Revisitando la crisis catalana: ¿por qué chocaron los trenes?

Se me pide algo que no quiero hacer ni puedo hacer […]. El derecho a la autodeterminación no existe. Mariano Rajoy, expresidente del Gobierno de España, mayo 2017

Estábamos jugando al póquer e íbamos de farol. Clara Ponsatí, exconsejera del Gobierno de la Generalitat de Cataluña, junio 2018


27 de octubre de 2017, 15:30 h de la tarde. El vaticinado «choque de trenes» entre Cataluña y España estaba siendo televisado en directo. En el Parlament, en Barcelona, la mayoría soberanista proclamaba con más vértigo que convicción la independencia de Cataluña. Unos 600 kilómetros a lo lejos, en Madrid, los desbocados senadores del Partido Popular —con el apoyo del PSOE y Ciudadanos— jaleaban al presidente Mariano Rajoy en su propuesta de intervenir el autogobierno catalán y cesar al Ejecutivo autonómico. Esto son los hechos. Su interpretación, en cambio, es mucho menos sencilla. Su valoración política, de imposible consenso. En el conflicto catalán es incluso complicado ponerse de acuerdo en el significado de ciertos conceptos relativamente básicos como democracia, presos políticos, exilio, legitimidad, autodeterminación y términos parecidos. No es que discrepemos: es que ni nos entendemos cuando hablamos.

Los juicios de valor son, por definición, subjetivos y contestados. Cuestiones como la deseabilidad de la secesión o la ejemplaridad de los distintos protagonistas del conflicto pertenecen a la esfera de la opinión. Sin embargo, sí que creo que podemos encontrar un terreno común por lo que se refiere a la descripción y explicación de los hechos; es decir, qué ocurrió y por qué ocurrió. Con humildad, y más allá de la estricta contribución académica, esto es lo que intento hacer en el artículo que he publicado recientemente sobre la cuestión. La pregunta a la que intento responder es la siguiente: ¿Por qué el conflicto territorial entre los Gobiernos de Cataluña y España escaló hasta estallar en la crisis de octubre de 2017? Muy sucintamente, defiendo que ambos ejecutivos, aun viendo que sus decisiones no estaban arrojando los resultados que esperaban, ya habían invertido demasiado capital político en sus respectivos compromisos iniciales como para echar marcha atrás o cambiar sus planes.

Por un lado, el Gobierno catalán quería forzar a Mariano Rajoy a sentarse en la mesa de negociación y conseguir algún tipo de referéndum o consulta sobre el futuro político de la región. Por otro lado, el objetivo del Gobierno de España era evitar a toda costa que los independentistas siguieran adelante con sus planes, rechazando cualquier diálogo de carácter político sobre el fondo de la cuestión. El período 2012-2017 se puede entender como un proceso de escalada en relación con estos compromisos iniciales: a cada nueva propuesta catalana, Rajoy respondía con una negativa, y a cada negativa de Rajoy, las élites soberanistas redoblaban sus apuestas como método de presión sobre el Ejecutivo central.

La última carta en manos de Puigdemont y sus consejeros fue una declaración de independencia que ellos mismos sabían que no tenía recorrido alguno, pero que se vieron obligados a activar una vez el tren del procés ya iba cuesta abajo y sin frenos. Habiendo tolerado la consulta de 2014 pero reprimido con dureza la de 2017, el Gobierno central se encontraba también en el punto álgido de su inflexibilidad para con Cataluña como para hacer otra cosa que no fuese intervenir el autogobierno de la región. La figura 1 muestra este proceso de escalada de forma gráfica.


Figura 1 – Proceso de escalada del conflicto catalán. Fuente: Ferreira, 2021.

La siguiente pregunta, inevitablemente, es por qué ambos Gobiernos se comportaron del modo en que lo hicieron; esto es, por qué persistieron en sus decisiones iniciales a pesar de que estas no les acercaban a sus objetivos —ni el Gobierno catalán a la independencia, ni el español a frenar a los secesionistas. Las disciplinas de la economía y de la sociología hablan de procesos de escalada o «aumento del compromiso con los cursos de acción elegidos». Estas teorías intentan explicar por qué los que toman las decisiones en una empresa u organización, a pesar de recibir feedbacks negativos de sus elecciones, continúan invirtiendo recursos en los mismos cursos de acción.

A modo de analogía, imagínese que usted es el CEO de una empresa y decide invertir 100 000 € en una nueva unidad operativa que le va a reportar beneficios. El primer informe que recibe es negativo, pero dada la incertidumbre que existe acerca de la obtención del objetivo, decide invertir 100 000 € más, esperando que una inyección de capital extra le vaya a ser de ayuda. Al cabo de un tiempo, recibe un segundo informe también negativo. Si decide cancelar la inversión, va a perder ahora un total de 200 000 €. Además, está convencido de que cuanto más recursos asigne a esta actividad, más probable será que esta empiece a reportarle beneficios, así que vuelve a inyectar 100 000 €. Como puede observar, llegará un momento en que los costes de cancelación serán demasiado elevados como para desescalar, «atrapando» a la empresa en un curso de acción fallido. En política, este esquema se ha aplicado al comportamiento de los Estados Unidos en la guerra de Vietnam: a pesar de recibir informes terribles desde las trincheras, el Gobierno estadounidense había invertido demasiado capital político, militar y financiero en el conflicto como para retirarse.

Salvando las distancias, el conflicto catalán puede entenderse desde una perspectiva similar. Ambos gobiernos escalaron o «aumentaron» sus compromisos iniciales mediante la inversión de ingentes cantidades de capital político en sus respectivos cursos de acción, tornando prácticamente imposible cualquier solución dialogada en las fases más avanzas del procés. Como el ejemplo anterior sugiere, dos elementos son clave en este proceso de aumento del compromiso: las expectativas y las actitudes autojustificadoras. Por un lado, los decisores se mueven por la creencia de que existe una probabilidad marginal de que una inversión extra les acercará un poco más al objetivo. Por otra parte, el elemento autojustificativo impide que los decisores reconozcan que sus elecciones pueden haber sido un error. Sobre esto último, para el Gobierno catalán, las mayorías democráticas que sostenían la celebración de un referéndum justificaban incluso la ruptura de la legalidad. ¿Qué puede hacer un demócrata si no seguir la voluntad del pueblo? Por su parte, Mariano Rajoy ni “quería” ni “podía” negociar fuera de la constitución, el marco de convivencia que, según su perspectiva, cualquier gobernante tiene la obligación de acatar.

Por último, no debemos olvidar que los Gobiernos están formados por partidos políticos, que tienen incentivos electorales a los que deben atenerse si no quieren perder el poder. Sobre este punto, es importante tener en cuenta la presión que recibieron ambos Gobiernos para profundizar en sus cursos de acción, presiones tanto de carácter vertical —de sus votantes y afiliados— como horizontal —de partidos políticos rivales. Sobre las primeras, a modo de ejemplo, un 88,5 % de los votantes del PP opinaban que el Gobierno de España debía impedir el referéndum del 1 de octubre, mientras que un 90,2 % del electorado de Junts pel Sí reclamaba que el Ejecutivo catalán siguiese adelante con sus planes, incluso si esto significaba romper con la legalidad vigente. Ambos Gobiernos, que tenían mandatos democráticos contrapuestos, estaban siendo responsables ante sus bases. En el bando secesionista es también muy relevante el papel desempeñado por las dos principales asociaciones civiles, la ANC y Òmnium Cultural, en este rol de presión (directa) sobre las instituciones.

Por otra parte, hubo también un proceso de «puja» o de competición entre partidos políticos similares para aparecer ante el público como más comprometidos con el objetivo que el rival. En el bando catalán, ERC y CDC competían entre sí para ver quién era más independentista. Además, el Gobierno dependía del apoyo parlamentario de la CUP, que pedía a Puigdemont y a sus consejeros más compromiso desobediente hacia la secesión. En el bando españolista hubo también un proceso similar entre el Gobierno del PP y su socio parlamentario, Ciudadanos, que era un partido creíble frente al nacionalismo catalán y un serio competidor de los populares en las urnas. Junto a los mecanismos basados en las expectativas y las actitudes autojustificadoras, pues, las presiones verticales y horizontales que recibieron ambos Gobiernos fueron también clave en el proceso de escalada del conflicto.

Como conclusión, la crisis catalana nos muestra que el compromiso inflexible con las decisiones iniciales, mediado por la existencia de fuertes incentivos políticos contra la transigencia y el pacto, puede llevar a la escalada de los conflictos territoriales. Dicho esto, este resumen está escrito sin tomar partido, pero para tomar nota. Cuatro años después, la crisis catalana ha mutado en una suerte de conflicto de baja intensidad sin resolución a la vista. No nos pondremos de acuerdo en las soluciones, pero una diagnosis compartida de lo ocurrido —y, especialmente, de los límites de las distintas estrategias de secesión y contrasecesión— puede ser un primer paso para desenredar el embrollo.


Este artículo es un resumen divulgativo de un artículo científico publicado en la revista Regional and Federal Studies por el mismo autor

Imagen: Dmitrii Vaccinium, https://unsplash.com/photos/Q47eNv_UvfM

Del mismo autor

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Artículos relacionados

Últimos Artículos

Extrema derecha 2.0: Charla con Steven Forti

Conversamos con el historiador Steven Forti sobre su último libro "Extrema derecha 2.0" (ed. Siglo XXI, 2021). ¿Ha vuelto el fascismo? ¿Está en peligro la democracia? ¿Existen recetas eficaces para protegerla?

Reseña de «Dominar», de Pierre Dardot y Christian Laval

¿Qué es la soberanía? ¿Cómo surgió y cuál fue su evolución? ¿De qué manera se ejerce en la globalización neoliberal actual? Este libro responde estas preguntas.

Por qué FIFA es una máquina tragaperras

FIFA es uno de los videojuegos más polémicos por sus métodos de ingreso. ¿Cómo funcionan y en qué medida se parecen a una máquina de juego?