hombres como en las mujeres, que lo hacen universal […] El patriarcado puede manifestarse en leyes, costumbres y valores sociales que se mantienen y transmiten por inercia e imitación, pero también tiene causas relacionadas con la selección sexual (p. 95)”.

No podemos juzgar la precisión de sus afirmaciones pero atestiguamos que están expuestas de manera ponderada y con claridad, sin que se requieran conocimientos técnicos avanzados para seguir el hilo argumental. Tal vez podría haber sido útil complementar brevemente la explicación ofrecida con la visión de aquellos que la niegan y las razones que ofrecen para ello, profundizando además en el papel que puede tener la cultura a la hora de acentuar las desigualdades entre los sexos ya indicadas.

Si el tema anterior no era suficientemente sensible y polémico, en el quinto capítulo Santiago Calvo se enfrenta al debate relativo a la brecha salarial y al techo de cristal para sostener que las diferencias estadísticas observables entre hombres y mujeres en materia de sueldos y puestos no responden necesariamente a una situación discriminatoria.

En cuanto a la primera cuestión Calvo resume que tales diferencias «tiende a explicarse en un alto grado por las características individuales de los trabajadores: por el mismo trabajo, en las mismas condiciones, y con la misma productividad, hombres y mujeres cobran prácticamente lo mismo (p. 112)”. Es decir, que la diferencia estadística que se observa responde en gran parte a no desagregar los datos de manera que si se tuvieran en cuenta factores que por lo general aceptamos como justificaciones válidas de una diferencia salarial -formación, tiempo de trabajo, riqueza generada etc.- entonces la supuesta discriminación por género prácticamente desaparece. Ahora bien, en ese caso la pregunta que surge es ¿por qué las mujeres están supra representados en los grupos que trabajan a tiempo parcial o en trabajos peor remunerados, por ejemplo? ¿Acaso no podría el mercado laboral estar recogiendo (y reproduciendo) una discriminación pre existente, por ejemplo, en las familias y en la sociedad? Calvo apunta que «en muchos casos [las diferencias estadísticas] se debe[n] a elecciones libres de cada pareja que en parte pueden verse influida por la estructura patriarcal de la sociedad (p.113)”. En este sentido es especialmente interesante el estudio noruego de Nix y Andresen (2019) que Calvo trae a colación: con una muestra de 600 parejas lesbianas y un buen grupo de control se observó que “En las parejas homosexuales la madre biológica experimenta una reducción de su salario de un 13%, mientras que en las heterosexuales el impacto es mayor, de un 20%. Además, en el primer caso la brecha se cierra a los cinco años, mientras que en el último esta diferencia se perpetúa en el tiempo. Por último, la pareja en las relaciones homosexuales sí sufre un efecto negativo en sus ingresos de cerca del 5%, a diferencia de lo que le ocurre a los hombres en las parejas heterosexuales. […] Es decir, hay un componente cultural en la división de las tareas, ya que el impacto negativo es compartido cuando la pareja está compuesta por dos mujeres (p.122-123)”. Podemos entonces decir que el autor adopta una postura mixta sobre la explicación última de estas diferencias, a saber, que «La desigualdad en el reparto de las tareas domésticas y de cuidados es en parte herencia de una estructura social pasada con menos libertad de la mujer […] También son el resultado de elecciones libres de hombres y mujeres acerca de cómo distribuir sus responsabilidades en el seno de las familias con hijos. (p.124)». Así parecería confirmarlo la conocida paradoja escandinava de la igualdad consistente en que “en los países más desarrollados en los que se aplican políticas igualitarias, como las socialdemocracias escandinavas, los mercados de trabajo presentan grandes diferencias por profesiones en la proporción relativa de hombres y mujeres” (p.128).

La parte de este recomendable capítulo que más dudas nos genera es la breve incursión en la cuestión de la remuneración pública de los cuidados familiares, una reivindicación habitual en algunos sectores del feminismo. Afirma Calvo que “Sería muy injusto pedir a otras personas que pagasen por esas actividades mediante impuestos, ya que no reciben ningún tipo de servicio a cambio, además de que generaría incentivos perversos (p.125)”. En cuanto al juicio normativo se asume una visión sobre la justicia tributaria que debería desarrollarse con más cuidado pues la asunción de que determinado impuesto solo es justo si cada contribuyente recibe algo análogo a cambio no es una tesis para nada evidente. Para los que creen en el deber de redistribuir la riqueza o en los deberes positivos de asistencia hacia terceros, un ciudadano puede estar obligado a pagar determinado impuesto -y el Estado legitimado a recaudarlo- incluso cuando ello no le vaya a reportar ningún beneficio al pagador. Si habitualmente se reclama que “los ricos paguen más” no es porque se asuma que estos se benefician más de los bienes y servicios que sus impuestos generan, más bien al contrario. Naturalmente habrá quien argumentará que esa imposición –por mucho que se reclame o que goce de mayorías en su favor- sería ilícita por coactiva y/o que no existen deberes positivos para con terceros -como parece que acepta el autor unas líneas más tarde[2]-, pero entonces entendemos que tal medida debería reputarse ilegítima con independencia de si el contribuyente recibiera algo a cambio. En fin, sin entrar a valorar ahora la moralidad de esta medida –ni en general sobre qué teoría de justicia tributaria es más aceptable- difícilmente puede despacharse tan rápidamente la cuestión de la remuneración pública de los cuidados.

Similarmente, y en cuanto al juicio empírico sobre el impacto social negativo de esta medida consideramos que también se corre demasiado: sin duda Calvo ofrece una predicción razonable y podría acabar siendo cierto que la remuneración pública del trabajo de cuidados y doméstico fuera en detrimento de la realización de otras labores en el mercado privado socialmente muy necesarias. Pero ello nos dice poco sobre su deseabilidad efectiva si no se tienen en cuenta las medidas que podrían adoptarse para paliar ese posible defecto ni se incluye en la ecuación los efectos sociales beneficiosos sobre los que también cabe especular: un aumento en la calidad educativa de los menores en familias más humildes, un aumento de la natalidad en sociedades demográficamente empobrecidas, etc. La “colectivización de los cuidados” puede muy bien ser una medida ineficaz -quien sabe-, pero lo cierto es que se llega a esa conclusión con  menos rigor del que se ha esmerado para hablar de las cuestiones precedentes.

En cuanto al techo de cristal la literatura empírica que el autor repasa de manera concisa arroja conclusiones similares a las ya expuesta y permiten al autor afirmar que, si se controlan las variables adecuadas, el sexo de una persona no es especialmente predictivo para determinar su futuro profesional, concluyéndose entonces con cita a Maria Blanco que “lo que realmente sucede es que los hombres, debido a las desigualdades existentes en tiempos pasados,“han tomado la delantera en los años de práctica” (Blanco, 2017, p. 49).” (p. 140).

Ariño retoma de nuevo la palabra en el sexto apartado para hablar de gestación subrogada y prostitución, consiguiendo en apenas cincuenta páginas introducir al lector en el detalle de estas dos controversias. La mercantilización del cuerpo, la cosificación y explotación de las mujeres, la falta de libertad de las mujeres implicadas, el daño psicológico sufrido y la relación con el patriarcado son todas cuestiones que se discuten de manera breve pero seria.

A destacar como especialmente positivo que se complementen las argumentaciones en el plano normativo con el estudio material de la situación de gestantes y prostitutas, repasando al efecto lo que la literatura empírica tiene que decir al respecto. ¿Que se afirma que sólo acudirían a ofrecer sus servicios de gestantes las mujeres más económicamente desesperadas? Se indican aquellos estudios que lo desmienten. ¿Que se afirma que la mejor manera para acabar con la trata de personas que envuelve la prostitución es el prohibicionismo? Se indican aquellos estudios que lo desmienten.

De entre las diversas refutaciones que se ofrecen queremos detenernos algo más en la relativa a la importancia de las condiciones materiales de la ofertante de servicios sexuales o reproductivos. Siendo esta la objeción más habitual, consideramos que el abordaje realizado es algo escueto. A juicio de la autora hablar de decisiones no-libres por encontrarse uno en situación de necesidad económica no es filosóficamente válido. De acuerdo con Ariño se trataría de “un argumento tramposo, pues si las condiciones materiales “condicionan” a todas aquellas personas que se encuentran en una situación de “vulnerabilidad”, [entonces ello] invalida la participación de cualquier persona en cualquier transacción en la que esa vulnerabilidad sirva para explicar por qué se inició la transacción. Con base en ese argumento cualquier situación de necesidad económica debe invalidar la firma que se realice de un contrato de empleo, y es obvio que eso no tiene sentido. Si esa condición de necesidad invalida una decisión, las invalida todas o, como es lógico, ninguna (p.186)”. ¿Es así realmente? Podría objetarse que no todas las decisiones son moralmente iguales por lo que la dicotomía anterior sería imprecisa. Por ejemplo, las condiciones epistemológicas y cognitivas que deben estar presentar a la hora de rechazar un tratamiento vital en un hospital son distintas de las que deben estar presentes para rechazar una copa en un bar. Similarmente, cabría argumentar que las condiciones materiales que deben estar presentes a la hora de comprometerse válidamente a realizar un servicio potencialmente muy lesivo para uno mismo no son las mismas que deben estar presentes a la hora comprometerse válidamente para realizar un servicio de oficinista. Antes de dar por muerta la crítica de –digamos- “la falta de libertad real” sería deseable explorar opciones como estas.

Cerramos estas líneas repasando brevemente el capítulo sobre violencia de género a cargo de Cuca Casado. La autora nos dice que las diferencias entre hombres y mujeres en lo que a violencia se refiere residen en “el modo de agredir, la intensidad y resultados lo que marca las diferencias (Iglesias, 2018a), pero las motivaciones, causas y factores son muy parecidos (p.202)”, indicando, entre otros, los de tipo genético, el alcoholismo, los abusos en la infancia, las enfermedades mentales o la pobreza (p.205). Descartado el machismo como la única causa de la violencia que sufren las mujeres a manos de su pareja o expareja y/o de la que se da en el hogar entre los miembros de la familia, y apuntando acertadamente lo ambiguo del concepto “género” en este tipo de polémicas, se echa en falta, no obstante, que no se explore con más detalla qué papel pueda tener esta variable en todo ello.

Sobre la situación en España Casado indica que “tiene una de las tasas anuales más bajas de homicidios de mujeres en toda Europa (0,5 por cada 100.000 mujeres) (p.209)” y concluye que la violencia “es simétrica pero el daño es asimétrico; es decir, es bidireccional, se da de forma semejante hacia hombres y mujeres, pero el tipo de consecuencias sobre todo cuando se habla de muertes, es dispar. Tanto si se habla de violencia psicológica como física, los estudios concluyen que tanto hombres como mujeres son perpetradores y víctimas de forma semejante (PASK, 2010) (p.207)”. Los hombres -se añade- son los que más matan -89% de los homicidios- y también los que más mueren -61% de las víctimas. Especialmente interesante los apuntes de Casado sobre las dificultades metodológicas de conocer a fondo esta cuestión y la pobreza de datos con la que se cuenta en relación a toda la violencia intrafamiliar.

La crítica de Casado en el plano jurídico explora las asimetrías penales que la legislación al respecto ha creado, la dudosa justificación que en su momento ofreció el Tribunal Constitucional, la excepcionalidad de los Juzgados de Violencia sobre la Mujer y la erosión en el derecho a la presunción de inocencia que, a su juicio, se habría generado en los últimos años. A la cuestión de las denuncias falsas la autora le dedica un apartado detallado en que expone las razones por las que cabe dudar de la representatividad de las cifras oficiales al respecto y se concluye reflexionando brevemente sobre los incentivos peligrosos que genera la actual legislación (sin que por lo expuesto pueda concluirse realmente cuál es su efecto real). Creemos que varias de estas ideas podrían ser discutidas y creemos que varios matices serían convenientes, pero ello no obsta para que en muy pocas páginas Casado consiga ofrecer al lector un solvente resumen de la cuestión.

Como vemos se trata de un libro de parte. Con todo, ofrece una introducción recomendable a los debates feministas más candentes. Escrito de forma llana, es fácil de seguir, con una vocación divulgativa evidente que consigue conjugar con el rigor argumental. Claramente polémico puede no convencer, puede incluso molestar, pero constituye un aporte positivo al debate público y enriquecerá a cualquiera interesado en la cuestión.  


[1] Aclara en este sentido Capella (2021:101) que si bien “algunos rasgos son binarios, como los genitales en sujetos normales (pene y testículos o clítoris y vagina), las diferencias sexuales son por lo general estadísticas y relativas, de probabilidad y tendencia

[2]Estas propuestas pueden parecer justas y equitativas, pero exigirlo por imperativo legal es tan inmoral como ineficiente. Inmoral porque atenta contra la libertad individual e ineficiente porque no suele conseguir su propósito (p.125)”.

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