Vientos de revolución en la vieja Europa del siglo XIX

Tras el periplo napoleónico que tanto agitó a la Vieja Europa y las políticas reaccionarias de la Santa Alianza hubo un gran descontento con el nuevo orden, especialmente entre los nacionalistas, demócratas y algunos liberales.

Flotaba en el ambiente la amenaza revolucionaria o una «epidemia de conspiraciones», como lo llamaban las viejas monarquías de la Restauración, que temían que se reavivara el fuego de la revolución y prendiera por todo el continente. Y un ejemplo fue España con el pronunciamiento de Riego y la reposición de La Pepa, la Constitución de 1812. Chateaubriand pronosticaba un futuro negro democrático y puso en marcha, junto a su monarca Luis XVIII, la intervención para restablecer a Fernando VII en la corona enviando a los «Cien mil hijos de San Luis» y de paso mandar un aviso a navegantes.

Pero, ¿había realmente riesgo de epidemia? Veamos. En 1822 Grecia proclamó su independencia y estableció una Constitución como la española de 1812. En la península itálica se levantaron los ducados de Parma y Módena contra el poder temporal de los papas y contra Austria, auténtico dominador de la península itálica.  Luego llegaría la revolución de Nápoles y en 1821 se produjo el alzamiento del Piamonte. Metternich,  a la sazón  ministro de Asuntos Exteriores del imperio austriaco, lo tenía claro, había que actuar con contundencia, cuestión que generó más animadversión hacia los austriacos y que lo aprovecharían más tarde Garibaldi y Mazzini en su proceso de unificación.

Los aires revolucionarios también surgieron en los Estados Germánicos. El Zollverein o unión aduanera de los Estados del Norte de Alemania se llevó a cabo en 1834 entre Prusia, Sajonia, Baviera y otros catorce estados menores, y actuó como canal conductor de sus aspiraciones liberales y nacionales, iniciando el lento camino hacia la unidad. Así mismo, Portugal tampoco fue ajena a los movimientos revolucionarios y en el verano de 1820 se produjo una revolución liberal semejante a la de su país vecino. Pero corrió la misma suerte que la de sus hermanos españoles y en 1823 se restableció el absolutismo. Por otro lado, Polonia también lo intentó y llevó a  cabo al revolución de 1830 que sería reprimida por Austria  y Prusia. Incluso la sublevación llegaría a Rusia en octubre de 1820           y que tampoco conoció el éxito.

Pues parece que el riesgo existía para las viejas monarquías. Las tendencias nacionalistas se mostraron con fuerza.

En 1830 fue Francia quien se levantó contra su rey Carlos X y nombraron rey a Luis Felipe de Orleans, conocido como el «rey de las barricadas» por el resto de las monarquías europeas mientras que el pueblo le apodó como el «rey ciudadano» para pasar a ser el «rey burgués» unos años después, con cierto tinte de desilusión. En conmemoración de esta revolución es el cuadro La Libertad guiando al pueblo, de Eugène Delacroix. A su vez, Bélgica aprovechó para separarse de la Holanda protestante. Fueron revoluciones burguesas que consolidaron su poder en la sociedad europea. Nacionalismo, economía y demanda político-sociales fueron el núcleo de la correntie revolucionaria.

En lo que Eric Hobsbawn definió como la «Primavera de los Pueblos», 1948 vio como una nueva ola revolucionaria, más radical, sacudió Europa continental en su primer semestre, que supuso el inicio del fin del sistema absolutista renacido en el Congreso de Viena de 1815. El liberalismo avanzó, la cuestión social fue tomando cuerpo así como las corrientes nacionalistas que habían despertado en las anteriores revoluciones. Conquistó derechos democráticos como el sufragio universal, todavía masculino, libertades como la de prensa, de asociación o de enseñanza; y ciertas reformas sociales en beneficio de las clases trabajadoras. «En 1831 ya había escrito Víctor Hugo que oía “el ronco son de la revolución todavía lejano, en el fondo de la tierra, extendiendo bajo cada reino de Europa sus galerías subterráneas desde el túnel central de la mina, que es París”. En 1847 el sonido era estentóreo y cercano. En 1848 se produjo la explosión» (Hobsbawm).

Francia conquistó la IIª República, comenzó el final de la cuenta atrás de los imperios austriaco y otomano, que verían su final tras la Iª Guerra Mundial. Nacerían dos grandes estados, Alemania e Italia y una vez mas el mapa de la vieja Europa se modificaría.

Otra cuestión importante que agudizó el movimiento revolucionario fue la económica. La crisis del bienio 1846-47 fue clave, y afectó a la agricultura, a la industria y al comercio. Se duplicaron los precios de los productos básicos provocando carestía, hambrunas y enfermedades. Aumentó la miseria y el desempleo, y todo llevó a un desplome de las bolsas. Y todo ello facilitaron las revueltas.

Pero como dice el historiador Jacques Droz, no solo se trató de una crisis económica sino que a esta situación se unió la inquietud social tanto de obreros como de intelectuales. El embrión de los futuros sindicatos habían nacido en la Francia de 1830. Y personajes como Cabet, Leroux o Blanc entre la tendencia socialista, Marx y Engels entre la comunista o Bakunin por los anarquistas empezaron a publicar su reflexiones sobre las desigualdades y la explotación de los trabajadores. No en vano 1848 vio nacer El manifiesto del Partido Comunista.

La confianza que Francia había depositado en Luis Felipe de Orleans se perdió en 1848. Su política burguesa estaba provocando un desencanto general, desde los liberales progresistas a los demócratas, desde los bonapartistas a los socialistas, incluidos los católicos por la libertad de enseñanza. El desempleo y el hambre  provocaron las protestas de los obreros.

El detonante se fecharía el 22 de febrero de 1848 cuando el primer ministro, François Guizot, prohibió un banquete republicano en un restaurante de los Campos Elíseos. Como respuesta comenzaron los enfrentamientos callejeros. Las fuerzas armadas y la policía se negaron a actuar, provocando la dimisión del primer ministro. Llenándose París de barricadas una vez más al rey no le quedó otra que abdicar. El 24 de febrero un gobierno provisional proclamaba la IIª República. Su programa político se basaba en el sufragio universal masculino, la abolición de la esclavitud en las colonias, la libertad de reunión y de prensa y la supresión de la pena de muerte. Los aspectos sociales también estuvieron presentes, derecho al trabajo, libertad de huelga, jornada laboral de 10 horas y la creación de talleres nacionales para acoger a los desempleados. Se ofreció una imagen de paz y moderación que no despertara inquietud en el resto de países.

Como ya había sucedido con anterioridad, los aires revolucionarios se extendieron por Europa. En marzo de 1848, aprovechando las revueltas de París, Viena vivió aquella agitación. Obreros y estudiantes exigieron al emperador una nueva Constitución y pidieron la cabeza de Metternich quien acabó huyendo a Londres. Su caída, por quien era y lo qué significaba, supuso un aviso para el resto de cancillerías europeas. El 14 de marzo estallaba la revolución en Hungría.

La Confederación Germánica vivió una revolución pacífica y se extendió desde Baviera y Sajonia hasta Berlín, consiguiendo que se convocara una Asamblea constituyente en Fráncfort. Pero no tuvo éxito por las discrepancias entre los grupos que la formaban que acabó con la revolución. Pero la semilla estaba sembrada. Estos aires llegaron a Italia más como fuertes vientos que encendieron los ánimos nacionalistas de independencia. Aunque fracasó, el aroma de la unificación comenzaba a impregnar en la sociedad.

Pero un año después, en 1849, esos aires revolucionarios se habían calmado o los habían calmado los grupos de poder tradicionales. ¿Qué había hecho fracasar la revolución? Por un lado se argumenta como causa la falta de integración del mundo rural alejado del mundo urbano que las promovieron, especialmente tras la vuelta de las buenas cosechas y haberse conseguido en muchos sitios la abolición de la servidumbre. En realidad el pueblo, la ciudadanía, no estaba suficientemente unido. Las diferencias entre las distintas tendencias políticas afines a los cambios no ayudó en realidad, incluso la propia insolidaridad entre grupos de otros países jugó en su contra. No hubo continuidad para conseguir los objetivos. Los ejércitos poco a poco fueron haciéndose con la situación. Pero no todo fue fracaso, el sufragio universal se estableció en Francia, por ejemplo,  y en el resto de países el concepto de democracia se hizo cada vez más presente, se alcanzaron libertades, como ya dijimos antes, avances para las clases trabajadores aunque quedaba mucho camino por recorrer y se evolucionó hacia sistemas parlamentarios.  Según Briggs y Clavin: «Las revoluciones de 1848 había sido mas rurales que urbanas, y las habían dirigido intelectuales con poca experiencia política, cuyos objetivos eran muy distintos entre si, y los trabajadores que habían participado en ellas no eran en su mayoría obreros industriales, sino jornaleros, artesanos y maestros artesanos de poca monta, una mano de obra muy diferente del proletariado industrial al que se dirigían Marx y Engels en el manifiesto comunista». «A los utopistas del 48 suceden los “positivistas” de la generación siguiente. 1848 es, en el campo político y social, lo mismo que en el literario, el paso del romanticismo al realismo; constituye a la vez una conclusión y un preludio» (Marcel Defourneaux).


Puedes leer más textos de Antonio Taboada en su blog Historia sin pretensiones

Fuente imagen: Wikipedia

Referencias:

-LARIO, A. (coord.) Historia contemporánea universal. Del surgimiento del Estado contemporáneo a la Primera Guerra Mundial. Alianza Editorial, Madrid 2010

-HOBSBAWM, E. La era de la revolución, 1789-1848. Editorial Crítica (colección Libros de Historia)

-BRIGGS. A y CLAVIN, P. Historia contemporánea de Europa, 1789-1989. Editorial Crítica, Barcelona 1997

-DEFOURNEAUX, M. 1848. Revista de Estudios Políticos, n.º 44 marzo/abril 1949

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