Reseña: «En las ruinas del neoliberalismo» de Wendy Brown

Una de las pocas certezas de la política contemporánea se identifica en el arribo al poder de fuerzas nacional-populistas de derecha en las democracias occidentales. Los casos son conocidos: el ex gobierno de Trump en EE. UU.; la administración de Johnson en Inglaterra; partidos neonazis en el Parlamento alemán; el régimen de Orban en Hungría; Bolsonaro en Brasil; el ascenso de VOX en España; la Liga Norte en Italia y la lista podría seguir. Los sentimientos cristianos, nacionalistas, racistas, xenófobos, homofóbicos e islamofóbicos han adquirido carta de ciudadanía en los discursos de derecha y, sobre todo, pasaron a gozar de una legitimidad política considerable. En paralelo, este proceso ha ido de la mano de una fuerte desregulación de la economía, el socavamiento de la justicia social, la precarización del empleo y un debilitamiento generalizado de lo público. Así pues, en los últimos años la política occidental ha sido testigo de un singular matrimonio entre conservadurismo moral y neoliberalismo económico. Pero, ¿cómo se formó este matrimonio? ¿Cuáles son sus causas, presupuestos y desenlaces? Sobre estos problemas se ocupa el último libro de Wendy Brown,[1] filósofa política y profesora de la Universidad de Berkeley en California.

El texto de Brown se enfoca especialmente en la vertiente moral del neoliberalismo y su relación con la política antidemocrática. La tesis central que desarrolla a lo largo de las páginas es la de que:

La racionalidad neoliberal preparó el terreno para la movilización y la legitimación de fuerzas antidemocráticas feroces en la segunda década del siglo xxi. El argumento no es que el neoliberalismo por sí mismo causó la insurgencia de la derecha dura en el Occidente contemporáneo […] Mas bien, el argumento es que nada queda intacto por un modo neoliberal de la razón y la valoración y que el ataque neoliberal a la democracia en todas partes ha modulado la ley, la cultura política y la subjetividad política (pp. 23-24).[2]

Ahora bien, Brown —con la suficiente cautela analítica— precisa que los teóricos neoliberales originarios como Friedrich Hayek, Milton Friedman o la escuela ordoliberal alemana[3] no previeron ni imaginaron los elementos autoritarios y plutócratas que caracterizan a los populismos de derecha de la actualidad (hasta probablemente los hubiesen reprobado). De ahí que la autora sostenga que el presente neoliberal «no fue una deriva intencional del neoliberalismo, sino su creación frankensteiniana» (p. 26).

Para dar cuenta de la unión entre neoliberalismo y conservadurismo, Brown presenta un extenso estudio de la obra de uno de los padres del neoliberalismo: Friedrich Hayek.[4] Si bien en esta reseña no podría explicarse en detalle su pensamiento porque excedería sus límites razonables, sí es posible señalar las hipótesis centrales que lo sustentan.

En primer lugar, Hayek criticó sistemáticamente las ideas de sociedad, la justicia social, la socialdemocracia y el rol del Estado. Estas ideas son para Hayek falsas, peligrosas y vacías: pretenden modelar la acción humana y el orden social sobre la base de nociones intencionales, colectivas y planificadas del bien. Esta organización daría lugar al poder coercitivo y extralimitado del Estado. Por el contrario, el interés de Hayek estriba en fortalecer los mercados y la moral, ya que en su opinión ambos son espontáneos, abiertos, naturales y evolucionan con el paso del tiempo. Los mercados y la moral no son producto de un diseño deliberado: «perduran y son válidos porque surgen espontáneamente, evolucionan y se adaptan orgánicamente, vinculan a los seres humanos independientemente de las intenciones, y establecen reglas de conducta sin depender de la coerción o el castigo estatal» (p. 49). En suma, tanto los mercados como la moral no tienen un diseño prefijado como las nociones de sociedad, Estado, burocracia o justicia social, sino que son tradiciones que generan un «sistema de valor heredado».

Así pues, para Hayek resulta arrogante la creencia de que la sociedad o el Estado esté en condiciones de racionalizar las conductas humanas o redistribuir la riqueza mediante un plan. Siendo así, el Estado pondría en riesgo la espontaneidad, la creatividad e innovación de las personas. En el pensamiento de Hayek la sociedad no existe —o si existe debe ser desmantelada— sino solo «individuos y familias regidos por los mercados y la moral» (p. 57). De hecho, esta idea era repetida por una de las principales políticas que adoptó fielmente el programa neoliberal: Margaret Thatcher. La Dama de Hierro gustaba declarar que «no hay tal cosa como la sociedad. Sólo hay hombres y mujeres y hay familias».[5] En definitiva, en nombre de la libertad, los mercados y las normas morales tradicionales Hayek le asestó una fuerte crítica a la sociedad, la justicia social y la intervención del Estado en la economía.

Pero el ataque neoliberal de Hayek y otros autores no se limitó a desarticular la sociedad. También lo hicieron con la política, entendida como centro de poder del cual emanan las decisiones colectivas y la deliberación popular. En efecto, Brown sostiene que Hayek, Friedman y la escuela ordoliberal alemana coincidían en que los mercados estaban «amenazados por los intereses y los poderes coercitivos, rebeldes y arbitrarios albergados en lo político» (p. 78). Los defensores del neoliberalismo buscaban reducir y subordinar a los poderes políticos —sindicatos, partidos políticos, movimiento obrero, parlamentos, funcionarios— a las coordenadas económicas de los mercados. Además, creían que el fenómeno de la política daría lugar a un Estado burocrático y autoritario que, en sus formas extremas, podrían dejar paso al despotismo o al totalitarismo. Sin embargo, es importante precisar que los autores neoliberales no querían un Estado débil. Muy por el contrario: lo que querían era un Estado que asegurase el pleno funcionamiento de la economía de mercado. En el caso de que la fuerza resultase necesaria, la experiencia histórica demuestra que no se dudó en apelar a ella: allí está la dictadura de Augusto Pinochet en Chile, la cual concretó por medio de la coerción militar las ideas neoliberales de la Escuela de Chicago.

Hayek argumentaba que la política constituía el mayor riesgo para la libertad individual. Concretamente, pensaba que la soberanía popular era una noción a desterrar del léxico político, dado que permitía un gobierno sin límites y proveía de supremacía a lo que debe ser controlado y limitado, es decir, el poder político. Asimismo, insistía que la idea de soberanía implicaba la idea de un plan deliberado de voluntad para tomar decisiones. Para Hayek «la capacidad creativa y el poder creador siempre emergen desde abajo y orgánicamente, espontáneamente y auténticamente» (p. 88). La democracia, el parlamento, el Estado y la soberanía popular generaban un exceso de política que, en su opinión, perturbaba la libertad individual y el libre desarrollo de los mercados y la moral. El ejercicio del poder, según Hayek, solo debía basarse en principios morales «comúnmente sostenidos» (p. 93).

Luego de este recorrido sintético por los principales postulados de los autores neoliberales, es momento de interpretar el actual matrimonio entre mercado y moral, conservadurismo y economía de mercado, valores cristianos y propiedad privada que caracteriza a los populismos de derecha contemporáneos. ¿En qué estado llega el proyecto neoliberal a nuestros días, especialmente en EE. UU., objeto de análisis prioritario en el libro de Brown?

La campaña electoral mediante la cual Trump llegó a la presidencia y, después, su gobierno, llevó delante de manera inequívoca esta conjunción entre libertad económica y familia, patriotismo y religión. El expresidente siempre se pronunció en contra del aborto, del matrimonio igualitario, de la identidad de género y ensalzó el poder de la familia y de las iglesias en la vida pública. De hecho, es conocido que una gran porción de sus votantes y seguidores fueron grupos cristianos.[6] Según Brown, con Trump se sitúa la «moralidad tradicional —que asegura y emana de la familia— al interior de la razón neoliberal» (p. 117). Si bien algunos analistas lo califican de proteccionista, Trump impulsó políticas netamente neoliberales —por ejemplo, decidió grandes recortes del gasto público en educación— y el fondo de su programa se caracterizó por la desregulación económica.[7] Asimismo, rebajó los impuestos de manera drástica a los multimillonarios y grandes corporaciones estadounidenses y, en especial, utilizó el gobierno para favorecer a empresarios amigos e hizo negocios para su usufructo personal.

En el contexto estadounidense la mezcla de moral y neoliberalismo puede visualizarse en múltiples situaciones: decisiones de la Corte Suprema que garantizaron la libre empresa y los valores cristianos[8]; financiamiento de organizaciones religiosas; ataque a la salud pública y al seguro de salud universal («obamacare») establecido por Barack Obama; el sistema de bonos escolares, que permite a los padres escoger las escuelas privadas a las cuales mandar a los hijos según los valores religiosos que ellas practiquen; la continua embestida a las leyes de igualdad y antidiscriminación —como el trabajo realizado por la Alliance Defending Freedom, brazo del evangelismo en el país—; el hostigamiento contra organizaciones LGTBQ y el enardecimiento de la cuestión racial. A través de estas estrategias, dice Brown, los «ejes de la religión y la familia —jerarquía, exclusión, homogeneidad, fe, lealtad y autoridad— adquieren legitimidad como valores públicos y forman la cultura pública al unirse a los mercados para desplazar a la democracia» (p. 138).

Pero quizás el rasgo más característico y la consecuencia nefasta del matrimonio entre conservadurismo y neoliberalismo sean las elevadas cuotas de nihilismo, resentimiento y rencor que ha generado al interior de la sociedad. Brown sostiene que las derechas actuales han resurgido con especial intensidad porque son producto, entre otras razones, del desplazamiento del sujeto blanco, masculino, propietario y religioso, quien antes era el centro de la sociedad. El nuevo populismo de derecha se alimenta de un

pasado mítico en el cual las familias eran felices, completas, heterosexuales, cuando las mujeres y las minorías raciales se ubicaban en su lugar, cuando los barrios eran ordenados, seguros y homogéneos, cuando la heroína era un problema de los negros y el terrorismo no estaba dentro de la patria, y cuando un cristianismo y una blanquitud hegemónicos constituían la identidad manifiesta, el poder y el orgullo de la nación y de Occidente (p. 21).

En tal sentido, la pérdida de los privilegios del sujeto blanco dio paso a grandes dosis de rabia, ira y resentimiento. Generalmente, esta herida es atribuida a los inmigrantes (la derecha aduce que roban trabajo a los nacionales), a las minorías, al movimiento feminista o a grupos laicos y cosmopolitas. Evidentemente, Trump es el prototipo de la encarnación del sujeto blanco, heterosexual, cristiano y propietario. Por eso sus votantes lo admiran: un empresario millonario, exitoso con las mujeres y outsider de la política que maneja un lenguaje grotesco por las redes sociales y descree de las formalidades e instituciones democráticas. En opinión de Brown, a Trump no lo eligieron por su competencia o experiencia política ni por su decoro moral, sino por el vacío que dejó la herida de la masculinidad blanca y religiosa.

Pero la paradoja de este proceso es que la desigualdad y las jerarquías de clase propagadas por el neoliberalismo continúan, aunque los seguidores de Trump y de otros populismos de derecha no lo adviertan: el empeoramiento de la vida de buena parte de los ciudadanos estadounidenses (y europeos) debe explicarse, principalmente, por la desindustrialización masiva y la financiarización de la economía, la crisis de 2008 —que dejó a miles de trabajadores sin empleo y sin vivienda—, la precarización del empleo, el declive del estado de bienestar, el debilitamiento de los sindicatos y el recorte extendido de prestaciones y derechos sociales.

En conclusión, En las ruinas del neoliberalismo disecciona con precisión el devenir actual del neoliberalismo dando cuenta de sus cimientos morales. La masculinidad blanca destronada, el conservadurismo basado en la patria y la religión y las políticas económicas neoliberales constituyen el caldo de cultivo de las derechas actuales y explican su escasa inclinación por los valores democráticos. El resentimiento incubado al interior de la sociedad es sumamente peligroso para la democracia, pues socava la igualdad, la libertad, el laicismo, la solidaridad, el respeto por las minorías y por los derechos humanos.


[1] Entre los libros más importantes de Brown cabe destacar Estados del agravio. Poder y libertad en la modernidad tardía; La política fuera de la historia; Estados amurallados, soberanía en declive y El pueblo sin atributos. La secreta revolución del neoliberalismo.

[2] En adelante, las citas del libro de Brown se insertan con el número de página, haciendo referencia directa a él.

[3] El ordoliberalismo fue una escuela surgida en Friburgo (Alemania) en la década de los 30 y 40 que agrupó a economistas como Walter Eucken, Franz Bohm, William Ropke y Ludwig Erhard. Esta escuela tenía interés en potenciar un Estado tecnocrático, experto y competente dirigido a asegurar una economía liberalizada y competitiva. Según Brown, la «idea de una constitución económica es la contribución única ordoliberal a la teoría neoliberal de la relación Estado-economía» (p. 95). Para los autores ordoliberales, una constitución económica significa que el Estado se comprometa con un plan de acción técnico —manejado por expertos— destinado a garantizar la libertad económica. La constitución económica limitaría y dirigiría al Estado.

[4] En particular, véase de Hayek sus libros Derecho, legislación y libertad, La fatal arrogancia: los errores del socialismo y Camino de servidumbre.

[5] BBC.com, 08 de abril de 2013.

[6] DW (2016, noviembre 10). ¿Quién votó por Donald Trump?

[7] Entrevista con Joseph Stiglitz: Trump ha sido un desastre económico. El País. 19 de octubre de 2020.

[8] En particular, véanse las sentencias «Masterpiece Cakeshop contra la Comisión de Derechos Civiles de Colorado» (2017) y «National Institute of Family Life Advocate v. Becerra» (2018).

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