Reseña: «Virus soberano» de Donatella Di Cesare

La pandemia del coronavirus ha alterado radicalmente la existencia humana en el siglo XXI. El virus ha recorrido –aún recorre– todo el mundo e incide sobre la cuestión ecológica, los límites al ejercicio del poder, el estatuto de la democracia y la soberanía, la posición de las organizaciones internacionales, la interrupción abrupta de la economía capitalista, la distancia entre los seres humanos y la utilización de las redes sociales. Nada ni nadie es indemne al coronavirus. La pandemia es el tercer acontecimiento fundamental –en el sentido de haber sacudido con ímpetu las reglas y estructuras del mundo– de este siglo, luego de los atentados del 11-S y la crisis financiera de 2008. Pero, ¿cuáles son las consecuencias políticas y económicas de la pandemia? A responder este interrogante se dedica el libro de Donatella Di Cesare, catedrática de filosofía teorética de la Universidad de La Sapienza y autora de lúcidos ensayos filosóficos.

Di Cesare sostiene que el coronavirus no es un accidente, un contratiempo o un episodio casual de la historia. Antes bien, para la autora es una consecuencia de la dinámica interna del sistema capitalista y tecno-científico que predomina actualmente en el mundo. El mal del virus ya había llegado: “Teníamos que estar ciegos para no ver la catástrofe a nuestras puertas, para no reconocer la maligna velocidad del capitalismo que no sabe, no puede ir más allá y se envuelve en su espiral devastadora, en su vórtice compulsivo y asfixiante” (p. 21). De ahí que el título del libro sea la “asfixia capitalista.” Según Di Cesare, es difícil no ver en la pandemia los efectos de determinadas decisiones político-económicas: el planeta es tratado como un gran almacén de desechos y, con la venia de ciertos gobiernos, individuos y empresas explotan ilimitadamente los recursos naturales. Además, las zoonosis –enfermedades que transmite en los animales a los humanos– son producto de un ecosistema trastocado. Siendo así, existían altas probabilidades de que germine una pandemia. De hecho, en 2017 y en 2019 la OMS alertó que una pandemia era inminente, sólo cuestión de tiempo.

Pero la pandemia ha demostrado, justamente, que el aparato capitalista, los Estados y los seres humanos, lejos de ser soberanos, invulnerables e indestructibles –como se cree– resultaron ser lo contrario. Un pequeño, invisible y desconocido virus ha efectuado un verdadero vuelco a los axiomas y valores del actual sistema. Ni siquiera las fronteras, los muros y la permanente vigilancia estatal han logrado detener el virus. En palabras de la autora, la pandemia “ha expuesto nuestra vulnerabilidad. De repente hemos descubierto que estábamos expuestos. No somos impermeables, resistentes, inmunes” (p. 26). El coronavirus traspasa todo tipo de límites físicos y de control –a pesar de la obsesión de políticos soberanistas de restringir las fronteras a los extranjeros–, escapa a las predicciones de los expertos y las recomendaciones de las organizaciones internacionales.  Literalmente, funciona como un virus soberano.

En muchos Estados europeos –entre los que destaca Francia, Hungría, España e Italia– la respuesta para detener el avance del virus fue, entre otras, la utilización del estado de excepción. Por enésima vez, los gobiernos acudieron a suspender las libertades constitucionales mediante decretos sin pasar por los parlamentos. Si bien hablar de estado de excepción no implica afirmar que los gobernantes sean tiranos ni que un régimen democrático sea la antesala de una dictadura, como en otros períodos de la historia se ha echado mano a un modelo eminentemente securitario para frenar a la pandemia, cerrar la comunidad y prohibir la entrada y expulsar a los inmigrantes. Por ejemplo, el 30 de marzo de 2020 el primer ministro de Hungría Viktor Orbán se otorgó plenos poderes sin límites temporales para supuestamente combatir mejor la epidemia.[1] O piénsese en el ex presidente estadounidense Trump, quien haciendo gala de poderes excepcionales se llamó a sí mismo wartime president (presidente en tiempos de guerra), afirmando que la toma de decisiones será como en tiempos de guerra.[2] Utilizando lenguaje bélico, diariamente repite que el virus es un “virus chino” y que China deberá pagar por ello.

Bajo este orden de ideas, la filósofa italiana argumenta que el modelo predominante en Europa para intentar resolver la pandemia ha sido el de una “democracia inmunitaria” (p. 31-40): la inmunización de los ciudadanos basada en el miedo al otro, el temor al contagio viral y el terror al que está afuera, acompañado de teorías conspirativas sin evidencia empírica. Como escribió Elías Canetti en su célebre obra Masa y poder, “nada teme el hombre más que ser tocado por lo desconocido.” Para salvaguardar la integridad soberana y garantizar la salud pública, esta política de inmunización “se puede resumir en esta fórmula: noli me tangere. Esto es todo lo que los ciudadanos exigen: no me toques” (p. 34). En este sentido, Di Cesare afirma que la democracia inmunitaria, basada en medidas de emergencia, deviene una fobocracia, esto es, un gobierno marcado por la unión entre phobós (miedo) y krátos (poderoso, fuerte). Este tipo de gobierno se asienta “en el dominio del miedo, el poder ejercido a través de la emergencia sistemática, la alarma prolongada. Se propaga el miedo, se transmite ansiedad, se fomenta el odio. La confianza se desvanece, la incertidumbre lleva ventaja” (p. 45). La consecuencia de la democracia inmunitaria sería la apertura a un estado de sospecha colectivo en la que el otro es una potencial amenaza: “No hay evento –epidemias, flujos migratorios, ataques, guerras– que no tenga un culpable, su chivo expiatorio fantasmal” (p. 55).

Las medidas restrictivas de la libertad personal para controlar el coronavirus son conocidas: aislamiento, cuarentena y toques de queda. Sin embargo, la novedad radical que ha traído la pandemia es el control digital absoluto sobre las poblaciones. De los rastreos de contagios por móviles hasta las aplicaciones para hacer autodiagnóstico –pasando por cámaras sanitizantes y radares epidemiológicos–, la pandemia ha extendido la vigilancia tecnológica sin precedentes. Todo el mundo debe ser ubicado, rastreado, monitoreado y, si es necesario, detenido por las autoridades para no afectar la salud pública. La vigilancia digital ha sido especialmente intensa en Asia, sobre todo en China y en Corea del Sur. Por su parte, gobiernos y empresas multinacionales recopilan estos datos para neutralizar el virus. Di Cesare desliza una pregunta fundamental de la que todavía no conocemos respuesta: “¿Cómo podemos estar seguros de que las medidas digitales, ahora quizás imprescindibles, vayan a desaparecer una vez que termine la emergencia?” (p. 72).

Por otro lado, no menos relevante ha sido el papel desempeñado por los expertos. Similar a lo que sucedió en la crisis financiera de 2008 –en la que los tecnócratas y banqueros decidieron el rumbo que tenían que tomar los gobiernos, sobre todo el de los países del sur europeo–, en la pandemia los expertos fueron los dueños del espacio público, los medios de comunicación y apuntalaron las medidas de gobierno a seguir. Se ha tomado su palabra como una sentencia definitiva y las decisiones políticas –que requieren un complejo análisis de otros factores además de los sanitarios– han abdicado en favor de la técnica. Naturalmente, es razonable recurrir a las opiniones de los expertos, pero no otorgarles la última palabra. Cuando esto ocurre, la política se convierte en tecnocracia y los fines (justicia, igualdad, solidaridad) pasan a segundo plano. Solo importan los medios: “El político se convierte en el experto de los expertos, el hipertécnico de la programación, que en el mejor de los casos sabe cómo administrar, sabe cómo elegir los medios de gobierno, pero ya no sabe por qué, ni con qué propósito, ya no sabe cómo elegir el fin” (p. 44). Anuladas las posibilidades de actividad política en el espacio público por temor al contagio, sólo queda la política entendida como mera administración, es decir, como mera gestión de los recursos.

En conclusión, en Virus soberano. La asfixia capitalista puede leerse una incisiva crítica a la gestión estatal de la pandemia, la posición de las grandes corporaciones y las afectaciones en las libertades personales. Donatella Di Cesare nos alerta de los peligros de vivir en una democracia cerrada, inmunitaria, excluyente y, sobre todo, nos insta a reconocer que somos esencialmente vulnerables y que el coronavirus no es una peripecia casual, sino una consecuencia de la lógica capitalista de ganancia ilimitada que está conduciendo al mundo a la autodestrucción.


[1] La Vanguardia: “El corona-golpe de estado de Orbán”, 05 de abril de 2020.

[2] The Guardian: “Trump talks himself up as ‘wartime president’ to lead America through a crisis”, 22 de marzo de 2020.

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