Sobre los deberes impuestos por el cambio climático: una realidad y tres violaciones

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Entre 1880 y 2012 la temperatura media global ha aumentado en 0.85ºC, los océanos se han calentado, la cantidad de nieve y hielo se ha reducido y el nivel del mar ha crecido una media de diecinueve centímetros (Stocker et al, 2013). Estos son solo algunos de los efectos del cambio climático antropogénico, modificaciones del clima debidas a un aumento en los niveles de gases de efecto invernadero en la atmosfera y directamente causado por la acción humana, principalmente mediante la quema de combustibles fósiles y la destrucción de sumideros de CO2.

Algunos críticos podrían decir que estos efectos se deben a causa naturales y que el clima ha estado cambiando sin descanso a lo largo de la historia, mucho antes de que los humanos empezásemos a contaminar el aire. Sin embargo, la comunidad científica hace años que dejó de poner en duda la conexión que existe entre la acción humana y el cambio climático (Solomon et al, 2007). Por ejemplo, David Miller escribe: “There is some debate in the literature about the date after which it became no longer reasonable to deny the link between humanly produced gas emissions and rises in average global temperature. Most commentators believe that by the mid-1980s climate science had advanced to the point where the existence of such a link was overwhelmingly probable.” (2008, p. 129)

Por todo esto, en este artículo asumiré que (i) el cambio climático existe, (ii) que tiene su origen principalmente en la acción humana y (iii) que los seres humanos son titulares de derechos que generan en terceros obligaciones positivas y negativas. Con ello presente, argumentaré que el cambio climático y sus efectos violan al menos tres derechos humanos y que ello devenga al menos dos deberes morales: deberes de mitigación y deberes de adaptación.

Establecido lo anterior, y antes de entrar en la argumentación, dejadme aclarar algunas de las características que tienen los derechos humanos en la acepción que aquí se presupone. Primero, su universalidad. Todo individuo, por el mero hecho de serlo, está sujeto a ellos. Segundo, los derechos humanos pueden ser entendidos como umbrales morales, es decir, señalan los requerimientos más fundamentales que alguien puede exigir a otros y por ello, generan obligaciones en los demás para respetar estos mínimos estándares (Caney, 2010).

Hay varios autores que centran su trabajo en analizar cómo afecta el cambio climático a los derechos humanos. Para defender mi postura, me apoyaré, principalmente en la obra de Simon Caney (2010). En relación a esta cuestión, Caney apunta a tres derechos humanos concretos: el derecho a la vida, el derecho a la salud y el derecho a la subsistencia (2010, p. 167-168). Estos tres son entendidos como derechos negativos, es decir, derechos que nos obligan a los demás a abstenernos de realizar según qué actuaciones. ¿Existe alguna violación de estos derechos por parte del cambio climático? Muchos de los datos empíricos disponibles hoy así lo sugieren.

Primero, el derecho a la vida. Las cifras de muertos anuales directamente causadas por el cambio climático varían dependiendo del informe al que acudas, pero la cifra nunca es pequeña. Edenhofer (2015) apunta a 250.000 muertes anuales mientras que, por ejemplo, el Global Economic Forum (2009) aumenta la cifra a 300.000 muertes directas. Además, en las últimas dos décadas, más de 495.000 muertes fueron registradas a causa de más de 12.000 casos extremos de clima (Eckstein et al, 2019).

Segundo, el derecho a la salud. El informe Shock Wave estima que en 9 años la cifra de pobres en el mundo aumentará en 100 millones a causa del cambio climático, con los correspondientes efectos en la salud de dichas personas. No solo eso, el riesgo de malaria y diarrea se estima que aumentará un 5% y un 10% respectivamente (Hallegatte et al, 2015).

Tercero, el derecho a la subsistencia. El mismo informe asegura que para 2030 habrá pérdidas de suelo fértil de hasta el 5% y que esta cifra aumentará en 2080 al 30%. Esto tendrá consecuencias directas en el precio de alimentos básicos. Además, el aumento del nivel del mar, las inundaciones y el aumento de las temperaturas globales lo único que harán será empeorar esta tendencia (Tol, 2018, p. 16).

Esta cascada de números deja claro que el cambio climático, como mínimo, viola los tres derechos citados. La pregunta pertinente ahora es: ¿si esto es así, que deberes tenemos para con el resto de seres humanos? Aquí, hay quien diría que una distinción entre compatriotas y no nacionales es pertinente y que, por tanto, los deberes que tenemos para unos y otros no pueden ser los mismos. Sin embargo, esta distinción no tiene cabida en mi argumentación. Este artículo empezó explicando dos características de los derechos humanos. Su universalidad y su representación como umbrales morales. Es precisamente la primera consideración la que hace inútil la distinción anterior. Por tanto, habiendo asumido al inicio de este texto que todos estamos sujetos a unos mínimos derechos, habiendo concluido que dichos derechos están siendo violados y que por tanto eso impone ciertos deberes, seremos todos los individuos, sin distinción geográfica, quienes estemos sujetos ellos.

A partir de aquí, defenderé que estas violaciones de derechos cargan a nuestras espaldas al menos dos deberes morales. Son los científicos, académicos y actores políticos quienes a menudo se centran en dos tipos de políticas públicas a la hora de luchar contra el cambio climático: políticas de mitigación y políticas de adaptación y es que, “a human rights approach generates duties of mitigation and adaptation” (Caney, 2010, p. 171). Estos dos son los deberes más básicos que se devengan de las violaciones previamente expuestas y su no consecución lo único que provocaría sería la generación de nuevos y más costosos deberes.

Los primeros hacen referencia a las acciones dirigidas a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y la creación de nuevos sumideros de CO2. En cambio, los deberes de adaptación se refieren a la necesidad de hacer cambios en los contextos de las vidas de los individuos que ya están siendo afectados por los efectos del cambio climático. Por ejemplo, requeriría la construcción de diques o aumentar los recursos destinados a evitar que se diseminen enfermedades infecciosas (Caney, 2010b).

Dejadme clarificar dos puntos: la mitigación no es suficiente y la adaptación ya es necesaria. No solo eso, las políticas de mitigación son necesarias y no podemos únicamente depender de las de adaptación, ambas están interrelacionadas. 

Ahora bien, hay quien cree que esto deberes son demasiado exigentes e imponen una carga demasiado grande sobre nuestros hombros. No solo en términos monetarios sino en términos de cambio de hábitos o restricción de preferencias. Esta objeción a mi defensa puede ser llevada incluso un paso más lejos y argumentar que estos deberes acabarían dañando desproporcionadamente a los individuos más desaventajados, incluso pudiendo llegar al punto de violar sus derechos humanos. Dereck Bell escribe: “the cost of aggressively tackling climate change is that the human rights of current generations in the developing world are not fulfilled.” (2011, p. 117).

Dos respuestas. Primero, si se están violando derechos humanos, como es el caso, el coste de evitar esta violación no debería ser relevante siempre y cuando evitar dicha violación no acarreé violar nuevos derechos. En otras palabras, da igual cual sea el coste de estos deberes pues la violación de derechos humanos tiene prioridad moral. Respecto a la segunda parte de la objeción, parece que en este caso el problema no es el coste de dichos deberes sino quién tiene que soportar dicho coste. Consideremos pues, lo siguiente. Se conoce como “Polluter Pays Principle” al principio moral según el cual es aquel que contamina quien debe pagar el coste producido por sus acciones. Sin embargo, es cierto que si los costes se distribuyen siguiendo este principio la carga a soportar sería demasiado exigente para aquellos individuos desaventajados. Por ejemplo, países en vías de desarrollo, sin los recursos tecnológicos o el musculo financiero para hacerse cargo de dichos deberes, podrían poner en riesgo su desarrollo o incluso los derechos de sus ciudadanos. Ahora bien, este no tiene que ser el caso.

Los deberes impuestos pueden ser encarados por otro principio moral el “Ability to Pay Principle”. Según este, cuando distintas partes están sujetas a contribuir a un objetivo común, las partes que cuenten con más recursos deberían ser aquellas que contribuyen más a la causa, aumentando dicha contribución en línea con su riqueza (Caney, 2010b).

Yendo un poco más lejos, algunos académicos han propuesto que son únicamente los ricos quienes tienen que hacerse cargo del coste. Bell, por ejemplo, defiende que debería ser el 1% más rico de la sociedad quien contribuyese a solventar el problema con un impuesto del 1,5% sobre toda su riqueza (2011, p. 119). Cogiendo una posición aún más radical, Ingrid Robeyns, defensora del limitarianismo, argumenta que son los ricos los que deben cargar con los deberes que impone luchar contra el cambio climático mediante un impuesto del 100% sobre su excedente de dinero que tendría cero peso moral (2019). Sin embargo, no es este el momento de entrar en esta discusión, basta indicar que, en rigor, nuestros deberes climáticos no tienen por qué contradecir nuestros deberes para con los más pobres.

En este artículo he tratado de mostrar que las graves cifras disponibles acerca de los efectos del cambio climático prueban que hay al menos tres derechos humanos que están siendo violados. Dado que los derechos humanos tienen peso moral, esta violación impone al menos dos deberes sobre nuestros hombros: deberes de mitigación y deberes de adaptación. Además, al final he querido involucrarme con la común objeción de que dichos deberes exigen demasiado de nosotros mostrando que el coste de dichos deberes no es relevante pues la violación de derechos tiene prioridad moral y que los agentes más desaventajados no tienen por qué cargar con la mayor parte del coste de dichos deberes.


Referencias

Bell, D. (2011). Does anthropogenic climate change violate human rights? Critical review of international social and political philosophy14(2), 99-124.

Caney, S. (2010). Climate change, human rights, and moral thresholds. Climate ethics: Essential readings, 163-177.

Caney, S. (2010b). Climate change and the duties of the advantaged. Critical review of international social and political philosophy13(1), 203-228.

Eckstein, D., Künzel, V., Schäfer, L., & Winges, M. (2019). Global Climate Risk Index 2020. Bonn: Germanwatch.

Edenhofer, O. (Ed.). (2015). Climate change 2014: mitigation of climate change (Vol. 3). Cambridge University Press.

Hallegatte, S., Bangalore, M., Bonzanigo, L., Fay, M., Kane, T., Narloch, U., … & Vogt-Schilb, A. (2015). Shock waves: managing the impacts of climate change on poverty. The World Bank.

Global Humanitarian Forum (2009) Human Impact Report: Climate Change, the Anatomy of a Silent Crisis.

Miller, D. (2008). Global justice and climate change: how should responsibilities be distributed? Tanner lectures on human values28.

Robeyns, I. (2019). What, if Anything, is Wrong with Extreme Wealth?. Journal of Human Development and Capabilities20(3), 251-266.

Solomon, S., Manning, M., Marquis, M., & Qin, D. (2007). Climate change 2007-the physical science basis: Working group I contribution to the fourth assessment report of the IPCC (Vol. 4). Cambridge university press.

Stocker, T. F., Qin, D., Plattner, G. K., Tignor, M., Allen, S. K., Boschung, J., … & Midgley, P. M. (2013). Climate change 2013: The physical science basis. Contribution of working group I to the fifth assessment report of the intergovernmental panel on climate change1535.

Tol, R. S. (2018). The economic impacts of climate change. Review of Environmental Economics and Policy12(1), 4-25.

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